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Izquierda, Centro, Derecha ……( I )

René Fuentealba Prado, abogado.

Pese a lo complejo que es el mundo de la política, la tendencia que con mayor frecuencia se encuentra,  tanto en el vocabulario usual como en la cultura general, es aquélla que nos conduce a radicalizar o a simplificar los términos y definiciones. Así, el afamado académico Noam Chomsky señalaba que, sin ulteriores y sofisticados “distingos”, la tesis predominante es la que entiende “que la izquierda está de parte de los pobres y la derecha, de la de los ricos”. Otros autores, han visto en los sectores políticos de “Izquierda” una valoración preeminente de la “justicia social” en tanto que en la “Derecha” prevalecería una valoración de las “libertades económicas”.

Los orígenes históricos de estas expresiones se encuentran en las sesiones de la  Asamblea Nacional Constituyente generada en los inicios de la Revolución Francesa tras la toma de la cárcel de La Bastilla en 1789.  Los “girondinos”, que propugnaban una monarquía parlamentaria con derecho de sufragio restringido sólo a nobles, burguesía y propietarios, se ubicaron “a la derecha”,  en tanto que los “jacobinos”, que  postulaban una República con sufrago universal para lo cual contaban con el apoyo de las clases populares, se situaron “a la izquierda.

Con el transcurso del tiempo, ambos términos pasaron a formar parte de la terminología  común experimentando cambios de sentido hasta llegar a extremos tales como identificarse con el liberalismo económico y la autocracia política por una parte,  y con los socialismos reales (en verdad experiencias de capitalismo de Estado) y las democracias populares, por otro lado.

Pero, a pesar de esa predilección por mirar las sociedades “en blanco y negro”, sin considerar grises y matices, es un hecho sociológico que las comunidades humanas son complejas. Autores como el filósofo español José de Ortega y Gasset han vociferado con pasión al respecto: “Ser de la izquierda es, como ser de la derecha, una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser un imbécil”.

Sin embargo, puede señalarse con un grado bastante alto de precisión, que la  posición del individuo dentro de la sociedad determina sus inclinaciones políticas esenciales. Así, una persona con una sólida situación económico-financiera, reconocerá filas en las tendencias de derecha, rechazando toda decisión que pueda afectarle, de tal forma que estimará  inaceptable la intromisión del Estado en el manejo de la Economía,  rechazará toda regulación, considerará los impuestos como un robo o una exacción injustificada. Por el contrario, la tendencia del asalariado se inclinará por la intervención del Estado, por altos tributos a los poderosos, por acceso a beneficios gratuitos en general. Pero, entre uno y otro extremo de la sociedad siempre estará  presente un grupo intermedio (“la clase media”) que tendrá una inclinación natural por la responsabilidad, por el esfuerzo personal y por evitar la conflictividad irracional o injustificada.

El profesor Joaquín Estefanía, prologando la versión en español del libro “Derecha e Izquierda” de Norberto Bobbio, ha destacado algunos párrafos de este politólogo italiano: “En una sociedad democrática, pluralista, donde existen varios grupos en competición, con reglas del juego que deben ser respetadas,  mi convicción es que tienen mayores posibilidades de éxito los moderados…”  “Guste o no guste, las democracias suelen a favorecer a  los moderados y castigan a los extremistas… Quien quiera hacer política día a día, debe adaptarse a la regla principal de la democracia, la de moderar los tonos cuando ello es necesario para obtener un fin, al llegar a pactos con el adversario, al aceptar el compromiso cuando este no sea humillante y cuando es el único medio de obtener algún resultado”.

De ahí que, en el confuso panorama chileno político-electoral, se busque suavizar las posiciones extremas, por lo menos para salvar las apariencias, y las grandes coaliciones tradicionales se autodefinan como “centro derecha” y “centro izquierda”.

El problema radica, por supuesto, en la capacidad que tenga la ciudadanía para percibir cuáles son los verdaderos propósitos que se ocultan detrás de los mensajes publicitarios y, consecuencialmente, para poder apreciar si es o no posible que lo que se ofrece en términos muy simples, sea factible, pueda realmente alcanzarse. El actual Gobierno, escuchando “la voz de la calle”, asumió compromisos inaccesibles tales como el de “educación gratuita y de calidad para todos” con todas las dificultades y consecuencias que el tiempo se ha encargado de mostrar. Algunos candidatos y precandidatos, hoy escuchan el grito callejero de “No más AFP” y se hacen eco de él con frases tan irresponsables y ambiguas como la de “A mí no me gustan las AFPs”.

No queda mucho tiempo como para reflexionar racionalmente sobre las diversas alternativas que se ofrecen como en una feria de las vanidades. Ojalá fuese posible definir los problemas fundamentales de la sociedad chilena y exigir, a los postulantes a salvadores de la patria, respuestas claras y precisas. Hablar a las personas con la verdad, hacer ver a cada uno que, así como reclaman derechos tienen también deberes correlativos que asumir. ¿Habrá algún político capaz de  ofrecernos una respuesta adecuada?

 

 

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