El desarrollo de la nación debe estar presidido por el respeto al Medio Ambiente.
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Santiago es Chile…. ¿Hasta cuándo?

Esteban Lobos, analista económico.

El  mercado, por su naturaleza misma, es crecientemente concentrador, afirmación que está, al parecer, fuera de toda discusión. Basta con observar el entorno inmediato de las familias cercanas para constatar como sus hijos  –  estudiantes brillantes, profesionales destacados – emigran a la metrópoli en busca de oportunidades de desarrollo personal.

¿Y los pobres? También emigran atraídos por las oportunidades laborales que en sus localidades no existen. ¿Hasta cuándo?

Insistir en destacar los indicadores que comprueban la macrocefalia que vive el país, a esta altura de la vida resulta inútil. Lo obvio, lo evidente, no requiere comprobación. El diagnóstico es claro. La pregunta del millón  es ¿cómo tratar la enfermedad? Por supuesto, si es que tiene tratamiento y si hay voluntad de tratarla.

Desde un ángulo netamente económico, la concentración significa ineficiencia: desaprovechamiento de recursos que están naturalmente distribuidos por todo el territorio, gerenciamiento a larga distancia de las empresas que por obligación han debido radicar en regiones sus faenas, ejecutivos que ignoran la realidad y consecuencias de su actividad productiva, daños graves al medio ambiente con tardío enfrentamiento de los conflictos que se generan… Todo esto solo para comenzar.

El problema es que la concentración económica tiene consecuencias sociales y humanas. Y, también, políticas.

La gran capital necesita seguir creciendo. Mientras su casco histórico muestra inmensas áreas deterioradas y de bajísima densidad,  las inmobiliarias – y  empresarios con fácil acceso a los círculos de poder – presionan para que miles de hectáreas del mejor suelo agrícola sean declaradas urbanas. Los trabajadores, condenados a vivir en suburbios alejados, deben gastar cada día 2,5 horas para transportarse. El inorgánico sistema de transporte no da abasto.

Se gastan miles de millones en autopistas urbanas, rotondas, túneles, teleféricos, para estar donde mismo al concluir el día. Y todo, financiado por todos los chilenos. La larga lista es de nunca acabar.

El enfoque histórico de esta realidad ha sido notoriamente erróneo. Más bien dicho, deliberadamente erróneo. Quienes ejercen el poder, ahora y siempre, gobiernan presionados por las urgencias de su entorno mostrando absoluta incapacidad para generar una visión de país y para tener una voluntad de país.

Para explicarse las razones de esta actitud basta con mirar el Senado de la República para constatar que la mayor parte de sus integrantes son santiaguinos que han emigrado a regiones tras la búsqueda de sufragios provincianos para luego retornar al “barrio alto” de la metrópoli. La elección popular de Intendentes, la creación de nuevas regiones, son medidas maquilladoras, gatopardescas, cambios destinados a que todo siga igual en lo fundamental.

E.F. Schumager se pregunta: “¿Cuántos economistas desarrollistas tienen una comprensión real de la vida de los pobres?”. La pregunta podría ser ampliada para interrogarse: ¿Cuántos líderes políticos, economistas, burócratas, tienen una comprensión real de la vida rural, de la vida en pequeñas localidades aisladas?

Para ordenar el debate, podrían someterse a discusión algunas afirmaciones preliminares:

  • El problema fundamental del ser humano, en la sociedad moderna, es el acceso al trabajo. Ello implica ingresos y, lo más importante, dignidad. Una persona cesante es una persona desesperada y amargada.
  • Las fuentes de trabajo de carácter permanente deben crearse en el lugar donde viven las personas para evitar la migración.
  • Si bien la urbanización creciente de la población es propia de la sociedad moderna, las ciudades en torno al medio millón de habitantes pueden ofrecer toda la gama de bienes y servicios (salud, educación, cultura, esparcimiento…) “Por encima de este tamaño no se añade nada ventajoso a la ciudad”. Solo se generan enormes problemas y degradación de la calidad de vida.
  • Es más fácil abordar el problema de la pobreza en localidades a escala humana que en urbes inmanejables administrativamente.

El consenso sobre estos temas podría constituir el punto de partida para un enfoque diferente del modelo de desarrollo que el país necesita. Toda política económica necesita una cabal comprensión de los problemas sociales. A fin de cuentas, la economía se ha hecho para servir a las personas y no  las personas para estar al servicio de la economía.

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