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El Elefante en la piscina

Ronald Mennickent Cid

Astrónomo, Doctor en Física. Ex Director Departamento Astronomía Universidad de Concepción. Director de Investigación y Creación Artística de esta misma casa de estudios.

Es así como lo encontré aquel día, bañándose en la piscina. Con su trompa arrugada, sus ojos saltones y sus enormes orejas aleteando suaves mientras una mosca le rondaba. Sus ojos, tratando de seguir al insecto, daban vueltas divertidas sobre sus órbitas, mientras el enorme paquidermo sentado se encontraba.

Después de mirarlo, agazapado detrás de un árbol cercano, me fui acercando lentamente tratando de no perturbar el encanto que parecía haberse apoderado de él. Pensé, mientras me acercaba, en qué extraños acontecimientos habrían traído a este elefante a un lugar tan remoto, lejos de sus semejantes y de su lugar de origen. ¿Habrán tenido que ver los incendios recientes que arrasaron tantas hectáreas de pastos? ¿La sequía que asolaba desde hace semanas esta región? Pensé en preguntarle, pero claro, siempre me enseñaron que los elefantes no hablan con extraños.

Ese iba a ser mi día de suerte, ya verán ustedes.

Querido elefante, le dije mientras él apartaba sorprendido sus ojos del inquieto insecto que le molestaba. Pude ver con asombro la inteligencia que brotaba de sus ojos, tan pardos y arrugados, mientras se posaban en mi persona. ¿Qué te ha traído por estos lados y qué te ha impulsado a meterte en esta piscina donde yaces tan tranquilo y a tus anchas?

Creo que en ese momento se abrió algo en el tejido del espacio tiempo, quizás transportándome a un universo paralelo, porque el elefante, créanlo o no, me contestó:  

“Escapé de los vientos y el fuego, sediento caminé kilómetros y kilómetros hasta que encontré esta finca, con la suerte de que tenía una gran piscina llena de agua, donde finalmente decidí sumergirme. Llevaba horas dedicado a mi descanso, después de beberme casi toda la piscina, hasta que llegó esta mosca que me ha despistado…y ahora llegas tú, haciéndome este tipo de preguntas. Ahora me siento desnudo y avergonzado. ¿Tienes algo con qué cubrirme? “

Ni con todas las sábanas de esta casa, le dije, pensando en su enorme tamaño.

Pero como le tuve compasión por sus desventuras, le hablé con cierta suavidad y dulzura. Después de un rato nos hicimos amigos y aceptó llevarme en sus enormes espaldas, donde me subí antes de que saliésemos en busca de una aventura, mientras la piscina casi se desbordaba con el esfuerzo que hizo el animal al salir conmigo encima.

Cuál fue mi asombro al descubrir cuán diferente se veía el campo desde esas alturas, bamboleándome como iba encima del elefante. Me reí cuando pude ver que ahora no una, sino varias eran las moscas que acosaban al paquidermo, quien con su cola trataba afanosamente de espantarlas, meneándola como un látigo de aquí para allá. Yo, tranquilo, picoteaba de vez en cuando su cabeza, mientras trinaba una alegre melodía.

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