La ciudadanía debe salir del ostracismo, debe empoderarse y no dejarse manipular por el "manejo" de la agenda pública, por las decisiones del Tribunal Constitucional y el deterioro de las instituciones.
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LA PRIMERA PUERTA

Gladys Semillán Villanueva

Embajadora por la Paz de las Naciones Unidas por la Letras UNILETRAS. Ave viajera de Semillas para la Juventud

Desde Castelar, Argentina.

Recorrí esa calle dos veces, desde lo alto hacia la orilla y desde ella hacia lo alto.
Del paseo de esa tarde fue lo que me llevó más tiempo.
Recuerdo incluso que, en mi libreta de apuntes, dibujé alguna de las puertas, eran hermosas, si en ese estado lucían así, imaginé en su plenitud lo que habrían significado para los dueños de las casas.
Siempre pensé que una puerta era como acceder a un recinto donde se albergan historias y que, por lo general, ellas debían ser buenas, no fáciles, no pretendía tanto, pero sí amables.

Los muros de la casa aún existían en partes, sus revoques caídos y cubiertos por esos helechos típicos de la humedad.

Enredaderas retorcidas de gruesos troncos daban idea de la antigüedad, detrás árboles secos detenidos en el tiempo como no queriendo continuar lo que ya no era.
Y la puerta, seca blanquecina sin ningún dato de pintura o barniz que en algún tiempo la protegiera en su belleza.
Apenas entreabierta en el lugar del picaporte, una abertura importante, seguramente habría sido de bronce, recamado.
En la parte media superior, otra abertura similar, para el llamador esas argollas tan hermosas que solemos ver en las vidrieras de los anticuarios.
Desde esos miradores pude detectar un camino de piedra de gran tamaño, cubierto por cientos de hojas acumuladas en algunos bordes del mismo.
A la izquierda un gran jardín, plantas que se fueron hermanando en la soledad y la muerte, entrelazadas, aferradas a las últimas respiraciones de lo que un día fue…
¿Qué?…
Intenté mover un poco la puerta, pero fue inútil, algo la trababa desde el interior.
Entonces me ayudé a seguir viendo desde la abertura superior.

Y frente a mí, luego de ese pavimento de piedra, un arco de medio punto, la galería techada, desgajada en partes y más al fondo un frente de vitrales, sucios, borrosos, pero que me supieron a extraordinarios, pues los plomos que los sostenían denotaban dibujos primorosos, curvas cerradas sin llegar al círculo, movimientos ondulantes largos, suaves como vestimenta de alguna dama reposando, quizás sobre un sillón o una floresta.
Muchos huecos vacíos, pero que no permitían ver más allá.
Rehíce el camino, y cuál no sería mi asombro, al ver sobre esas piedras, y como entrando en la galería, unas huellas gruesas no demasiado grandes, quizás de unas botas de mar, entrando, tan marcadas y secas como las mismas ramas de la vegetación.
Bien podrían ser mezcla de tierra y arena de la orilla.
Sólo entrando, un poco desvaídas las primeras, pero bien concretas las posteriores.

Ante esa visión me quede quieta, en suspenso,
Me pregunté…¿la puerta se cerró detrás de él?

¿Qué cerró?
¿La vida, los recuerdos, el no querer sufrir más?
¿El cansancio, la soledad, la desilusión, la orfandad?

La casa está sin vida, pero deseo imaginar que no siempre fue así, lo denota su estructura, planificada para el sol, la armonía, los buenos momentos, tan cerca de ese río, que con el movimiento de su oleaje, haría los días vitales.
Bajé del umbral un poco alto, me apoyé en la puerta y sin saber por qué deslicé en un susurro…
¿Por qué no fueron felices?
Luego me di cuenta que, esa pregunta acompañaba muy bien a la visión que tenía delante de mí.
El jardín me respondía. Donde hubo vida y alegrías, aunque no sean muchas, las plantas siguen viviendo, con la vejez que acumulan, esperando que algo regrese, pero no mueren.

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