Las personas y la ciudadanía deben estar conscientes de los pasos que se dan, para orientar el desarrollo o para estancarse y retroceder... El próximo plebiscito, es una oportunidad de desarrollo para la ciudadanía y para dignificar al ser humano y transformarlo en soberano.
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Lo mejor de SANFIC 15: Parte II

La edición número 15 del Santiago Festival Internacional de Cine dejó tras de sí un buen sabor. Para celebrar su aniversario, una de las ventanas más importantes del cine nacional e internacional trajo llamativas películas de Berlín y Cannes, y un par de títulos latinoamericanos que no me dejaron indiferente. Algunas de las siguientes son de las mejores películas del año.

I Lost My Body

Los fotogramas cambian muy rápido: vemos sangre, una mosca, unos anteojos rotos, y un muchacho tirado en el piso, perplejo. En un flashback en blanco y negro, él regresa a su niñez, a un episodio en que su padre le enseña cómo atrapar una mosca con una mano. Ya en el presente colorido, esa misma mano, ahora cercenada, experimenta algún tipo de resurrección que obedece a las reglas de la especulación literaria o a un realismo mágico de carácter forense: escapa de un laboratorio, y la alternancia de los tiempos narrativos nos da a entender que anhela ser devuelta al resto de su cuerpo. Lo cual no es muy lógico, mas está al servicio de una retórica personal.

El periplo de la mano caminando por sí sola sobre las yemas de sus dedos está elaborado como una serie de viñetas, las que implican peligros más alarmantes que otros. El flujo entre pasado y presente provee una tensión creciente, aunque el equilibrio en el montaje sea más o menos vago; la estructura, pues, es holgada, con la primera mitad enfática en el viaje abstracto, y la segunda, en recuerdos. Los flashbacks más próximos al evento que causó el desprendimiento están a todo color, para diferenciarlos de la niñez distante. Tanto el color como el sonido aportan una tridimensionalidad matizada, casi tangible, como si la ausencia fuese material, y nuestros propios sentidos se intensifican. Y eso que estoy hablando de dibujos animados.

I Lost My Body (2019) ganó el Grand Prix Nespresso en la Semana de la Crítica de Cannes, convirtiéndose en el primer largometraje animado en ganar el premio principal de la sección. Es una experiencia extraña, una animación existencial en 2D, con ligeros retoques en 3D, y basada en la novela Happy Hand de Guillaume Laurant (guionista de Amélie [2001]). Es muy francesa.

El director y coguionista Jérémy Clapin es hábil en despertar nuestra empatía con algo tan complicado e insólito. El diseño de la mano es de por sí ingenioso: no se ve el hueso por la parte cortada, sino que está concebida como una zona rojiza de carne expuesta, sin textura. El filme tiene varias cosas que decir y no pretende, exclusivamente, chocar al público; por lo tanto, si el hueso fuera visible, sería una imagen demasiado cruenta y vulgar que entorpecería la historia.

Ésta es una mano supersensible: es autónoma, ve, piensa, resuelve problemas, y recuerda. Los planos son casi siempre subjetivos o detalles, los ángulos inducen al vértigo. Contuve el aliento más de una vez. Es un lenguaje visual complejo, a veces hostil, pero ése es el riesgo de la novedad. Si esta película fuese convencional, sería una traición a su premisa.

Los fragmentos de la memoria del muchacho, llamado Naoufel, sugieren que ha llevado una vida dura. Todo cambia cuando, trabajando como repartidor de pizzas, conoce a Gabrielle, una joven bibliotecaria por quien hará todo lo posible para conquistarla. La historia transcurre en el pasado cercano, a mediados de los 90, y en París; con tal escenario, quizá sea natural que nazca el amor. Desde luego, el desarrollo de este romance es bien excéntrico.

Perder una parte del cuerpo no conlleva sólo dolor físico, sino también la adaptación a una nueva identidad, y es esta crisis lo que Clapin ilustra con suma claridad y el arrojo de un visionario. Es imposible no afligirse ante el conflicto de este joven hombre, y la melancolía permea los cuadros.

