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De trabajo digno

Andrés Cruz Carrasco

Abogado Doctor en Derecho (Universidad de Salamanca) Magister en Filosofía moral Magister en Ciencias Políticas, Seguridad y defensa

El trabajo digno no sólo significa percibir una remuneración. De hecho, hay labores que siguen teniendo el carácter de trabajo, aún cuando no se perciba sueldo por su realización, como las funciones desarrolladas en el hogar o por ciudadores de personas no autovalentes.

 El trabajo es mucho más que eso, ya que constituye un espacio de reconocimiento. De ahí que su valor no puede ser entregado al mercado. De ser así, tendríamos que asumir que es justo que un especulador financiero reciba un ingreso cien o más veces mayor que un profesor de una escuela pública porque el mercado así lo ha establecido. Esta es una ficción que se nos ha impuesto como inmodificable por quienes se encuentran ubicados en posiciones de privilegio y, peor aún, se desenvuelven formando profesionales de la economía, dando por sentado este dogma como una verdad absoluta. No podemos conformarnos y dejar que nos quiten la esperanza, motor fundamental de toda profunda transformación.

Una concepción que atienda sólo al consumismo como meta del trabajo, intentando, aunque sea de buena fe, solucionar las desigualdades apelando a la justicia distributiva, desatiende otro concepto esencialmente vinculado con la dignidad del trabajo, que es la contribución de esta labor para alcanzar el bien común de la sociedad, lo que se ha denominado justicia contributiva. De este modo, fácilmente podríamos llegar a concluir que el profesor contribuye al bien común muchísimo más que los especuladores financieros. Una Constitución debe promover políticas públicas dirigidas a que los empleos sean remunerados de tal modo que las familias puedan sostenerse en el contexto de comunidades fuertes.

Esto permitiría una reestructuración económica que impulse un cambio en la cultura del éxito, pasando del mercantilismo a la valoración del empleo como contribución al bien común, como fuente de ingresos, pero también de reconocimiento dentro de la comunidad. Esto también podría conducirnos a la materialización de lo que la OIT ha llamado trabajo decente, que dignifica y permite desarrollar las capacidades propias. No sería decente la labor que no respeta los principios y derechos laborales fundamentales, ni el que no permite un ingreso justo y proporcional al esfuerzo realizado, sin discriminación de género o de cualquier otro tipo, ni el que se lleva a cabo sin protección social, ni aquel que excluye el diálogo social, que sea socialmente inclusivo, propenda a la erradicación de la pobreza, fortaleciendo la democracia, el desarrollo integral y la realización personal, lo que es mucho más que recibir unas monedas periódicamente.

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