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Editorial: Para encontrar soluciones, primero hay que buscar las causas

Equipo laventanaciudadana.cl

Periodismo ciudadano.

Salvo algún error matemático, hoy lunes 16 de marzo se cumplen ciento cincuenta días contados desde el momento que la crisis explotó. Es decir, 5 meses.

Los medios de comunicación formales (acogiendo el pensamiento de los grupos dominantes) han insistido en lo sorpresivo del estallido social sin reconocer culpa ni responsabilidad alguna en el sistemático silenciamiento que han hecho de los innumerables antecedentes que preanunciaban lo que habría de ocurrir. La solución más a la mano, y que coincidía con lo que “las doce familias” querían que se dijera, era la de culpabilizar a grupos extremistas que agitaban las aguas con fines inconfesables atentando contra la vida normal de un país exitoso.

Como señalara muy acertadamente Juan Pablo Luna, destacado académico de la Pontificia Universidad Católica (a contracorriente de sus colegas del mismo plantel), frente al mundo real de las personas de carne y hueso, existía un mundo “de las planillas Excel” que mostraba numerosos índices que crecían día a día y que nos mostraban que éramos “un país en marcha” como lo definió el eslogan gubernativo.

La propia soberbia de las élites obnubilaba su visión y las llevaba a imaginarse que vivían en mundo ideal en que todo estaba bajo control, en que un Estado en forma imponía un nivel adecuado de disciplina social que permitía un devenir incesante del progreso.

Luna, en el encuentro anual de la Enade en Casapiedra, de cara al gran empresariado chileno, hace público que un “coronel” de la UDI le reveló que su colectividad le sugirió que ni siquiera aparecieran en la foto junto a sus dirigentes ya que era necesario “ganar más votos en los sectores populares” para lo cual bastaba con que se pusieran con las “lucas” para las campañas y así, de esta forma, se protegería el modelo económico introducido bajo la dictadura.

Luna afirma en una entrevista: “Creo que los empresarios deberían entender que no hay forma de volver al pasado; no se puede pensar que el capitalismo que Chile tuvo hasta Octubre hoy es viable”.

Basta hacer un poco de memoria, para recordar que, durante más de treinta años, los “expertos” (todos remunerados por los planteles educacionales de clase, los “think tanks, las propias organizaciones empresariales) sostuvieron que era imposible elevar el salario mínimo, que no podía pensarse en una redistribución “artificial” de ingresos, porque todo ello llevaba a frenar el progreso al hacer menos competitiva nuestra economía.

En el mundo paralelo, la inmensa mayoría de los chilenos padecía las consecuencias de un modelo que les exigía comprar la salud, comprar la educación, soportar la subsistencia cotidiana con pensiones miserables después de una vida entera de trabajo, observar atónitos que mientras el número de campamentos y de las personas sin casa crecí, los privilegiados se construían mansiones de 600 o más metros cuadrados con costos cercanos a los 1.600 millones de pesos cada una.

Al chileno medio ¿cuánto le podía interesar que las utilidades de bancos, isapres y AFPs aumentaran desmesuradamente, que se importaran cada año 420.000 autos nuevos, que creciera el número de familias que accedía a la segunda y hasta la tercera vivienda, que se lotearan campos y playas para restringir el acceso exclusivo solo a quienes podían pagarlo? Para ese habitante promedio, su realidad era otra. El pan de cada día era el endeudamiento creciente como forma sistemática de subsistencia.

Al día de hoy, cuando se hace notorio que diversas publicaciones y  trabajos de investigación académica venían exponiendo estos datos indesmentibles, parece increíble que nadie de las clases dirigentes, de la prensa sutilmente venal, de la academia encerrada en sus guetos de producción de papers multilingües, se haya dado cuenta que se estaba incubando la tormenta.

De la noche a la mañana, se anunció que era posible mejorar salarios y pensiones. Que un esfuerzo-país permitiría algunas mejoras económicas a través de bonos y de una aparentemente generosa agenda social. Pero se silenció el hecho de que no había disposición para alterar la inercia de un modelo abusivo y excluyente: es mejor que no se sepa que la mayoría de las grandes fortunas fueron levantadas sobre la base de beneficios tributarios, es decir una vía legal que compromete el esfuerzo de toda la comunidad nacional, o sobre la colusión, la evasión y la elusión de impuestos, el uso contra la ley de información privilegiada, el fraude que implicó la compra metódica de “empresas zombis”, el cobro de intereses sobre intereses.

Lo dicho, está en la base de una inmisericorde cultura de abusos, de privilegios injustificables e inmerecidos, de una soberbia clasista que asombra hasta a las naciones desarrolladas.

Estos problemas no los solucionará una nueva Constitución. La difícil e impostergable tarea de hoy mismo, radica en la necesidad de sustituir nuestra forma de ser y convivir enriqueciéndola con unas buenas dosis de solidaridad, justicia y respeto mutuo. Esos valores abstractos deben traducirse en medidas concretas. Para ello, no hay tiempo que perder.   

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1 Comentario en Editorial: Para encontrar soluciones, primero hay que buscar las causas

  1. Una nueva Constitución, realmente democrática y ciudadana, puede sí ayudar en la construcción de un país más justo y humano, reformulando el perverso modelo económico, neoliberal-dictatorial y corrupto existente. Obviamente que no es en la Constitución donde se profundizan detalladas medidas económicas, pero una Carta Magna, con apoyo de la gran mayoría de los ciudadanos, puede y debe establecer limites legales contra abusos del capital, principalmente ( pero no únicamente) el financiero, la equitativa utilización de los recursos públicos, los derechos de las mayorías y minorías de todo tipo, la utilización de los recursos naturales (aguas dulces, mares, florestas, faunas, minerios, etc.), los derechos básicos de salud, vivienda, educación y diversos otros asuntos de interés general.

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