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Editorial: El matón del barrio

Equipo laventanaciudadana.cl

Periodismo ciudadano.

La Corte Penal Internacional (CPI), creada por el Tratado de Roma de 1998, recibió la firma de 123 países y entró en vigencia en 2002 al recibir la ratificación de 60 de las naciones firmantes. La Corte, con sede en La Haya (Países Bajos), tiene competencia para juzgar delitos de genocidio, crímenes de guerra, crímenes de lesa humanidad y agresión. Aunque los EE.UU. no lo han ratificado, en 2017 el Fiscal del Tribunal solicitó autorización para iniciar investigación por crímenes de guerra y contra la humanidad cometidos por tropas estadounidenses, afganas y talibanes, durante la guerra de Afganistan a partir de 2003. Mike Pompeo, Secretario de Estado, prohibió el ingreso al país de funcionarios de la CPI, y la Corte acordó no proseguir con la causa por las pocas posibilidades de éxito, lo que Human Rights Watch calificó como “golpe devastador” para las víctimas. Los denunciados son 44 militares y ahora Trump anunció sanciones para quienes investiguen a sus tropas pues considera estas acciones “como un ataque contra los derechos del pueblo estadounidense y amenaza a la soberanía nacional”.

La Unión Europea, las propias Naciones Unidas e importantes círculos académicos del país del Norte, han condenado la decisión. “Trump trata tontamente de demonizar a la CPI, como lo ha hecho con la Organización Mundial de la Salud y con el Acuerdo Climático de París” comentó a El Mercurio el profesor Harold Hongju Koh, de la U. de Yale.

Lejanos están los tiempos en que la Humanidad coincidía en destacar que el reconocimiento internacional de los Derechos Humanos constituía un inmenso avance civilizatorio. Los EE.UU., que hace poco se sentían con el derecho de calificar el rango de respeto que las diversas naciones tenían por estos derechos incluso poniéndoles nota (de la lista, por supuesto, se excluía al evaluador) hoy se sienten facultados para hacer lo que quieran, en cualquier lugar del mundo, ya que su impudicia está amparada por el poder de las armas y del dinero.

Donald Trump alcanzó la presidencia del país gracias a un sistema electoral dudosamente democrático pese a haber perdido por más de tres millones de sufragios frente a Hillary Clinton. Desde el primer día, su gestión se caracterizó por su autoritarismo personalista, las deslealtades con su propio equipo, las destituciones arbitrarias y, como era de esperar, una mezcla desvergonzada entre lo público y sus negocios privados, como documentadamente lo prueban diversas investigaciones de prensa virtualmente desconocidas en Chile.

Su soberbio eslogan de “America (EEUU) first” le llevó a un generalizado conflicto con naciones que tradicionalmente le fueron aliadas y a una conducción de las relaciones internacionales basada en amenazas y en la aplicación de sanciones unilaterales. Al mismo tiempo, exacerbó sin vergüenza el supremacismo blanco y el integrismo protestante consolidando un duro sector de apoyo.

La crisis generada por la pandemia (y que ha llevado al registro de más de 35 millones de desocupados y a un 50% de la población a niveles de pobreza) hizo temblar la posibilidad de su reelección y el asesinato policial del afroamericano George Floyd detonó manifestaciones masivas y generalizadas por todas partes.

El 1 de junio exigió a los gobernadores estaduales el uso de fuerzas militares para acabar con las protestas. 40 importantes ciudades fueron puestas bajo toque de queda. “Tienen que arrestar a la gente, tienen que juzgar a la gente, tienen que meterles a la cárcel durante 10 años y nunca más verán este tipo de cosas de nuevo”, señaló. “Cuando comience el saqueo, empieza el tiroteo”. “Tienen que dominar a los manifestantes; si no los dominan están perdiendo el tiempo. Van a ser arrollados y ustedes van a parecer una banda de idiotas”. “Estos terribles anarquistas deben ser detenidos cuánto antes”, “son unos terroristas domésticos”. Y el 11 de junio, amenazó al gobernador del Estado de Washington, Jay Inslee: “Recupera el control sobre la ciudad (Seattle) ahora. Si no lo haces, lo haré yo”.

El clima en el “país de las libertades” es amenazante. En Minneapolis (Minnesota), Trump fue calificado como un “desequilibrado”. Los analistas han coincidido en denunciar la amenaza de la dictadura y del fascismo en clara referencia a la deriva militarista. Las encuestas (66% de los republicanos, 92% de los demócratas, 78% de los independientes) concuerdan en que el país está “fuera de control”.

El poderoso Pentágono ha recordado al mandatario que una ley de 1878 le impide usar las Fuerzas Armadas federales para tareas de seguridad y orden público a nivel nacional. Importantes autoridades militares (Jefe del Estado Mayor Mark Milley, jefe del Pentágono Mark Esper) y el ex Secretario de Defensa Jim Mattis han rechazado públicamente las tentativas trumpistas de politización de las Fuerzas Armadas. En los grandes estados, como Nueva York y California, se respira un aire generalizado de condena a las políticas ineficaces del mandatario y un profundo rechazo a sus intentonas totalitaristas.

La desesperación lleva a las torpezas. Para revitalizar su campaña, Trump ha convocado a un mitin de sus partidarios en la ciudad de Tulsa (Oklahoma), precisamente el lugar en que se cometió en 1921 una de las mayores matanzas racistas de la historia con un saldo de 300 víctimas afroestadounidenses.

Cuando es claro que la irracionalidad y la carencia total de escrúpulos del gobernante del país más poderoso del mundo dominan su gestión y sus ambiciones, no se puede descartar que provoque deliberadamente un conflicto armado en cualquier lugar del mundo para reaglutinar a sus partidarios. América Latina no puede ser descartada como uno de los territorios en riesgo.

Los próximos días, de ahora al 3 de noviembre, son preocupantes.     

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2 Comentarios en Editorial: El matón del barrio

  1. Podemos cuestionar el sistema electoral, sin embargo, Trump triunfó con las reglas del juego claras. Lo que me cuesta creer y convencer que sujetos que atentan contra el desarrollo de la sociedad, especialmente con los temas relacionados a los derechos humanos puedan acceder al poder …y desde ese lugar, derramar sobre la ciudadanía comportamientos carentes de ética y decencia. Ocurrió en EE.UU, Brasil y en Europa asoma disimuladamente

  2. Excelente, una editorial de mucha claridad y sólida argumentación, permítame saludar y felicitar al o los autores.
    Gran aporte gracias.

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