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GUÍA FAMILIAR

A propósito de la (posible) adopción por familias no tradicionales.

 

Yerko Strika Psicólogo, Psicoterapeuta

 

 

En la segunda década del siglo XXI, aún permanece estable la creencia que los niños deben ser adoptados por familias biparentales y heterosexuales, dando énfasis a una mirada convencional de concebir dicho sistema. Si bien tal modelo es el que prima en nuestra sociedad chilena, claramente no es la única forma de constituir familia y mucho menos debe entendérsele como un modelo excluyente al momento de adoptar.

La adopción desde el punto de vista legal, es una institución que busca restituir en el niño o niña el derecho a vivir en familia. Desde esa óptica, se está hablando de infancia privada de un derecho fundamental, el que ha sido coartado debido a que sus progenitores biológicos no han tenido la  capacidad de ejercer responsablemente el rol parental,  desligándose de sus hijos  y entregándolos a instituciones administradas por el Estado, para que suplan lo que ellos no han podido hacer: entregar un entorno estable y amoroso  para el ejercicio de la vida.

En este punto, la familia adoptiva cobra relevancia por cuanto tiene la inmensa oportunidad de acoger a un niño o niña para que éste continúe  con su desarrollo en base a estímulo afectivos, cognitivos y sociales de  manera regular y estructurada, permitiendo así la manifestación del potencial que todo ser humano lleva consigo.

La paternidad, se trata a de fin de cuentas y en primera instancia,  de la capacidad para otorgar protección y cuidado a un niño, en términos emocionales y materiales. Luego, en el proceso de la crianza se irán desplegando  habilidades y competencias que permitan formar una relación de confianza tal, que faciliten en base a la madurez del hijo, explorar progresivamente el ambiente hasta alcanzar la plena autonomía.

En función de lo expuesto, no es esencial que dicha tarea sea ejecutada necesariamente por un matrimonio heterosexual. Insisto, lo fundamental es entregar al niño experiencias de apego potentes y vinculantes, buen trato y todas las herramientas que le permitan constituirse a futuro en un ser humano pleno. Si esto es realizado por una mujer sola, por dos hombres en pareja,  por abuelos, por lesbianas, por un viudo, la hermana mayor, por una familia completa, da exactamente igual. Lo que se debe evaluar al  momento de entregar un niño en adopción, es si en definitiva el o los adultos que asumirán el rol, cuentan con las competencias y habilidades  suficientes  para garantizar  un pleno desarrollo del ciclo vital al niño o niña que incorporan y asumen como hijo.

Por último, sólo una reflexión: los niños que son declarados susceptibles de ser adoptados, provienen en su gran mayoría de padres / madres  heterosexuales abandónicos/as con fuertes carencias en su propia historia de hijos, los que a su vez han sido criados por otros padres igualmente maltratantes. Es un círculo que va más allá de la condición sexual. Es un círculo que se interrumpe con figuras capaces de ejercer una paternidad y maternidad bientratante, en el amplio sentido de la palabra.

 

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