
EDITORIAL. ¿Qué significan las elecciones?
Las democracias liberales tienen la ventaja moral de elegir periódicamente a sus autoridades, bajo la máxima específica de “una persona, un voto”. Los regímenes autoritarios, por el contrario, aunque a veces guarden las apariencias, buscan claramente perpetuarse en el poder derogando los preceptos constitucionales vigentes o apoderándose del mando de sus naciones por la fuerza de las armas. Así, la historia contemporánea está plagada de múltiples ejemplos que van desde las sangrientas dictaduras latinoamericanas hasta los casos actuales de China, Rusia, Cuba, Venezuela, Corea del Norte, Nicaragua y muchos más.
Las elecciones constituyen la oportunidad para que cada ciudadano evalúe la situación de su país y, en consecuencia, proyecten su futuro. El juicio que nos forjemos puede ser meramente individual o construido a través de una elaboración colectiva que nos lleve a dialogar con los demás, a conocer la situación y la realidad de “los otros”, a salirnos del estrecho círculo propio logrando una mirada más amplia de la sociedad en que vivimos.
Estamos “condenados” a convivir con otras personas, sujetos diversos a los cuales no conocemos directamente, sino que simplemente los catalogamos peyorativamente como “los pobres”, “los vagos”, “los migrantes”, etc. Pretender “eliminarlos” de nuestro panorama, no solo constituye una ilusión, sino que esconde un acto de soberbia extrema como el del fariseo de la Escritura que oraba, diciendo “Gracias, Señor, por no ser como los demás”.
En la vida social, alcanzar la igualdad es una utopía. Por el contrario, bregar por la solidaridad es una tarea y un deber. Ninguna sociedad puede subsistir como tal, si está edificada sobre el odio y la discriminación, ya que ello destruiría los fundamentos morales en que se sostiene el andamiaje comunitario.
Si queremos ser optimistas frente al futuro, necesitamos integrarnos, conocer al otro, colocarnos en sus zapatos imaginando al menos sus carencias y privaciones y contribuyendo efectivamente a su superación, más allá de la limosna, más cerca de la justicia social.
En dos semanas más, tendremos la oportunidad de contribuir con nuestro grano de arena a proyectar un Chile más justo y solidario. Es indispensable que en ese momento adoptemos una decisión que no esté fundada en temores y egoísmos, sino que apunte directamente al bien común. La tarea del Estado en este terreno, es vital y el deber ciudadano, individual o grupal, es exigirle al Gobierno que elijamos, cualquiera sea su orientación, una gestión eficaz, eficiente y transparente en la utilización de los recursos públicos, el cumplimiento real de sus promesas de campaña, y un sentido político que podría traducirse en la inolvidable frase de que “los pobres no pueden esperar”.







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