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De mentira y política

Andrés Cruz Carrasco

Abogado Doctor en Derecho (Universidad de Salamanca) Magister en Filosofía moral Magister en Ciencias Políticas, Seguridad y defensa

Cuando se habla de mentira presuponemos que existe la verdad. Sin embargo para quienes adoptan posiciones extremistas o excesivamente ingenuas, la verdad es indiferente y llenándose la boca de una dudosa experticia sostienen que en política los hechos no importan. La manipulación, tergiversación o interpretación destemplada de los hechos sería algo tolerable. “Así es la política” dicen. Los hechos son concebidos de una sola manera, cerrada y dogmática. Serán aceptados sólo en cuanto se enmarquen en los márgenes de una visión teológica secular que no admite versiones. Hay quienes sostenemos que ninguna actividad humana puede desvincularse de la ética, incluso la política y más vale ser derrotado que ceder ante la falacia, adoptando una pusilánime actitud, sometiéndose a la presión de quienes mañosamente, siendo absolutamente minoritarios pero vociferantes, logran quebrar con la resistencia del sentido común y la racionalidad. Alexandre Koyré señalaba: “La distinción entre la verdad y la mentira, entre lo imaginario y lo real, continúa siendo perfectamente válida tanto en las concepciones de los régimenes totalitarios, como dentro del propio sistema. Lo único que ocurre es que han invertido su posición y su papel: los regímenes totalitarios se fundan sobre la primacía de la mentira”. Esta afirmación adquiere una enorme validez en tiempos de las redes sociales y del avance avasallador de las posiciones extremistas, que hacen de la ignorancia y deformación de los contextos la base sobre la que se construyen muchas opiniones que quedan instaladas aún cuando resultan ser falsas o edificadas sobre una parte de la verdad pero distorsionada.

El diálogo constituye la manera de escapar de la guerra de todos contra todos, más aún cuando quienes invocan la virtud a su favor ocultan con una retórica fácil su fanatismo y su ego desbordado, muchas veces de tanto aplauso fácil recibidos en los pequeños grupos que los ungen o de los seminarios en los que exponen, sin ninguna experiencia práctica pero ataviados en sus medallas académicas, lo que los hace extraviarse en su arrogancia.

No estamos en el paraíso, y en las afueras del mismo no hay ni perfección ni plenitud, pero si aspiraciones y esperanzas que se forjan a partir de una base que es la realidad y conforme a un puñado de valores entre los cuáles no pueden quedar fuera la fraternidad, la igualdad y la justicia, aún cuando se trate del ejercicio de la actividad política, que por muy legítimo que sea el fin, no puede degenerar en violencia respecto de la que no podemos mostrarnos indiferentes por miedo a incomodar a quienes la justifican, aún cuando se digan nuestros aliados.

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