El desarrollo de la nación debe estar presidido por el respeto al Medio Ambiente.
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¿CÓMO NOS DEFENDEMOS DE SANTIAGO?

El centralismo en Chile es un mal endémico. Se cuenta que, bajo la administración de Ramón Barros Luco, el Intendente de Concepción le envió un telegrama haciéndole presente el enorme descontento de los habitantes de la provincia por la carencia de viviendas, agua, escuelas y servicios elementales. La respuesta del Presidente fue de antología: “ Vénganse a Santiago. Aquí hay de todo”.

El parlamento lleva meses y meses discutiendo el proyecto destinado a posibilitar la elección ciudadana de los Intendentes Regionales. No se ha llegado a acuerdo ni siquiera en el título de este funcionario ni menos, por supuesto, en cuanto a sus funciones. A los congresales, aunque digan lo contrario, no les agrada una idea que obviamente les restará su  importancia. Tampoco se cuenta con mucha simpatía en el nivel central, razón por la cual se quiere dejar a los provincianos con el “título” y al “Delegado Presidencial” con el poder y las atribuciones. Los Ministros de Estado, autoridades de confianza del Presidente,  se desvelan con solo imaginarse que la única Región del país que no es Región (ya que es la capital y el origen de todos los males)  tenga, también,  un Intendente electo con un par de millones de votos por lo bajo.

El problema del centralismo y de la regionalización es una preocupación de elites más o menos ilustradas que efectúan seminarios y congresos, publican libros y revistas, obtienen para las campañas electorales que los candidatos firmen actas solemnes  sobre la materia pero que, hasta ahora, no  han logrado que se encarne en la conciencia y la voluntad de los candiditos que somos los menospreciados habitantes de provincias. Los innumerables movimientos regionalistas no han tenido mayor éxito pues, cuando se llegan a expresar  en la calle, los puentes y los caminos, son acallados con un poquito de represión y algunas ofertas monetarias ya sea en bonos o en obras públicas.  Si la presión se hace más fuerte, no faltará el dirigente político (alcalde o parlamentario) que,  con ingenuidad de párvulo,  creerá que creando más regiones, es decir despedazando más y más el territorio, se avanzará  en la dirección correcta.

¿Dónde está, entonces, la cuestión?

Ante todo, según  mi opinión, en entender, de una vez por todas, que la descentralización y la consecuente  regionalización, no constituyen solo un asunto político sino que  son una materia de carácter económico, cultural  y social,  que afecta la vida concreta de las personas.  Lamentablemente, éstas  no logran apreciar en qué medida la concentración afecta sus vidas.

Trabajemos sobre algunos ejemplos específicos.

Según las empresas automotoras, el parque de vehículos livianos del país, se incrementará,  en 2016, en 290.000 unidades aproximadamente. De esta cifra, el 45% a lo menos, corresponde a la sola Región Metropolitana, es decir 130.000 autos y camionetas. Si suponemos que, en movimiento, en una cuadra se desplazan 65  unidades,  el solo incremento vehicular requeriría  habilitar nada menos que 2.000  cuadras cada año, cifra obviamente inalcanzable. ¿Cuáles son las consecuencias? Fuerte presión social,  política y comunicacional (no olvidemos que la gran prensa escrita y los canales de radio y televisión se concentran en Santiago),  para que se habiliten nuevas vías, se ensanchen otras, se construyan pasos bajo nivel, estacionamientos, nuevas líneas de metro, etc. ¿De dónde saldrán los recursos? Simplemente de la privación de financiamiento a proyectos productivos y de desarrollo de regiones, todo ello en un cuento de nunca acabar.

Otro caso. El  diario “El Mercurio” informa que, vía Ley de Transparencia, se estableció que 6.080 millones de dólares han sido gastados,  en una década,  para atender los problemas del transporte público capitalino.  Esa suma, a lo mejor, no nos dice mucho. Pero, siguiendo el análisis del rotativo, tal cantidad habría sido suficiente para financiar dos planes de reconstrucción de 220.000 viviendas, o 9 puentes como el Chacao, o 9 aeropuertos como el de Santiago, o 2 veces la gratuidad de educación. Esto se traduce en que, cuando se requieren recursos para construir un tercer dique de Asmar en Talcahuano, la respuesta sea negativa, o que no haya financiamiento para subvencionar los peajes hacia la provincia de Arauco, catalogada como “zona de rezago”.

Se podrían multiplicar los ejemplos. El tiempo y el espacio no lo permiten. Se podrían analizar las causas y, a lo mejor, delimitar las responsabilidades, pero los hechos son los hechos y permanecerán impasibles condenados a perpetuarse mientras no haya legisladores y gobernantes  que estén dispuestos a jugárselas por una política de Estado que realmente quiebre la línea centralista impuesta tanto por los apetitos electorales como por leyes del mercado.

Mientras las regiones sigan eligiendo parlamentarios santiaguinos para que las representen, mientras nuestras autoridades locales y regionales se sientan felices porque peregrinaron a la Subsecretaría de Desarrollo Regional y regresaron con unas cuantas promesas, simplemente  seguiremos marcando el paso.

¿Cuándo diremos basta?

 

Esteban Lobos, analista económico.

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