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DERECHA, CENTRO, IZQUIERDA….( III )

René Fuentealba Prado, abogado.

Un análisis detallado de la mayor parte de los procesos electorales que se realizan en diversos países del mundo occidental, nos muestra la clara tendencia que existe por parte de las elites dirigentes, a radicalizar las posiciones. Evidentemente, es más fácil exhibir el contrapunto político en términos de “blanco o negro” especialmente en el manejo publicitario. Sin embargo, las sociedades son mucho más complejas que lo que muestra ese encasillamiento pueril al que se pretende conducir a los ciudadanos.

En la línea gruesa puede señalarse que los sectores que se identifican con la “cultura de derecha” promueven y defienden un cierto nivel de autoritarismo político y social, más bien con tendencia a lo represivo; una libertad económica irrestricta marcada por la mínima injerencia del  Estado en este campo; un crecimiento sustentado en el esfuerzo individual que no atiende a las desigualdades de origen; un conservadurismo valórico que se asienta en la férrea defensa de la propiedad privada y de la institucionalidad vigente en cuanto no esté en contradicción con sus principios; y en una moralidad social inamovible que considera como valores absolutos lo que no son sino hechos de la realidad construidos y sustentados por tradiciones seculares. El rechazo a la regulación de la jornada laboral;  su  oposición al sufragio universal (voto a analfabetos),  a la educación primaria obligatoria, al matrimonio civil, a la igualdad de derechos de hijos matrimoniales y no matrimoniales, a los derechos de homosexuales, etc. constituyen hitos de una mentalidad que se niega a abrirse a realidades diferentes que expresan la evolución progresiva de las sociedades.

En el otro extremo, una “cultura de izquierda” se muestra como promotora de una igualdad generalizada, de una afirmación total de los derechos con casi nula atención a los deberes y responsabilidades, con una aspiración clara a que toda la economía y el manejo de los problemas sociales  se concentren  en manos del Estado,  con una tendencia permanente a rebasar los límites de la institucionalidad y a obtener mediante la presión de las masas derechos y beneficios sin racionalizarlos ni priorizarlos.

Entre un polo y otro, existe un mundo mucho mayor que la suma de ambos extremismos y que está constituido por personas que están abiertas a reconocer los derechos y a atender las necesidades de los sectores más carenciados y que no tienen relación alguna con los grandes poderes económico-financieros y sus intereses y que más bien condenan sus privilegios y abusos.

Si se observa con atención, es posible afirmar que este “tercer universo” no polarizado, y que en líneas generales  corresponde a la clase media en sus diversos niveles, aunque no lo explicite, tiene una preocupación prioritaria por la estabilidad política y social. El caos y el desorden son vistos como elementos disociadores  que dañan la convivencia familiar, laboral y social.

En este grupo hay una clara percepción  acerca de cuáles son las principales preocupaciones que debiesen ser atendidas por las políticas públicas: trabajo y estabilidad laboral, pensiones, salud, educación, vivienda, seguridad, preocupaciones que tienen una mayor o menor preferencia de acuerdo a sus realidades personales y familiares. Asimismo, perciben que las reformas masivas y radicales despertarán el rechazo de los sectores afectados provocando su reacción con las consiguientes consecuencias y retrocesos.

El cuadro que se presenta a la vista de los chilenos con miras a las próximas elecciones presidenciales y parlamentarias, merece ser observado a la luz de las aseveraciones anteriores.

En nuestra opinión, la ciudadanía mayoritariamente  tiene una actitud bastante clara de rechazo a los extremismos populistas tanto de derecha como de izquierda. Su aspiración básica es a formar parte de una sociedad integrada en que todos sus sectores se reconozcan y se respeten. También, tiene una comprensión de las injusticias e inequidades existentes y de los procederes abusivos de los grupos de poder. Sobre tales bases, está abierta a reformas serias, sólidas, progresivas que ofrezcan perspectivas de permanencia y sustentabilidad en el tiempo.  Asimismo, reclama un papel rector del Estado en el diseño y ejecución de políticas que den respuesta a los problemas evidentes y urgentes.

El país, en los momentos en que debe tomar determinaciones importantes, reclama liderazgos que  cumplan un verdadero rol de pedagogía social hablando con franqueza, definiendo la forma armónica y racional de abordar los complejos problemas de una comunidad en proceso de cambio, sin ocultar  dificultades ni limitaciones y asumiendo el compromiso irrenunciable de transformar el aparato público para que tenga la capacidad de atender en forma oportuna, eficaz y eficiente los requerimientos de las personas.

Aquel aspirante o aspiranta  a servidor o servidora de la patria que sea capaz de despojarse del lenguaje envolvente y demagógico y que  muestre su disposición a consagrarse  enteramente a la tarea de atender a los principales requerimientos de la población, en un marco de racionalidad, de diálogo y de justicia, de seguro podrá conquistar la confianza y adhesión de la gente.

La tarea es dura pero no imposible.

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