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¿Crisis de gobernanza?

Sergio Moffat

Arquitecto, Director Centro de Estudios Urbano Regionales, Universidad Del Bío-Bío.

Provengo de una generación en la que la política ocupaba un lugar central en la vida social. De ella dependía la materialización de los sueños colectivos que animaron a sucesivas generaciones de chilenos que vieron al país cambiar como consecuencia de la acción de sus luchas en el campo político.

Difícil sería explicarse el Chile de hoy sin la ley de educación primaria obligatoria de 1920, de la industrialización impulsada por la Corfo en los años 40, de la Reforma Agraria de los 60 y 70, de la nacionalización del cobre, etc. Esas y otros grandes hitos del desarrollo del Chile moderno,  fueron el fruto de grandes movilizaciones sociales encabezadas por partidos políticos progresistas que tuvieron la capacidad  de romper el inmovilismo de las fuerzas conservadoras.

Luego, como consecuencia de una crisis que no supimos resolver, vino la larga dictadura militar que impuso un nuevo modelo de desarrollo que logró permear a toda la sociedad chilena, cambiando el sentido colectivo de la vida por una mirada individualista, competitiva y egoísta que, en mi opinión, ha sido el mayor de los éxitos de la dictadura, pues ha sobrevivido exitosamente durante la restauración democrática.

Preocupa observar como la política a ojos de nosotros los ciudadanos de  a pie, se ha ido deslegitimando debido, entre otras razones, a la persistencia de grandes y pequeños problemas cotidianos que nos abruman y respecto a los cuales no parece haber solución desde el campo de su competencia.

Sólo a modo de ejemplo de las cuestiones que no pueden resolverse porque afectarían tal vez gravemente a este modelo que nos lleva, supuestamente, al desarrollo y al bienestar voy a intentar una breve lista, empezando por los más cercanos:

La cotidiana y permanente estafa de las empresas privadas que venden bienes y servicios que sólo se regulan por el sacrosanto mercado. Un ejemplo lo constituyen los pasajes de los buses intercomunales que suben sus precios en los períodos de fiestas y vacaciones, lo que motiva largos, tediosos y repetitivos programas de televisión donde los afectados se quejan del abuso. Uno como observador mal informado se pregunta si el modelo, y con ello el fantástico mundo que conocemos, se vendrá abajo si se pone coto a esto regulando los precios de estos prestadores de servicios.

Las grandes empresas que concentran la economía nacional y además se coluden, como las cadenas de farmacias y su abuso para estafar con los precios de los medicamentos, es otro motivo de malestar, que como respuesta de la autoridad tiene como máximo la elaboración de encuestas para que los consumidores estén bien informado qué cadena vende la aspirina más barata.

Los estacionamientos en los centros comerciales constituyen el mejor ejemplo de la inutilidad de la política para enfrentar los problemas que agobian a los chilenos: dos diputados, con bombos y platillos como corresponde, anunciaron que iban a proponer una ley para modificar el cobro abusivo en esta materia. En su optimismo mediático llegaron a afirmar que, dado que es una obligación de los centros comerciales disponer de estacionamientos para sus clientes, estos deberían ser gratis. Luego de una larga tramitación el brillante resultado de esta intervención política fue, que como todos hemos podido apreciar, los valores de los estacionamientos son ahora mayores que antes.

La lista de los problemas que son más estructurales y respecto de los cuales tampoco parece posible esperar una solución desde el campo de la política tradicional dicen relación con cuestiones como el sistema de pensiones, la privatización de la salud, del agua, la ley de pesca y un conjunto también numerosos de actividades que están entregados al lucro al parecer de manera indefinida.

Los partidos políticos más representativos del mundo popular, se han convertido en tímidas organizaciones ocupadas de humanizar “en la medida de lo posible” el modelo neoliberal. Esto que parecía sólo timidez o falta de imaginación para pensar que hay otro mundo posible, tiene lamentablemente otra explicación mucho más concreta y se vincula a la relación entre dinero y política que ha salpicado a gran parte del mundo político.

Hoy sabemos que la ley de pesca que entrega una parte importante del patrimonio nacional a siete familias, no es sólo producto de una incapacidad para representar los intereses de la mayoría, sino que responde a estímulos muy concretos que las empresas pusieron a disposición de quienes querían seguir desarrollando su carrera parlamentaria.

Todo lo señalado puede en gran parte explicarse a través de los cambios acontecidos en la gobernanza, es decir la distribución del poder político y socioeconómico, la que ha sufrido cambios relevantes en los últimos decenios. Hoy existen actores sobrerrepresentados y otros que no participan o tienen un papel muy secundario en la red de interacciones y grupos.

No cabe duda que los grupos y organizaciones empresariales tienen, como nunca antes,  un papel tan relevante que, por ejemplo, los candidatos presidenciales acuden presurosos a Casa Piedra a dar a conocer su programa económico para asegurar que el modelo se mantendrá inalterable y que los cambios propuestos no afectaran sus escandalosas tasas de ganancia. Por supuesto que los otros actores que participan de la gobernanza, como son las organizaciones de trabajadores, las organizaciones ambientales u otros grupos de la sociedad civil no son objeto de la misma preocupación de los candidatos porque los consideran, como efectivamente son, actores menos influyentes.

Puede parecer algo exagerado señalar que nos encaminamos a una crisis de gobernanza. Sin embargo, existen experiencias cercanas que señalan que la marginación de grupos importantes o la sobrerrepresentación de otros lleva a poner en tela de juicio la capacidad del arreglo político del poder para canalizar los distintos intereses, a través de resolución pacífica de conflictos. Se pasa de la lógica de adversarios con quien negociar a enemigos a destruir o disminuir.

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