La ciudadanía debe estar altamente participativa y comprometida con el proceso constituyente.

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De libertad de expresión y hechos propios

Andrés Cruz Carrasco

Abogado. Doctor en Derecho (Universidad de Salamanca). Magister en Filosofía moral (Universidad de Concepción). Magister en Ciencias Políticas, Seguridad y defensa (ANEPE). Máster en Política Criminal (Universidad de Salamanca).

Abogado
Doctor en Derecho (Universidad de Salamanca)
Magister en Filosofía moral
Magister en Ciencias Políticas, Seguridad y defensa

Respetar la libertad de expresión no es sinónimo de mantenerse inactivo frente a un estado de cosas que consagra una injustificada y gravísima desigualdad de voces. Respetar la libertad de expresión requiere, por el contrario, acciones públicas destinadas a que se escuchen voces diferentes, acciones que faciliten el acceso a la escena pública de perspectivas diversas, en igualdad de condiciones, asegurando la existencia de una multiplicidad de medios de comunicación y estableciendo medidas para combatir su monopolio o concentración en unos pocos.

En una democracia deliberativa se debe concebir la participación de ciudadanos en la gestación de la institucionalidad, como protagonistas y no como sujetos atados al derecho por sumisión. La discusión inclusiva, al menos en cuanto oportunidad de los potencialmente afectados, debe existir, lo que implica abrir los espacios para la opinión.

Todos tenemos, por otro lado, un derecho básico a la intimidad y al honor, por lo que no resulta legítimo oponer siempre a estos derechos la preeminencia de la libertad de expresión, por cuanto, como en el ejercicio de otros derechos, habrá como contrapartida una responsabilidad asociada al daño ocasionado ilícitamente a otro. Sin embargo, hay quienes han  instrumentalizado su imagen, debiendo asumir el riesgo que esto trae consigo, en cuanto a que el abuso de ciertos atributos construidos a partir del uso de los medios de prensa podrían el día de mañana producir el efecto contrario, derivados del descubrimiento de que todo no era más que eso: una simple imagen. Un espejismo que se levantó para hacerle creer a otros que los liderazgos eran honestos y transparentes, desinteresados y sin mácula alguna, cuando todo estaba teñido de grises. No puede luego de haber explotado de manera desmedida la propia imagen de manera farandulera, reclamar en contra de todos aquellos de quienes se aprovechó, cuando se ha removido el velo, despejando la bruma. Hasta quienes han sido condenados o se han visto beneficiados por alguna salida judicial acordada con las autoridades, y siguen clamando inocencia, tratando a través de un absurdo esfuerzo intelectual, desvincular las responsabilidades legales de las morales, levantándose como víctimas del abuso en el ejercicio de la libertad de expresión y de información.

No pueden por un lado utilizarse a los medios de difusión para explotar, cual producto de consumo masivo, la propia imagen y por otro lado, intentar aplastar a los mismos a quienes un día utilicé, más aún cuando cuándo dicha imagen no era más que parte de una máscara para mostrarse ante los otros. 

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