Sabiduría, un estado superior de conciencia, implica habilidades para poner en práctica los conocimientos adquiridos por los seres humanos.
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EL ABRAZO

Gladys Semillán Villanueva

Embajadora por la Paz de las Naciones Unidas por la Letras UNILETRAS. Ave viajera de Semillas para la Juventud

Desde Castelar, Argentina

El sol estallaba en todos los tibios rincones, nos espiaba, impulsaba y muy decidida partí hacia la casa de mi hermana.
Deseaba compartir ese mediodía tan pleno, augural de tantas cosas.
Me sentía prisionera de un éxtasis desconocido.
Había regresado de un pequeño retiro, necesitaba ese reposo de la mente y el cuerpo, la quietud de horas de silencio y reflexión.

De saberme íntimamente, encontrarme en los pensamientos que en los últimos días me ametrallaban con recuerdos.
Me esperaba para almorzar, ya dentro de la casa ella pregunto desde arriba…
¿Quién vino?
Me ubique el pie de la escalera y haciendo pantalla con las manos le dije…
¡Yooooo!…..

Al verla bajar algo me estremeció, sacudió mi cuerpo de forma insólita, desconocida, y sin pensarlo dos veces la abracé con toda la ternura de que soy capaz.
Se quedó quieta como un pollito, abrazada, le sostenía la cabeza y se la besaba
de pronto me escuché decirle.
¡Mi chiquita!

Dejé por un momento de ver a esa mujer alta, delgada, algo triste, ojos oscuros de mirada húmeda para encontrarme con una niñita de apenas cuatro años a la que tenía abrazada contra mi pecho y no soltaba pues mi hermanita estaba saliendo de una neumonía muy grave.
La dedicación y el amor de mis padres la habían ayudado a superar del trance y yo era su guardiana inseparable.
Me parecía sentir el calor de su cuerpito y sus bracitos entornando mi cabeza en actitud de refugio.

No sé cuánto duró ese encuentro con esa pequeñita por la que había rogado tanto a mis padres que la tuvieran.
Mi letanía por aquellos días era que deseaba tener una hermanita.
Y llegó y no nos separamos más.

Necesitaba ese abrazo. Ahora me doy cuenta que en los días anteriores la memoria había regresado a nuestra infancia, a ese tiempo que nadie ni nada me pudo robar.

Estaba profundamente guardado y protegido y me recordó hasta el día de su nacimiento, una tarde de mayo sobre la 15 horas tía Josefina se acercó a dónde yo estaba con mi triciclo dando vueltas por el jardín  y me dijo tomándome la mano…Nació tu hermanita, ¿quieres conocerla?
Y ahí estaba junto a mamá dormida chiquitita, muy envuelta en ropa blanca.
Me veo acariciándole una manito un puñito cerrado.

Mi enfrentamiento a la pandemia.
El recuerdo del abrazo, ese que nos dimos,…que nos rescató de la soledad de tantos días y meses crueles.
Padecimientos que provocó la cuarentena aun en compañía.
La sensación de vacío de pérdida de tener que resistir sacando fuerzas
no sé de dónde.
Y la muletilla, yo te cuido, quédate en casa…

No,…nos cuidó la responsabilidad de cada uno,…nos defendimos de un virus que asaltó las vidas del mundo y fue aprovechado por especuladores de todo tipo.
Nos sacudieron con prolongaciones indefinidas de cuarentenas inconfesables.
El país se destruyó, no sé que nos espera o quizás sí, se pero prefiero no pensar.

Solo detenerme en ese abrazo que nos dimos con mi hermana, yo abracé a dos
y entre nosotras dos la chiquita que aún sigue levantando la cabecita y me mira desde el fondo del tiempo.

Un abrazo salva…lo sé…
Me di cuenta que me estaba ahogando…y había una sola manera de salvarme.

ESE ABRAZO A TIEMPO

El árbol está muy quieto.

Fuente de figura:
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