«La verdad es la primera víctima de la guerra».

Esquilo

 

«El dinero es la peor moneda que jamás haya crecido entre la humanidad: Saquea ciudades, expulsa a las familias de los hogares, enseña y corrompe las mentes más dignas para convertirlas en viles actores»

Sofocles

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EDITORIAL. De Washington a Brasilia pasando por…

Equipo laventanaciudadana.cl

Periodismo ciudadano.

Hace poco más de dos años, las democracias liberales más tradicionales de Occidente, contemplaron estupefactas el sismo político que hizo temblar a los Estados Unidos de América. Con todas sus imperfecciones ( que no son pocas), el Presidente vigente del país más poderoso del mundo, Donald Trump, derrotado en los comicios de 2020, se negaba a reconocer su derrota (clara en el voto popular, estrecha en los mecanismos del enredoso sistema electoral) y se aprestaba para dar el supremo manotazo: el ataque sobre el Capitolio.

Semanas de gestiones clandestinas destinadas a lograr que sus secuaces alteraran fraudulentamente los resultados de los comicios, habían fracasado ante la tajante negativa de sus adláteres a acceder a las presiones de un mandatario sin escrúpulos. El único camino que le restaba era la asonada de las masas, fanatizadas, financiadas y organizadas, y dispuestas a atacar al Congreso sin medir las consecuencias de sus actos. Trump, como todos los cobardes, se ocultaba tras bambalinas limitándose a aleonar a sus tropas que irrumpían en la sede del poder legislativo, arrasando con las tradiciones, el patrimonio y el respeto.

El caso no está cerrado y hasta ahora la justicia estadounidense y las comisiones designadas, siguen escudriñando lo sucedido en un esfuerzo por encontrar las huellas digitales del principal responsable.

2022. Brasil, la mayor democracia de Iberoamérica, enfrenta una nueva elección presidencial que plantea la alternativa entre la reelección del presidente en ejercicio, el ultraderechista Jair Bolsonaro, y la tercera elección del líder sindicalista Luis Inacio Lula da Silva. Ahora, la victoria es del opositor dirigente del Partido de los Trabajadores y Bolsonaro se niega a reconocer su derrota personal. El 1 de enero, Lula debe asumir su cargo, su contrincante viaja sorpresivamente a Miami para no participar de la ceremonia de juramento y entrega de las insignias del poder. Desde una semana antes, algunos miles de personas adherentes al bolsonarismo acampan en los jardines de Brasilia, son respetadas por la policía que se escuda en el derecho ciudadano a manifestarse y, el día “D”, atacan las sedes de los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial para impedir la asunción del nuevo gobierno. Destruyen puertas y ventanas, arrasan con valiosas pinturas y esculturas y se enfrentan a un sector de la policía que brega por restablecer el orden al tiempo que sus colegas encargados de la seguridad de los edificios oficiales, abren complacidos las puertas a los invasores. Bolsonaro mira desde Miami, ni siquiera condena los hechos y hasta la fecha, pese a registrarse algunos miles de detenidos, no hay pistas ciertas acerca de los nombres de los ideólogos de la violencia antidemocrática ni identificación de los sectores militares y económicos comprometidos en la confabulación.

Las lecciones anteriores son importantes.

Por un lado, porque dejan en claro que las democracias son frágiles y están siempre expuestas a los ataques de los extremismos populistas de izquierda y de derecha. Y, también, porque quiénes tienen sobre sus hombros la responsabilidad de gobernar a un país tienen el deber ineludible de actuar con prudencia y equilibro conforme al querer de las grandes mayorías.

El fracaso de los gobiernos progresistas – por incompetencia, desprolijidades, debilidades, titubeos, personalismos, actos de corrupción – puede ser el trazado perfecto del camino apto para abrir las puertas a los grupos radicales que, embozados en la típica fraseología del orden y la seguridad, buscan sin ambages el restablecimiento de una sociedad de privilegios y exclusiones.       

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