Su mano es, obviamente, la conexión más inmediata que tiene con la gente que ama, con sus pasatiempos, su trabajo, pero al mismo tiempo es la fuente de su masoquismo, el cual satisface a través de su memoria y los otros sentidos aparte del tacto. Entonces ¿por qué su mano desea volver? ¿Es lo que Naoufel necesita?

Hacia el final, el filme se pone un poco repetitivo y la ilusión de estar envuelto en una historia cede ante la propia artificiosidad de ésta. I Lost My Body es, en el fondo, un truco introspectivo; no obstante, Clapin está decidido a explorar los límites de la animación como medio, abrumándonos con su originalidad.

System Crasher

Los niños vulnerables suelen ser representados como estereotipos en el cine, sin embargo, cuando tal no es el caso, surgen películas como System Crasher (2019). El primer largometraje de ficción de Nora Fingscheidt posee un estilo vigoroso y es refrescante por su notorio enfoque femenino. Fue premiado en la Berlinale con el Premio Alfred Bauer (Oso de Plata), otorgado a filmes que <<abren nuevas perspectivas en el arte cinematográfico>>. Incluso su actriz protagonista, Helena Zengel, ganó el Premio a la Mejor Actriz en la Competencia Internacional de Sanfic 2019.

Zengel interpreta a Benni, una niña de 9 años considerada una <<rompesistema>>: sufre ataques de ira y produce caos y destrucción a su alrededor. Se sugiere que sus crisis son provocadas por un trauma severo a temprana edad, mas éste nunca es explicado, y para un filme que es tan detallista, a menudo expositivo, sobre el comportamiento de esta niña, lo sentí como una carencia.

Ella ha pasado por varios hogares de menores y ha vivido con padres sustitutos, para evitar ser internada en un hospital psiquiátrico. Aun cuando precisa medicamentos y psicoterapia, y es evaluada periódicamente, no nos queda claro si recibe tratamiento médico y en qué consiste; es decir, la paciencia sola no hace milagros. Pero sigamos adelante con lo que nos propone la directora. En pos de un estilo de vida bastante menos opresivo, y que la habilite a continuar sus estudios de manera estable, le asignan un acompañante de escuela, Micha Heller (Albrecht Schuch), quien la supervisará.

La historia está contada desde la perspectiva de Benni, por lo que esta relación con Micha es lo central de la película. Desde que su madre la entregó a las autoridades, él es la primera persona que la entiende, se mantiene a su lado y le muestra afecto. De alguna forma, hace las veces de padre y eso la estabiliza, aunque no del todo. El vínculo de él es profesional, por lo que intuimos que esta panacea no durará para siempre.

La estructura está compuesta casi en su mayoría de varias secuencias elaboradas. Así, es difícil diferenciar actos. Y no creo que eso sea el punto. Fingscheidt quiere habitar la mente de la niña y entregarnos una experiencia en primera persona, visceral y pura, de lo que significa vivir esta infancia tan específica. Es un ejercicio de conmiseración.

Por ende, el montaje le otorga expresividad a la evolución (dentro de lo posible) de la volátil Benni: puede ser muy cruel, escapar, correr, gritar, golpear a otros niños, colmar de abrazos a su mamá, huir adonde Micha. A veces Fingscheidt utiliza montajes rápidos como transiciones, donde suceden varias cosas al son de música rock, la cual es cliché, pero efectiva en dotar de dinamismo a las imágenes.

El color rosa es constante en el vestuario de Benni, ya sea en chaquetas, polerones, pijama, gorros. Cada cuadro donde ella aparece posee en algún rincón un rosa saturado, transmitiendo jovialidad y feminidad. Por contraste, cuando no está ella, el mundo es gris y opaco.

A medida que la película avanza al tercer acto, los elementos se tornan más redundantes. Las situaciones parecen alineadas para un buen resultado, y después algo ocurre que desencadena lo peor de Benni. A pesar del realismo, al final, nos quedamos con escenas que agotan sus posibilidades teóricas de rehabilitación, desgastando nuestras emociones e imaginación.

