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¿Estamos o no a la altura?

En un régimen democrático, la ciudadanía define periódicamente a quienes confía el gobierno y a quienes destina a la oposición. A fines del 2017, los chilenos decidieron, por medio de una amplia mayoría, entregar el poder ejecutivo a la coalición política denominada “ChileVamos” y, todos los demás, los mandó a la oposición. Pese a las apariencias, el respaldo a los nuevos gobernantes en ningún caso puede ser considerado como un cheque en blanco ya que sus oponentes lograron mayoría tanto en la Cámara de Diputados como en el Senado. Podrán elaborarse sesudas interpretaciones acerca de lo resuelto pero la dura realidad es la que hemos señalado.

Ante estos hechos tan claros, los caminos a seguir por los nuevos gobernantes pueden ir desde la posibilidad de constituirse en un mero gobierno de administración cumpliendo las tareas naturales que el devenir diario va exigiendo, o alcanzar un entendimiento con la oposición para tratar de sacar adelante sus propuestas programáticas en los términos más cercanos a sus promesas de campaña, o, finalmente, tratar de gobernar con solapada prescindencia del Parlamento.

Resulta natural que se excluya la primera alternativa. Al parecer, en estos primeros cien días, se ha tratado de ejercer el mando mediante medidas de resolución exclusiva del Ejecutivo a tal extremo que, ante la falta de iniciativas legislativas de fondo (se ha hablado de “sequía legislativa”) se ha proclamado por el Ministro Secretario General de la Presidencia, Gonzalo Blumel, que no todas las cosas se resuelven con leyes. La frase, que obviamente es una perogrullada, resultó a fin de cuentas bastante desafortunada ya que implicaba confesar que la oposición tenía razón. Más aún, a los pocos días,  el Gobierno anunció el envío al Congreso de una treintena de proyectos confirmando el acto fallido del ministro Blumel.

El problema, sin embargo, radica en que el Presidente hasta ahora no ha presentado ninguna iniciativa sobre las  cinco grandes líneas que anunciara al asumir el cargo y, teniendo presente la brevedad del mandato y el hecho de que toda tramitación legislativa de un proyecto complejo requiere mínimo un año de plazo, los días hasta ahora perdidos son demasiado importantes.

El bando contrario que, como hemos comentado aún no logra encontrar el rumbo, se debate en una serie de críticas y acusaciones que constituyen pura chimuchina sin que ninguno de sus dos sectores (Frente Amplio y ex Nueva Mayoría) muestren la madurez necesaria ni para constituirse en una oposición de calidad, de alto nivel, ni menos todavía para perfilarse como un eventual gobierno.

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