La sensatez debe generar cordura y la cordura solventar los avances logrados por la ciudadanía y no retroceder con acciones irracionales.
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De violencia y rendimiento

Andrés Cruz Carrasco

Abogado Doctor en Derecho (Universidad de Salamanca) Magister en Filosofía moral Magister en Ciencias Políticas, Seguridad y defensa

La violencia configura un elemento esencial de la comunicación social. Si bien ha ido perdiendo legitimidad, sigue construyéndose a partir de la bipolaridad entre la el bueno y el malo o la odiosa distinción entre amigo y enemigo, que ve como fanático y sesgado al prójimo sólo por pensar distinto, satisfaciendo así sus prejuicios  y alimentando sus estereotipos que seguramente lo tienen enquistado en las redes sociales rodeado de los que sustentan las mismas cerradas animadversiones, reproduciendo sus noticias falsas y las afirmaciones absolutistas que exaltan su intransigencia.

La histérica obsesión por acumular dinero y mantenerse cerrados en el monolítico discurso del crecimiento económico sin atender a otros variantes esenciales para sobrevivir como el respeto al medio ambiente, unido al miedo a la muerte y la incertidumbre hacen que se genera la ilusión de que el tiempo es infinito y que puede destinarse a completitud en producir, como si la acumulación de cosas fuese una manera de evitar la muerte. De allí que no se tolera ningún vacío y para compensarlo se opta por la hiperactividad y la aceleración de la subsistencia. La cultura y la contemplación son tenidas como una pérdida de tiempo para el objetivo cosista y nihilista de acumular, aparentar y mostrar el dinero. Para Byung-Chul Han: “El cansado sujeto de rendimiento también se atormenta a sí mismo. Está cansado, harto de sí mismo, de la guerra consigo mismo. Incapaz de desplazarse fuera de sí mismo, de dirigirse al otro, de confiarse al mundo, se recoge en sí mismo, lo cual paradójicamente, lo conducen al socavamiento y al vaciamiento del yo. Se consume en una rueda de hámster en la que da vueltas sobre sí mismo cada vez más rápido”.

Por este absurdo hedonismo, ya no se confía en nadie, ni el la institucionalidad ni en nuestra comunidad. Hemos sucumbido a la miseria de la apariencia, tolerando sólo lo igual y a quienes sustentan nuestras mismas creencias, que es lo mismo que aceptarnos sólo a nosotros mismos. En un medio esencialmente narcisista, desaprobamos incluso mediante la violencia física, virtual o simbólica, a todo el que sea considerado como disidente.

En este desmedido afán de acumulación, la violencia ya no se ejerce sólo contra el otro, con quien se compite, también la víctima y el verdugo se confunden y el individuo lucha contra sí mismo, contra su sombra, para superarse, ante la exigencia de mostrarse útil y productivo ante sí, capaz de tener más y más, creyéndose libre, cuando resulta ser la víctima de su propia autoagresión por expandirse sólo en las cosas y en la imagen, pero no en espíritu y contenido.

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