Además, los montajes rápidos son frustrantes. Hay pequeños desarrollos con importantes personajes secundarios que no alcanzan a registrarse en nuestros sentidos porque los planos son muy breves. Y objeto el plano final: bastaba el fotograma con el efecto de sonido, pero Fingscheidt le añade un efecto visual que es artificioso, contradiciendo la crudeza y honestidad que le antecede. Le interesa satisfacer sus veleidades más que servir al material.

Con todo, System Crasher es desgarradora y tiene grandes momentos. En general, se sostiene en sus buenas intenciones, su ritmo ágil y actuaciones excelentes de parte de todo el elenco, en especial de Zengler, quien acarrea la película en sus hombros y su trabajo es descollante.

It Must Be Heaven

Elia Suleiman es el director, guionista, coproductor y protagonista de It Must Be Heaven (2019), ganadora de una Mención especial en el Festival de Cannes. Dueño de varios talentos, se caracteriza por ofrecernos una mirada afable a problemas complejos. Nos hace reír ante la absurdidad existencial, comportamientos egoístas, las formas sutiles que algunos tienen de sortear destinos fatales, y lo logra usando elementos mínimos.

Sus iniciales le dan (más o menos) nombre a E.S., su personaje principal, alter ego y testigo de la humanidad como un Dios resignado a nuestra incompetencia. Al igual que quien lo interpreta, es un director de cine palestino. Evocando arquetipos de la comedia física como Monsieur Hulot y hasta Mr. Bean, casi no emite palabra alguna en todo el metraje. Una inclinación hacia la cámara y un arqueo de cejas son más que suficientes.

En la secuencia inicial, que funciona como exordio, vemos una procesión católica en una ciudad de Medio Oriente. Esta discrepancia cultural nos hace conscientes de la otredad, lo nuevo, lo inadaptado. Deben ser personas que no se ajustan a las costumbres de aquellos que, comúnmente, usan esas calles. Y he ahí el conflicto. La escena deviene en un gag, estableciendo el tono del filme con eficacia.

E.S. tiene vecinos excéntricos, que insisten en entrometerse en su rutina, y otros que ven en él un hombre que no los juzgará tras un par de desahogos. Esta pasividad cotidiana se debe a un duelo reciente. Necesita ocuparse en algo. Es entonces que decide viajar de improviso a París a hacer un pitch para un eventual proyecto.

El conflicto palestino-israelí y las tensiones raciales en Europa son el eje central de la película, el cual aflora con claridad en los desarrollos franceses; es aquí que las cosas se ponen bastante Tati. Una de las grandes virtudes de la económica puesta en escena es que las calles suelen estar desiertas y tan sólo están presentes E.S. y algunos otros personajes. Los entornos austeros funcionan como contextos morales, donde, sin distracciones ni excesos, lo existencial emerge con mucha fuerza persuasiva. Desde su balcón, el silencioso protagonista observa cómo un joven de tez morena deja un ramo de flores debajo de un auto en la vereda de enfrente, como una sorpresa romántica, y un par de policías montados en sendos scooters se apresuran a capturarlo sólo para fracasar en el intento. En un parque, el cineasta presencia cómo una anciana pierde un asiento cuando un joven se le adelanta en una bicicleta y se lo quita.

A través de los ojos grandes de E.S., observamos prejuicios trágicamente fundados en plena acción. El humor contemplativo se beneficia de la metaficción, y, de pronto, no estamos viendo una película, sino una realidad inexorable. La gente que habita las ciudades, barrios, restaurantes, hoteles, bares, sirve como el remate melancólico de los chistes. ¿Es esto el Cielo? ¿Y para quién lo es?

Suleiman le añade imaginación a su filme, dándoles resoluciones abstractas, casi mágicas, a unos cuantos pasajes. Siempre halla nuevas maneras de deleitarnos con su creatividad.

It Must Be Heaven es un diagnóstico urgente y compasivo de la falta de civilidad tanto en Oriente como en Occidente. Y es una celebración de Palestina, impulsando el derribamiento de fronteras reales e imaginarias en todas partes, y concluyendo apropiadamente, en un éxtasis mundano, en contraposición al religioso del principio; y es conmovedor: Suleiman atesora la igualdad en sus ojos generosos, y nosotros también: ése es su Cielo.

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