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Cuando los académicos/as hacían política

Danny Gonzalo Monsálvez Araneda

Doctor en Historia. Universidad de Concepción.

¿Corresponde que un académico o académica haga política, más aún aquellos que se desempeñan en universidades que se dicen públicas?, ¿es el trabajo científico o hacer ciencia un acto político?, ¿son compatibles la militancia con el trabajo académico? Si hubiésemos planteados estas y otras interrogante entre los años 60 y 80, se nos tildaría de ingenuos o inocentes, sin embargo, una de las tantas consecuencias de la hegemonía neoliberal dicen relación con la disolución de aquel vínculo que por muchos años vinculó a los académicos y académicas con la cosa pública, con los temas de la sociedad y país; en otras palabras, existió un momento de nuestra historia nacional en el cual los académicos hicieron política, participaron activamente de los debates públicos, animando discusiones, foros y controversias, cuando no había complejo o miedo en transitar entre el mundo de la academia y la sede partidaria, cuando academia y militancia era un puente o una práctica de la vida cotidiana misma.

Eran momentos en los cuales las posiciones ideológicas y políticas no se ocultaban o se disfrazaban bajo un falso discurso de neutralidad, ambigüedad o el “yo no hablo de política” en las aulas universitarias. Fue una época en la cual el académico y académica entendía la política como una forma de tomar posición ante sus pares y la sociedad. Era una especie de carta de presentación, de la cual nadie renegaba o se escondía, todo lo contrario, el académico y académica asumía que la política, aquella tarea del pensar y el hacer colectivo, era la herramienta para producir sociedad y contribuir a formar una masa crítica de ciudadanos. Sin embargo, el golpe de Estado de 1973, la concerniente dictadura cívico-militar y el largo proceso de transición democrática terminaron por fracturar la relación entre el académico y la política y no me refiero necesariamente a lo partidario, sino más bien al valor de la política como producción de saberes y del conocimiento con un profundo compromiso transformador.

Ciertamente estamos en otra época (tiempos de hegemonía neoliberal, de una sociedad líquida o del avance de la insignificancia) y las motivaciones e interese de los académicos y académicas son distintos a los años de la Guerra Fría; es más, la transición chilena requirió entre otras cosas, que los académicos abandonaran progresivamente la militancia. Su objetivo era uno solo: que los académicos no hicieran política en las Universidades. La academia debía ser por sobre todas las cosas, un espacio puro e impoluto, donde la política debía circunscribirse al ámbito privado, menos aún que fuera una herramienta que sirviera o promoviera el cuestionamiento al modelo existente. Aquello era peligroso y nocivo.

Si durante la dictadura había que eliminar el pensamiento marxista de las casas de estudios, post noventa había que impedir que la política ganara nuevamente terreno o pusiera en tela de juicio el (ejemplar) proceso transicional chileno. Por otro lado, el pensamiento neoliberal o los neoconservadores hegemonizaban la palabra, los medios, la industria cultural y los debates públicos con interés privado a través de sus centros de estudios, pensamiento y universidades privadas. De esta forma se consolidó la hegemonía neoliberal y el mundo académico, en su gran mayoría, abandonó progresivamente sus posiciones políticas y el compromiso con lo público para inexorablemente convertirse en funcionarios y funcionales al sistema imperante.

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