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EL PROBLEMA MAPUCHE, UN TEMA QUE SE NIEGA A SER PASADO

Fernando Arriagada Cortés

Investigador y escritor.

Cuesta abordar el tema de Araucanía y su gente, como llama en el libro alusivo el sabio polaco, Ignacio Domeyco, a esta parte del continente, delimitada por el río Bío – Bío al norte y que avanza hasta el canal de Chacao al sur. Es la llamada frontera en tiempos coloniales. Pero la historia viene de antes.

Habitantes por derecho natural en ambas bandas de la cordillera andina, estos pueblos ancestrales se ubicaron desde antiguo en esta parte del mundo, manteniendo plena autonomía en sus tierras y organizados en tribus que tenían un idioma común, se dedicaban a diversas actividades como recolección, agricultura, cacería, ganadería o pesca, de acuerdo a su realidad particular. Especial mención para su cosmovisión de la vida y la espiritualidad.

Grandes amantes de su tierra, libertad, independencia y libre determinación, fueron capaces de unirse para contener la invasión inca en el río Maule, su frontera norte y de la cual fueron desplazados por los conquistadores europeos al Bío – Bío, en donde el rey les reconoce esa frontera, lo que explica las reiteradas incursiones al norte de ese río, para recuperar lo perdido como la zarandeada ciudad de Chillán y los valles del Itata. Diestros viajeros de la montaña, mantenían un continuo contacto con las tribus de la otra banda andina, con vínculos comerciales y sociales de encuentro y amistad. Más tarde lo harán con Chillán y su apetecida feria de intercambios y conchabos.

El imperio español les reconoce la frontera y autonomía, al extremo de establecer contactos mediante pasaportes para viajar a la zona, especialmente para comerciantes, misioneros, expediciones científicas y hacer reuniones de paz y tratados en los llamados parlamentos, como el de Tapihue en 1825, celebrado entre el Director Supremo Freire y los caciques mapuches. O’Higgins les llamó sus hermanos.

Es a partir de 1857, cuando el gobierno de Montt, en su afán de conquistar nuevos espacios para la agricultura y ganadería, unilateralmente procede a atravesar la frontera y establecer una nueva línea denominada del Malleco con fuertes militares, tras una supuesta pacificación,  lo que es una provocación que los mapuches tratan de impedir e incluso infligir derrotas como la de Quecheregua en 1868. Pero la tecnología bélica pronto los doblega, a lo que se suma el ferrocarril y el telégrafo, hasta lograr fundar Temuco en 1881.

De ahí en adelante, la zona se convierte en tierra de colonización y es rematada a pudientes empresarios agrícolas, mientras los mapuches son despojados de sus tierras violentamente con pérdida de vidas y quedando como allegados en una deplorable situación de reducciones.

Cabe señalar que el avasallamiento de esta cultura contó con el visto bueno de la intelectualidad de esos años que no dudaron en descalificar a sus habitantes, tratándolos de flojos, inútiles, incultos, bárbaros, infieles y otros epítetos propios del racionalismo ilustrado de esos tiempos. Por supuesto que a estos señores se unió parte de la prensa nacional, los políticos, empresarios y comerciantes, ávidos de adquirir a vil precio y mediante estafas legalizadas las tierras a quienes poco sabían de la cultura que los apabullaba y menos de leyes basadas en el derecho romano.

En tiempos de dictadura, llegaron los empresarios forestales a la zona, aumentando el problema considerablemente. Ellos no han sido escuchados en sus problemas fundamentales y ningún gobierno ha sido capaz de dar una solución integral al problema, lo más ha sido un paliativo, traducido en subsidios, becas, algún terrenito, un discurso amable o un padre nuestro en mapuche como lo hizo el Obispo de Roma, cuando visitó el país en 1988.

Razón tiene Violeta Parra cuando canta con gran verdad: “Arauco tiene una pena / que no se puede callar / son injusticias de siglos / que todos ven aplicar / nadie le ha puesto remedio / pudiéndolo remediar”. Por esto, algunos mapuches exasperados con la desidia de gobiernos inconscientes han optado por caminos de la violencia que censuramos, tanto como la falta de voluntad para entender el problema, por parte de los poderes del estado y otorgarles una solución global y definitiva.

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