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LA FLOR DE LA HIGUERA

Yerko Strika

Psicólogo Clínico, Psicoterapeuta.

(Nota de la Redacción: El autor de este relato es el psicólogo Yerko Strika Robles, activo y valioso colaborador de La Ventana Ciudadana. El texto transcrito obtuvo el Primer Premio en el concurso “Historias de Nuestra Tierra” organizado por la Fundación de Comunicaciones del Ministerio de Agricultura. En él, Strika conjuga las vivencias de una niña inmigrante con sus sueños al encontrarse de pronto en el mundo rural de un país que no conoce pero que quiere amar. LVC se hace partícipe de este éxito que, por lo demás, recoge los sentimientos que inspiran nuestra línea editorial).

Marianne  quiere ser chilena. Es su único anhelo desde que llegó a este país envuelta en su piel oscura, una mañana de invierno hace varios años, más niña de lo que es ahora.

Ella y su familia vivían en una casa del tamaño de una habitación, construida con ladrillos de arena y techo de zinc, donde jugaba con otros niños a recolectar tesoros entre la basura, mientras sus padres deambulan sin trabajo por las famélicas calles  de un barrio llamado Cité Soleil, a las espaldas de Puerto Príncipe.

Imaginarán el desconcierto de Marianne, cuando un día su padre le dice a ella y a su mujer, Trécee, que se van a Chile. Y dónde queda eso, le preguntan al unísono a Emmanuel, quien se encoge de hombros y las abraza llorando en la promesa de una vida mejor. Tras de sí dejan nada o casi nada y lo que más siente la niña al partir, es la mirada de abandono clavada en los ojos de su perro sentado en el vano de la puerta, mientras se alejaba rumbo al aeropuerto.

El asunto fue más o menos así: El amigo de un amigo de un amigo, le dice a Emmanuel que tiene un amigo que está en Chile, viviendo en el campo y que faltan manos para trabajar. En el desvelo de una noche mirando el techo de zinc, Emmanuel resuelve lo que resolvió y empeñando todo lo que puede, más unas cuantas promesas, junta el dinero para salir de ahí y trámites de por medio,    están abordando el avión con un número de teléfono en el bolsillo como única esperanza de un futuro en el fin del mundo, con poco más de cien dólares encima.

Llegar a Santiago los tres tomados de las manos y abordar un bus al sur, es odisea para narrar en otro cuento.

Cuando logran llegar a un lugar que se llama Yumbel, donde dicen que hay un santo lleno de flechas clavadas en el cuerpo, los está esperando Leroi, amigo del amigo del amigo, que les tiende una sonrisa y les dice que se den prisa, para alcanzar a tomar la micro que los llevará a Rere. Marianne, Eammanuel y Trécee hace rato que perdieron la cuenta de las horas que llevan en viaje y cuando por fin se bajan del cacharro y entran en un fundo verde, lleno de aromas que no conocen, los invade un sentimiento mezcla de nostalgia y esperanza, justo cuando el sol se pone detrás de una era de trilla.

Leroi les dice: Aquí se van a quedar, abriendo la puerta de una pequeña casa prefabricada, a una cuadra de lo que parece un galpón. Tiene dos habitaciones, un baño, cocina, estar y comedor, que para los recién llegados es lo más parecido a un palacio que han visto en su vida. Acomodan lo poco que traen y comen unas lentejas que Leroi les preparó. Descansen, les dice, que mañana les presento al patrón. Cuando quedan solos, ríen de felicidad, se abrazan y duermen los tres en una cama de dos plazas, con un colchón blando como las nubes.

Al siguiente amanecer, una nueva vida comienza; una vida cotidiana y tranquila que se llena de días, semanas, meses, años. Emmanuel que aprende a ser campesino, Trécee cocinera y Marianne, estudiante, en una escuela que la miraba con ojos curiosos al principio y acogedores después. La niña llegó a primero básico sin entender una pizca de español y ahora en quinto,  su gramática y vocabulario son perfectos. Aprendió a escribir y leer en castellano, sonándole hoy distante su lengua natal, que sólo hablan de vez en cuando en casa.

Ese día en la escuela, la profesora de Lenguaje y Comunicación, la señorita Adriana,  les cuenta a los niños, que Aquí, en Rere, hacemos un estofado, en una olla tan grande  que nos podríamos meter varios dentro de ella. Los niños ríen y abren sus oídos a ese viaje maravilloso que es una narración mágica en el aula. Les cuenta que el  4 de octubre de 1765 el gobernador Antonio Guill y Gonzaga le dio el nombre al lugar,  bautizándolo  Villa San Luis Gonzaga de Rere y que en la iglesia del pueblo, hay tres campanas de oro, que se escuchan tañer hasta Yumbel. Y hoy, niños, es víspera de San Juan, la noche más larga del año y como es tan larga, dormiremos mucho y mañana nos levantaremos con mucha hambre. Por eso hacemos ese inmenso estofado, para llenarnos la guatita de su delicioso sabor. Alguien sabe los ingredientes del estofado, pregunta la profesora y un tropel de manos alzadas empiezan a enumerar a coro: Carne de vaca, chancho, cerdo, conejo, zorzales, perdices, cebollas, papas, zanahorias, ajo, sal, pimienta, laurel, agua; Y algunos papás le ponen vino, sentencia Nacho, que hasta ese momento no había abierto la boca sentado al final de sala, más concentrado en Marianne, que en la receta del plato.

En la Noche de San Juan, continúa la profesora, los antiguos realizaban una velada donde se relataban cuentos, se recordaban historias y se buscaba la flor de la higuera, la cual –se dice– florece solo esta noche, en la parte más alta del árbol. Dicen, también, que si alguien pide un deseo y corta la flor justo a la medianoche, lo que deseó se hará realidad. En mi casa hay una higuera, alcanza a decir Marianne, antes que suene la campana de la escuela y el alboroto del fin de la jornada disuelva el ambiente que se genera la víspera de la noche más larga del año.

Pero Marianne quiere ser chilena, lo desea con el corazón. Es más, quiere ser rerista, pertenecer en alma y papeles a ese pueblo que la recibió con un plato de lentejas y una cama suave, hace poco más de un lustro. Quiere, en su fantasía de futura mujer, casarse con Nacho y tener hijos mulatos; vivir ahí mismo y ser profesora; quiere comer estofado, saber más de los mapuche y los españoles; escuchar por siempre las campanas de oro repicar los domingos de misa. Por eso, esa noche, cuando sus padres duermen y afuera hay una noche estrellada, Marianne sale sigilosa de la casa y se dirige al fondo del predio, donde hay una higuera solitaria. Trepa por su tronco y se sienta un rato en una rama, mirando su reloj a la espera que sean las doce en punto, para cortar la flor de la higuera, en el deseo prístino que solo un niño puede invocar. Por entremedio de las hojas, se ven las estrellas al alcance la mano, titilando en la copa del árbol como faroles cósmicos. Faltando un minuto para la medianoche, Marianne sube a lo más alto del árbol y ruega por ver un capullo que cumpla su promesa.

Marianne nunca recordará con claridad si esa noche alucinó o todo fue un sueño, si realmente alcanzó la flor mágica y su deseo de volvió realidad, pero el hecho es que cuando termina de contarles la historia a los niños de su clase, no vuela una mosca y por los puestos corre como una reliquia, la cédula de identidad de la profesora Marianne Sanos Joseph, de nacionalidad chilena.

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1 Comentario en LA FLOR DE LA HIGUERA

  1. Ojalá esté pronto en Santiago…tengo muchas ganas de leerlo….seguro que será tan bueno como todo que escribe…

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