«Los peores enemigos de la ciudadanía son los pobres que se creen ricos, son los que mienten acerca de la nueva constitución y son por supuesto aquellos que se oponen al desarrollo de una nueva sociedad con mas justicia y dignidad»

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El deseo de Jorge Millas (1917-1982): responsabilidad y memoria

Rodrigo Pulgar Castro

Doctor en Filosofía. Académico U. De Concepción.

Uso, para introducir el tema, la referencia siguiente de Pablo Oyarzun al texto Giannini Público (2015, pág. 13): 

La experiencia-profundamente meditada- de los años del miedo, la opresión, el abuso y el asesinato de este otro tiempo de expectativas frustradas, no porque no se hubiesen hecho cambios determinantes, sino porque faltó la fuerza para hacer lo verdaderamente necesario, lo que imponía más allá de la medida de lo posible, llevó a Humberto, creo, a concebir el carácter originario del conflicto, de la originaria disyunción de ser y bien: concebirlo más acá de toda preceptiva y  normativa y de las éticas del deber, en lo que se podría llamar, si cabe, un realismo moral (Oyarzun, 2014, pág. 13)

Aquello de realismo moral a lo cual responde Humberto Giannini según la definición ofrecida por Pablo Oyarzún, es una línea de interpretación aplicable respecto de quien se comporta como intelectual público, vale decir, de alguien que, en síntesis, califica en la descripción de un yo capaz de friccionar críticamente pasado y futuro desde la conciencia de un presente que lo obliga a ello. Así, en el planteamiento de aproximación a la figura del intelectual público, consideramos en su acción el riesgo de poner en exposición su voz tomando, por responsabilidad,  una posición de compromiso en la plaza pública más allá de la academia. Se ha de hacer notar, que este compromiso no deriva del interés propio, por lo suyo, sino velando por quienes temen hablar reclamando derechos mínimos por intuir en sus reclamos plausible  efectos desventajosos para su estabilidad: detenciones arbitrarias, relegaciones, exilios, torturas de por medio hasta, en  caso extremo,  alcanzar incluso sus vidas. Esto era de común lo que explicaba el silencio de grandes sectores en los “años del miedo” como reza la oración citada de Oyarzun; también se habla por quienes carecen no solamente del espacio para hacerlo o de las herramientas argumentativas, o por estar afanados en tareas que le impiden construir relatos armónicos que defiendan derechos más allá de la simple voluntad, conato, impulso puesto en ello.

En cuanto reconocimiento del valor de sus narraciones, el intelectual público habla en nombre de toda persona que en los salones y redes del poder no es válidamente reconocida por quienes, y en un momento determinado de la historia, se apropiaron del poder casi exclusivo del orden político que, en tal posición de dominio, no trepidan en usar del instrumento de la fuerza opresiva para lograr el propósito de mantener o, si se da el feliz momento, acrecentar privilegios. Por cierto, en control del poder, es muy fácil construir aquellos momentos favorables por medio de aparatos burocráticos, de fuerza o, derechamente, decretos y leyes adecuadas y “pertinentes” al caso.

Una mirada a la historia reciente, específicamente “la del miedo” que refiere a los años de la dictadura a partir del Golpe Militar, se muestra significativa por el ocultamiento de mucho intelectual respecto de su deber social, pero a la vez, la fuerza del signo contrario, con lo cual planteo que fue posible el intelectual comprometido que tomando variables de conciencia, la carga axiológica del otro yo que su modo de entender y ver su mundo, descubre el espacio cotidiano como el momento de construcción de humanidad –(No existe dificultad en aceptar como variable a la alteridad, pues vemos ella ese compuesto de comprensión del hecho humano que resulta innegable a la filosofía y, por tanto a la ética como a la política. El asunto que, a veces, sucede que se olvida por interés; interés que trasunta el mayor de los egoísmos)-. Ahí, dispuesto y desplegado al espacio común construido y a la vez deconstruido por mano de otros yo, el intelectual público opera su inteligencia a favor del hecho social desde la crítica al poder, y uno de ellos, quizá el más significativo, en el caso de Chile, es Jorge Millas. Éste, con su acción pública expuesta en el acto del teatro Caupolicán en mayo del año 1980, como discurso de rechazo a la propuesta constitucional del gobierno, va más allá de la academia sin dejar de perder su estatura de filósofo quien, y por el contrario a lo que el purismo filosófico piensa, gana categoría en ser-filósofo cuando asume su responsabilidad ante los otros, ante sí mismo y ante la ley desde un modo de construirse frente al poder que destruye sistemáticamente la convivencia democrática por el atropello a los Derechos Humanos (http://www.memoriachilena.gob.cl/602/w3-article-92415.html ). Millas, interviene en reacción consciente-provocativa por responsabilidad frente a una norma autoritaria que pone trabas al ejercicio de la libertad de expresión en tiempos oscuros. En este sentido, Millas piensa la realidad desde un lenguaje filosófico, actualizando en ese ejercicio la narrativa filosófica-política desde un prisma ético. Con ello logra establecer un puente entre la política y la ética declarando bienes y deberes que son materia de preocupación en ambos campos. Pero, además, al asumir el valor de contexto político como un punto de inflexión respecto de deberes éticos, lleva la reflexión filosófica a un lenguaje cercano; de esta forma, sin dejar de ser su discurso disciplinar, es capaz de tensionar el dictamen que emanado del poder obliga a concurrir el año 1980 a votar un texto nacido en beneficio de un modelo socio-económico neoliberal. Texto que es, y sigue siendo hoy en día más allá de maquillajes circunstanciales, una norma constitucional que actúa como candado y que se impone como pacto sin consulta a la comunidad en su proceso constructivo. Sabemos Imposible de hacerlo por intención de control socio-político puesto, además, en línea con un constructo ideológico económico cuyo eje es lo competencia por bienes individuales y no la colaboración en el cuidado y maduración de conciencia de los bienes comunes. Mas ya es tiempo, y quizá el deseo de Millas, confió en ello, si esta vez tenga el esperado resultado: una norma de pacto social que naciendo del diálogo que, como todo dialogo humano construido en la tolerancia y la interculturalidad tiene sus puntos de debilidad y fortaleza, efectivamente instale  sobre la mesa del poder el deber de actuar a favor de los más frágiles de nuestra tierra.

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