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LA ILUSIÓN DE LA INCLUSIÓN

Maroto

Desde Canadá.

Es indudable que en el Chile de hoy existe un mayor grado de conciencia acerca de la importancia de construir una sociedad inclusiva.

Más allá de las conductas individualistas y actitudes excluyentes que aún observamos en sectores de nuestra sociedad, y a las cuales nos hemos referido en columnas anteriores, es posible reconocer en el Chile del siglo XXI y particularmente en las generaciones más jóvenes, una tendencia a valorar la inclusión y la diversidad como elementos que contribuyen positivamente al establecimiento de una sociedad más justa y al desarrollo social, económico y cultural de nuestro país.

Es impensable hoy abordar temas relacionados con la inmigración, la pobreza, la orientación sexual, la educación, las diferencias de género, y el desarrollo económico, sólo por nombrar algunos, sin considerar el concepto de la inclusión como un elemento relevante de la discusión.

La inclusión puede entenderse, como un esfuerzo integrador realizado para incorporar a todos quienes forman parte de una sociedad sin importar sus características o condiciones particulares; de manera que cada uno de sus miembros pueda, con libertad y en condiciones de igualdad, participar y contribuir en su desarrollo, y favorecerse de sus beneficios. La inclusión cobra particular importancia respecto de quienes se encuentran en situaciones de exclusión, segregación y marginación, al transformarse en un vehículo que permite el acceso a oportunidades con igualdad de posibilidades.

La inclusión, así descrita, es un concepto complejo, ya que requiere el reconocimiento de las individualidades, la valoración de la importancia de la diversidad y un compromiso consciente en un esfuerzo de integración.

Y es aquí donde la inclusión corre el riesgo de transformarse en una ilusión.

Helen Turnbull, al referirse a la ilusión de la inclusión señalaba que la inclusión no es sólo un tema de auto percepción, sino que de percepción consciente o inconsciente, de presunciones y etiquetas asociadas o proyectadas sobre un individuo, que afectan negativamente o menoscaban la naturaleza de las relaciones que este tiene con su entorno.

Como señalara la escritora Carol Anderson, las relaciones interpersonales no nos dan inmunidad en relación a la exclusión. No basta con tener un amigo de raza negra para declararse no racista; no basta con contratar a un haitiano para declararse a favor de la inmigración; no basta con tener un familiar gay o lesbiana para afirmar que aceptamos la diversidad sexual; no basta con contratar a un cierto número de mujeres en la empresa para declararse defensor de la igualdad de género; no basta con dar empleo a quien proviene de una escuela pública para considerarse partidario de la igualdad en el acceso a la educación.

Ciertamente, lo anterior es una primera aproximación, que nos puede facilitar el ejercicio de profundizar en la inclusión; sin embargo, si ello no va acompañado de un cambio de conducta que, dando cuenta de los prejuicios inconscientes, se manifieste en todas nuestras acciones, grandes y pequeñas, sólo estaremos frente a una apariencia de inclusión.

Tanto a nivel individual como colectivo, un esfuerzo inclusivo requiere un cuestionamiento constante del status quo; la creación de espacios de diálogo permanente que, basados en la capacidad de escuchar y el respeto, permitan la identificación de áreas de exclusión; la definición de valores compartidos, fundados en el respeto a la diversidad y la valoración de la igualdad en el trato y acceso a oportunidades; y la búsqueda de formulas innovadoras que fomenten la integración.

La creación de un entorno inclusivo requiere de una exploración reflexiva de nuestros prejuicios, conscientes e inconscientes. ¿Cuáles son? ¿De donde provienen? ¿Cómo se manifiestan? ¿Cuáles son los mecanismos que operan en nuestra mente para justificarlos? y, ¿Cómo estos prejuicios afectan a quienes nos rodean?

La creación de un ambiente inclusivo requiere además del reconocimiento de nuestras diferencias, como paso previo a su aceptación. Las diferencias propiamente reconocidas y valoradas, enriquecen a nuestra sociedad. Las diferencias culturales, religiosas, de origen, y orientación sexual, no constituyen una amenaza, sino que por el contrario, son una fuente de oportunidades; y el diálogo en torno a ellas fomentará el respeto, inspirará confianzas y motivará la creatividad.

Por último, la promoción de un contexto inclusivo requiere de la valoración del espíritu comunitario; la afirmación del rol que la comunidad juega como sustento de una sociedad solidaria y la necesidad que como personas tenemos de ella, para enriquecernos y darle un mayor sentido y profundidad a nuestras vidas.

La inclusión no puede ser un estado pasajero, ocasional, ni superficial.

La inclusión es una actitud manifiesta, un compromiso profundo y sostenido en el tiempo.

Ese es entonces nuestro desafío.

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