
La política de los lugares comunes
La política de los lugares comunes ya es una costumbre en los mensajes políticos, lo vemos claro en la propaganda sobre el marco constitucional a votar el 17 de diciembre; afirmarlo como una realidad discursiva, no es simplemente respuesta a un malestar con los discursos políticos o al menos con gran parte de estos, es, por sobre todo, respuesta a una inquietud que tiene relación tanto con el presente como, y especialmente, el futuro. No se trata de afirmarse en un juicio a priori, es decir, en el antecedente desde el cual leer la narrativa del actor político, sino construirlo según ocurren los hechos, y los hechos certifican que hay un comportamiento poco deseable si realmente preocupa el presente, pero sobre todo lo que viene, es decir, el futuro cercano. Acusar al actor de vivir construyendo lugares comunes, generar frases para la galería, ofreciendo remedios que suenan bien y que activan emociones dando pie a comportamientos poco ajustados a la razón, es una reacción natural, o debiera serlo, frente al hecho de la irresponsabilidad por lo que se siembra. Mas, sabemos, la cosecha de males a aquel no lo toca, tiene refugio en su redes que lo guardan de todo mal.
Hay una constante en la plaza pública: flujo de discursos enfáticos que dan cuenta que no existe en la narración política; especialmente, cuando se trata de plantear respuestas a dilemas, propuestas razonables que se ajusten a verdades que atañen a la mayoría de la población, como aquellos problemas asociados al acceso a derechos sociales, sino más un conjunto de narraciones interpretables como actos de reacción, juegos de desautorización que, se plantean como una estrategia en los procesos de la política, de una relacionada exclusivamente con el poder. Siendo éste su núcleo, inevitablemente, hay una conducta interesada en restar valor a la opinión contraria.
En una sociedad democrática donde la condición dialogal es para la construcción del habitar común, ver valor, al menos en parte, a la posición contraria es fundamental, pues advierte de algo que es esencial: sensación de acogida, aceptación del pluralismo que traduce la variable de la tolerancia en la generación de ópticas opuestas sobre un hecho común pero discutible en sus significaciones. El debate saca a la luz lo similar interpretado y también lo profundamente distinto. Eso corrige relaciones sociales, las fortalece y se asume en ello aceptación de quien aparece distante por posición política. Hoy estamos lejos de aquello, quizá más lejos hoy que ayer de esa realidad esperable. En fin, queda la sensación que no existe el ánimo de salvar en parte la proposición contraria. De esta forma, sigue mandando lo urgente que es apretar al otros hasta que grite, y si eso produce una grieta insalvable, no importa. Total, en el juego del orden político, ya vendrá algo o alguien a corregir los daños. Pero mientras tanto, seguimos emporcando el ambiente, la calle, la casa que decimos es la casa de todos. Mas esto es otro lugar común.
La política de los lugares comunes, es decir, ese mensaje que todo lo propuesto por el otro u otra es un error, una falacia, es un síntoma de decadencia en quienes la sostienen y en la sociedad. Pero también lo es la demagogia, el discurso fácil, aquel que suena cercano pero que no tiene relación con el fondo de realidad a discutir.. así, lo necesario queda atrapado en el simple hecho de la conquista fácil del apoyo; total interesa ganar. Pero, ¿a qué costo?



![¡Felices Pascuas, Claude! [*]](https://laventanaciudadana.cl/wp-content/uploads/2026/04/bardi1-150x150.jpg)



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