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Disminución de la velocidad máxima

Patricio Schwaner Saldías

Profesor de filosofía

Es bien sabido que Chile se caracteriza por ser un país “reactivo”, es decir todas las dinámicas propositivas se generan una vez que el “desastre se ha consumado”. Ley Emilia, Ley Cholito, Ley Zamudio, Ley Ricarte Soto, son algunas de las variantes desarrolladas a posteriori. Frente a esta situación tan poco asertiva, en el sentido que acabo de explicitar, pienso en diferentes momentos de nuestra historia en los cuales hemos actuado tardíamente. Sin embargo, debo precisar que no desconozco cada una de estas leyes que, por su condición moral y jurídica, respeto y acojo, sino que más bien me permito una reflexión sobre el fondo oculto de estas situaciones que deja de manifiesto la falta de proactividad.

Por ejemplo, hace unos días se ha aprobado una ley que actúa frente a la disminución de la velocidad de 60 km/h a 50 km/h como máxima en zonas urbanas, y reflexiono en lo que constantemente he tratado de enseñarles a mis estudiantes y que dice relación con el estudio de la ética profesional. A saber, no se trata simplemente de reaccionar con miedo frente a la sanción que se nos impone, sino más bien de entender la importancia del cumplimiento de una norma en cuanto resulta beneficioso para el bien común.

Quizá, nos hemos acostumbrado a cumplir sin mediar el peso de nuestras acciones, cuestión que resulta profundamente deleznable. Ahora bien, ¿Qué posibilidades de reflexión tenemos desde la óptica de la filosofía? ¿Qué mejoras puede ofrecer la ética filosófica en nuestro actuar como hombres racionales?  Desde una perspectiva ética, siempre existirán tres posibles reacciones frente a la promulgación de una ley. En primer lugar habrá quienes considerarán que el cumplimiento se refuerza por sumisión, es decir se debe cumplir por miedo a la sanción o pena que podría ser impuesta al transgredir la norma. En segundo lugar, algún sujeto podría actuar por identificación, es decir respetar el límite de velocidad porque forma parte de la costumbre o de la tradición que sus seres queridos le han transmitido o por la simple identificación con un modelo familiar rígido. Sin embargo, en tercer lugar, se propone una salida profundamente reflexiva que lleva por nombre internalización, en la que podemos descubrir que el sujeto realiza una determinada acción porque ha comprendido que resulta beneficioso para el bien común de una sociedad y como consecuencia, obtendrá su propio bien.

En los dos primeros casos solo se ha pensado en el bien personal y no se ha adquirido una conciencia sobre los actos que se realizan. Por este motivo es fundamental transmitir a las futuras generaciones el sentido de la responsabilidad, pues no basta con legislar si no se ha adquirido la debida conciencia de lo que somos. De lo contrario estaremos solo frente a una simple idea de vigilancia y prohibición, cuestión que el filósofo francés Michel Foucault nos relata en su obra Vigilar y Castigar (Surveiller et punir, 1975). Por otra parte propongo la reflexión desde la óptica del célebre novelista inglés George Orwell quien en su clásico libro 1984 nos señala: “El cartelón del enorme rostro miraba desde el muro. Era uno de esos dibujos realizados de tal manera que los ojos le siguen a uno adondequiera que esté. EL GRAN HERMANO TE VIGILA, decían las palabras al pie”. Entonces: ¿Debemos ser vigilados para actuar a conciencia? O ¿Debemos actuar a conciencia para no ser vigilados?

Publicado como columna de opinión en Diario el Sur el día 09 de agosto de 2018. http://www.elsur.cl/impresa/2018/08/09/full/cuerpo-principal/2/

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