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De política y democracia

Andrés Cruz Carrasco

Abogado Doctor en Derecho (Universidad de Salamanca) Magister en Filosofía moral Magister en Ciencias Políticas, Seguridad y defensa

“Un hombre político me resulta repugnante” decía el compositor Richard Wagner. Este intelectual informado y bien educado se refería a la contingencia alemana de la segunda mitad del siglo XIX. Sólo observaba luchas por intereses egoístas, maquinaciones, asociaciones familiares y de camarillas, conspiradores en busca de la concentración del poder para imponerse en esta discordia destructiva. Tiempo después, el filósofo Martin Heidegger afirmaba que la fuerza imperativa de la nueva realidad alemana, ante la corrupción y la ineficiencia de los que se habían hecho políticos profesionales, exigía la salida colectiva de la caverna (del mito platónico), como irrupción en aquella llanura abierta que, por lo demás, sólo se podía abrir pensando en solitario por la pregunta filosófica. Pero, ¿qué resultó de todo esto?: La revolución nacionalsocialista de 1933.

            Una apreciación descalificadora de la actividad política no surge de manera espontánea y no es exclusiva de nuestro tiempo. Todas estas decepciones y resentimientos que se van acumulando podrían ser canalizadas por tendencias autoritarias o populistas, que aprovechándose de la odiosidad y desconfianza, nos pueden llevar a despedazar nuestra democracia.

Estamos sumidos en el corto plazo, sin ser capaces de construir un marco básico para pensar en el futuro. En su lugar, nos gritamos sin escucharnos o nos parapetamos en las redes sociales reafirmando nuestros prejuicios. Miguel Angel sostenía que la obra se encontraba dentro de la piedra, bastaba con esculpirla para descubrirla. Nos tenemos que mirar para descubrirnos.

La corrupción, el tráfico de influencias, los compadrazgos y caciquismos se han instalado hace rato en el ámbito privado y en el público, y debemos combatirlas.

La democracia sin duda que tiene un sinnúmero de falencias, pero es el que nos permite reconocer mejor nuestra esencial condición natural de que tanto al momento de nacer como de morir cada ser humano es único. No hay un nacimiento ni una muerte igual a otra. Nadie nos puede arrebatar esta exclusividad, ya que nadie puede vivir estos momentos por nosotros. De allí que el sistema político que mejor reconoce esta expresión de nuestra individualidad en el contexto de una comunidad sea la democracia. Mientras más imperfecta sea ésta, más cercenadas estarán nuestras libertades. Podremos ser parte de la masa pero sin el reconocimiento de nuestra dignidad humana. Somos decisión y acción y, como decía Sartre, al estar condenados a ser libres, podemos asumir este peligro como una esperanza, como una oportunidad de profundizar y recuperar nuestra democracia.     

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