
EDITORIAL. EL TEATRO DEL ABSURDO.
En un escaso número de años, Chile pasó de ser una democracia madura y respetable a una democracia meramente formal con una institucionalidad débil corroída por la debilidad de sus instituciones, dañadas claramente por la confsostenluencia de apetitos personales o grupales y por la corrupción que ha traspasado todas las fronteras imaginables.
Un análisis simplón nos llevaría a apuntar con el dedo a los largos diecisiete años de dictadura, que además de sus crímenes y abusos destruyó las tradicionales capas dirigentes de la sociedad, aplastó las organizaciones políticas y sociales y borró de un plumazo todo intento de formación ciudadana en escuelas y colegios, en su afán enfermizo de crear y sostener un culto casi religioso centrado en valores (¿o antivalores?) como el individualismo, la competencia agresiva y la pérdida del sentido de lo que son la res publica y el bien común.
Todo ello puede ser cierto pero en ningún caso bastante como para explicar el tiempo en que estamos viviendo.
A fines de agosto, la ciudadanía tendrá claro cómo será la papeleta electoral que se presentará con miras a las votaciones presidenciales de noviembre y el eventual balotaje de diciembre. Además de los candidatos inscritos por los partidos (Kast, republicano; Kayser, libertario; Matthei, UDI – ChileVamos; Jara, comunista) se encuentran en carrera, recolectando firmas, Harold Mayne-Nichols y el eterno postulante Marco Enríquez-Ominami, no pudiendo descartase algún otro nombre.
Las encuestas, por ahora, auguran una segunda vuelta con Jara y Kast o Matthei, ofreciendo a los electores un menú que evidentemente no es del agrado de los comensales. Al afirmarse Jeannette Jara tras su rotundo triunfo en las primarias del oficialismo y constatarse la caída de Matthei en las mismas encuestas que la habían situado en la pole position, todo hace presagiar un definición final entre Jara y Kast.
Jara carga sobre sus espaldas con el pesado lastre de su militancia política, la que ha servido de sustento a una fuerte campaña anticomunista encabezada sin disimulo por El Mercurio. Borrar en tiempos de campaña la adhesión incondicional de su partido a los “socialismos reales” (en verdad dictaduras soviéticas) y la ciega defensa de las dictaduras de Cuba. Venezuela, Nicaragua y Corea del Norte, se le hace imposible y se constituye en su peor punto débil.
Al frente, como se ha dicho, se encuentra el pulcro, bien peinado, rubio, de ojos azules, José Antonio Kast. La defensa y justificación de la dictadura de Augusto Pinochet, tanto por Kayser como por Matthei, han constituido para él un inesperado y valioso aporte de campaña, haciéndole aparecer como una figura más sensata y equilibrada. Sin embargo, nada ni nadie podrá olvidar su persistente presencia en los foros de los movimientos de extrema derecha de Europa y su proclamada afinidad con regímenes como los de Bukele y Orbán, y su simpatía con figuras como Bolsonaro y Trump, nombres todos que han mostrado abierto desprecio por las normas constitucionales básicas y por los derechos humanos. Sin embargo, todo ello no le ha sido cuestionado por la gran prensa escrita y la televisión privada chilena.
Lo dicho, nos lleva a concluir que el país ha sido arrastrado por las elites políticas a un dilema rayano con el absurdo, configurándose una trampa de la cual es difícil escapar.
Se hace, por ello, urgente que surjan liderazgos con capacidad de emplazar a todos los aspirantes, exigiéndoles desde ya respuestas claras y concretas sobre puntos específicos que los comprometan pública y solemnemente ante el país, constituyendo una prueba de fuego de su compromiso con la plenitud democrática y los derechos de las personas.
Una democracia real, no debe aceptar ser obligada a tomar decisiones inspiradas por el miedo y el temor. Chile merece más que eso.







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