El orgullo en exceso, como forma de vida, da paso a la arrogancia, esta es , sin lugar a dudas un elemento contaminante en las relaciones humanas y en las comunicaciones. ...pero además, ¡¡¡ contribuyen a la soledad y generan enajenación social!!!
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Una república pigmea que se convertirá en un gigante

Rafael Luis Gumucio Rivas

Profesor de Historia. Ex director Instituto de historia Universidad Católica de Valparaíso.

El Conde de Aranda refiriéndose a la Independencia de los Estados Unidos.

El Conde de Aranda, ministro masón de Carlos III -que expulsó a los Jesuitas- tuvo el mérito de predecir el porvenir: su pronóstico sobre Estados Unidos se ha cumplido. A su vez, fue el primero que propuso dividir el imperio español en tres reinos, regentados por príncipes de la casa real.

La Independencia de Estados le costó a los reyes borbones el pago de un precio enorme: Luis XVI con la guillotina; y Carlos IV y Fernando VII con la pérdida de la corona.

Desde su nacimiento, la joven república norteamericana estuvo marcada por la propaganda del “destino manifiesto”. La idea protestante de que Estados Unidos estaba designado por Dios para defender y expandir la democracia, idea que fue acompañada por la doctrina Monroe, “América para los norteamericanos”.

El objetivo del expansionismo norteamericano era llegar a los dos Océanos. Para lograrlo, al no poder imitar los métodos de las antiguas monarquías europeas, había que usar la compra de territorios ajenos. Si el posible vendedor se negaba, se le obligaba a hacerlo por medio de la ocupación.

En 1803 Napoleón Bonaparte, que necesitaba dinero para proseguir su campaña europea, fue tentado por representantes de Estados Unidos a adquirir Nueva Orleans por 2 millones de dólares. Para sorpresa de los delegados del país del Norte, Napoleón propuso la venta de Luisiana completa, por la suma de 15 millones de dólares, lo que duplicaba el territorio original de las 13 colonias.

En 1819, Estados Unidos obligó a vender las dos Floridas a los españoles, acto que se refrendó con el Tratado Adams-Onís, asegurando para los españoles el dominio de Texas. Faltaba la ocupación para completar el “destino manifiesto”; la adquisición de los territorios mexicanos.

Para los yanquis, los mexicanos eran católicos y su sistema político y forma de vida eran despreciables. El primer delegado del gobierno americano, Joel Robert Poinsset, (que también lo había sido de Chile), tenía el encargo de intentar la compra del territorio de Texas, pero la negativa por parte de México obligó a los norteamericanos a tomar el camino pacífico de la migración. A diferencia de la política actual de Donald Trump, en esta oportunidad fueron los norteamericanos los que invadieron los territorios mexicanos, con el consentimiento de los sucesivos gobiernos del antiguo virreinato.

En 1836, cuando se proclamó la República de Texas, los habitantes sumaban apenas 13.000 personas para un territorio inmenso, compuesto por desiertos y también por valles muy ricos para la agricultura. La mayoría de la población eran colonos norteamericanos, (ocurría el fenómeno a la inversa, donde el país del Norte en pocos años va a terminar hablando español).

El tema cultural de la República de Texas -duró nueve años, desde 1836 a 1845, donde el Parlamento acordó la anexión a los Estados Unidos- no se debe al derecho a la independencia y a la propia soberanía, pues México también lo había hecho respecto a España; sino al problema de la esclavitud, que llevaría, posteriormente, a Estados Unidos a la Guerra de Secesión.

El gobierno de Estados Unidos tardó nueve años para la anexión de Texas, pues -con razón- los norteños temían que un nuevo estado esclavista del sur descompensara el equilibrio de poder en el Parlamento.

Los norteamericanos se han dedicado, a través de la literatura y del cine, a presentar a los mexicanos como hombres crueles, machistas y asesinos. La principal leyenda es la del Álamo, una batalla que tuvo una duración de una hora y media -el 6 de marzo de 1836-, en la cual un ejército comandado por Antonio López de Santa Anna, asesinó a todos los texanos que se habían refugiado en un campamento cerca de San Antonio, que antes había sido cárcel.

Gracias a la película “El Álamo” (protagonizada por John Wayne en 1960) y a las miniseries de televisión de Disney, los traficantes y especuladores como Davy Croeket, Jim Bowie y William Travis, se convirtieron en los grandes héroes del imaginario norteamericano. (Para conocer lo acaecido en “El Álamo”, me permito recomendar la obra del historiador mexicano Paco Ignacio Taibo II).

El militar y político, Antonio López de Santa Anna, es el chivo expiatorio de los mexicanos: gobernó once veces durante un período de seis años. Por desgracia, la ignorancia histórica atribuye este período a una sola persona, sin considerar que estos hechos son parte de un escenario histórico. La vida de Santa Anna está llena de mitos. En la batalla de San Jacinto, cuando fue capturado por los texanos, se dice que estaba haciendo el amor con una mulata, y otros, dicen que dormía su siesta. Los texanos lo condujeron a Washington y fue ahí donde pactó el reconocimiento  de la República de Texas.

La guerra entre Estados Unidos y México comenzó con la disputa sobre la frontera de los ríos Nueces y Bravo, que están separados por una distancia de 200 kilómetros. El Presidente James Polk declaró ante el Congreso, que se había derramado sangre americana dentro de su propio territorio. El 13 de mayo de 1846, Estados Unidos declaró la guerra a México, que duró dos años, donde se libraron varias batallas feroces.

Al revés de hoy, los republicanos eran los progresistas y los demócratas eran los esclavistas (A. Lincoln era republicano y durante su gobierno se abolió la esclavitud). El norte era industrial y de migración obrera, y los habitantes del sur vivían del cultivo y explotación del algodón, cuya mano de obra era esclava.

Durante 1846, los yanquis ocuparon Nuevo México, las dos Californias (la Alta y la Baja) y otra gran parte del territorio que los norteamericanos le quitarían a México.

En 1847, las tropas norteamericanas desembarcaron en Veracruz. Siguiendo el camino de Hernán Cortés -luego de muchas batallas- alcanzaron Ciudad de México, colocando la bandera en el zócalo del Palacio de Gobierno. Los militares de todos los países del mundo, han sido traidores, rastreros y cobardes. Huyeron del país despavoridos encabezados por su Presidente, Antonio López de Santa Anna. El Licenciado Manuel Peña de la Peña le tocó poner la cara y pagar los platos rotos.

El tratado firmado el 2 de febrero de 1848 en la villa de Guadalupe Hidalgo, consagró la posesión de 2.378.539 kilómetros para Estados Unidos, es decir, perdió el 51% de su territorio. En Estados Unidos, la mayoría de la población era partidaria de apropiarse de todo el territorio mexicano. Afortunadamente, se dieron cuenta a tiempo que la  toma del territorio en su totalidad, incluía también a los ciudadanos mexicanos, católicos, mestizos y despreciables.

Los delegados mexicanos tenían que pactar con pistola sobre la mesa. Hay que reconocer que hicieron maravillas manteniendo para México, la Baja California, evitando así que los vencedores ocuparan otros territorios, como el norte de México, entre ellos Tampico, que tenía obsesionado al Presidente James Polk. Tanto llegaba su ambición y codicia, que pidió a su delegado volver a México.

Estados Unidos, convertida en una gran potencia, se devino en el gendarme del mundo, invadiendo países en diversos continentes, sobre la base de creerse “el pueblo elegido por Dios” para la defensa de la democracia y la civilización  cristiana en el mundo.

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