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La autoridad según Spinoza

Andrés Cruz Carrasco

Abogado. Magister en Filosofía moral. Magister en Ciencias Políticas.

Es imposible concebir un ser humano aislado. Su naturaleza lo hace un ser social. Baruj Spinoza decía: “No obstante, para vivir en seguridad y evitar los ataques de los otros hombres y de los mismos brutos, nos puede prestar gran ayuda la vigilancia y el gobierno humano. A cuyo fin, la razón y la experiencia no nos han enseñado nada más seguro, que formar una sociedad regida por leyes fijas, ocupar una región del mundo y reunir las fuerzas de todos en una especie de cuerpo, que es el de la sociedad.” Este cuerpo único para poder subsistir requiere de un mínimo de seguridad, que sólo puede garantizarse con un orden, pero que no resulta a cualquier costo. El mismo Spinoza sostiene: “La sociedad es sumamente útil e igualmente necesaria, no sólo para vivir en seguridad frente a los enemigos, sino también para tener abundancia de muchas cosas; pues, a menos que los hombres quieran colaborar unos con otros, les faltará arte y tiempo para sustentarse y conservarse lo mejor posible. No todos en efecto, tienen igual aptitud para todas las cosas, y ninguno sería capaz de conseguir lo que, como simple individuo, necesita ineludiblemente”. Cada uno tiene diversas aptitudes que debe potenciar en el desarrollo funcional del núcleo social. Este orden debe asegurarse por una autoridad. “De donde resulta que ninguna sociedad puede subsistir sin autoridad y sin fuerza y, por tanto, sin leyes que moderen y controlen el ansia de placer y los impulsos desenfrenados”. La autoridad es la que tiene pues como “tarea irrenunciable prevenir todos estos peligros y organizar de tal suerte el Estado, que no tenga cabida el fraude; más aún, hay que establecer un tal orden de cosas, que todos, cualesquiera que sean sus gustos, prefieran el derecho público a sus propias comodidades”.

El ser humana tiende a satisfacer sus propias expectativas, debiendo ser un tercero el que debe estar llamado a dirimir tal contienda. Spinoza cita el siguiente caso: “Las leyes de Moisés constituían el derecho público de la patria y por eso necesitaban, para su conservación, cierta autoridad pública; puesto que, si cualquiera fuera libre de interpretar a su juicio los derechos públicos, no podría mantenerse ningún Estado, sino que se disolvería al instante, y el derecho público se convertiría en privado”. No se puede entregar a algunos el interés general, cuando entre éstos se diera una pugna en relación al alcance de un derecho público con un interés privado, lo que hace indispensable la adopción de una solución racional por parte de una autoridad elegida por todos que privilegie el beneficio del conjunto social y no el bolsillo de unos pocos.

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