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Los partidos… bien partidos

En general, todos los politólogos coinciden en afirmar que los partidos políticos constituyen un elemento esencial para el adecuado funcionamiento de la política. Por lo tanto, es evidente que la degradación de estas colectividades origina consecuencialmente la degradación del sistema republicano y democrático.

En teoría, se supone que los partidos ofrecen, en el marco de sus ideologías, una visión global de la sociedad mediante la cual se busca armonizar los diversos puntos de vista e intereses sectoriales. Por el contrario, experiencias como el fascismo italiano – más allá de sus aplicaciones totalitarias – resultan nefastas para el desarrollo de la sociedad al institucionalizar la representación corporativista en que cada sector defiende sus particulares intereses.

Los partidos políticos sufren actualmente, a nivel planetario, una decadencia de tal magnitud que está dañando el tejido democrático. A las experiencias totalitarias como la de la República Popular China (con un régimen de partido único) se suman aventuras de creciente integrismo religioso (casos de Irán, India) o de caudillismos personalistas (caso de Rusia) que buscan la perpetuación en el poder.

Los Estados Unidos, otrora presentados como una democracia ejemplar, sufren hoy, a causa de la irracional gestión de Trump, un deterioro de tal magnitud que ha ido derivando día a día a una desintegración preocupante para los propios ciudadanos del país.

Un dato significativo para el análisis, lo proporciona la constatación de la absoluta pérdida del sentido de comunidad al interior de estas colectividades. Ya no se encuentra en ellos ni siquiera un mínimo de capacidad de diálogo en el marco de convicciones doctrinarias e ideológicas comunes, sino un fraccionamiento alimentado por apetitos y ambiciones inconfesables. “El partido” ha dejado de ser un punto de encuentro, a tal extremo que los líderes de cada cacicazgo interno se creen con el derecho a abandonarlo para formar su propia entidad dentro de la cual ellos son de hecho los únicos militantes.

Mal puede la ciudadanía reconocer algún liderazgo moral, social, político, en estas circunstancias si permanentemente constata que en ninguna de estas agrupaciones predomina un nivel de compromiso auténtico con las exigencias que reclama el bien común. Cuando el ex ministro Francisco Vidal, por ejemplo, habla de la existencia de “5 oposiciones” no solo está constatando una realidad sino que, probablemente, se está quedando corto en su apreciación. Los sobrevivientes de la Concertación o de la Nueva Mayoría, configuran hoy una heterogénea agrupación carente de liderazgos serios y sólidos y que se ha demostrado incapaz de una articulación mínima en la definición de políticas públicas. La irrupción en el escenario del llamado Frente Amplio, que en un momento se ofreció como la esperanzadora renovación de la acción política, se ha traducido en un fiasco plagado de desencuentros y de aventuras de poca monta.

El actual oficialismo, sustentado en dos colectividades fuertes (RN y UDI) más un hermanito menor (Evópoli), apareció como la alianza más ordenada y sólida a partir del triunfo presidencial de Piñera en 2017. Sin embargo, en este momento su crisis es evidente. Lo que se critica como un injustificado privilegio de La Moneda por Evópoli, se suma a la indisimulada pretensión gremialista por recuperar el primer lugar perdido frente a Renovación Nacional en la última parlamentaria.

Precisamente, este último partido ha estado demostrando sensatez y sentido común en su accionar al extremo que su presidente, el diputado Mario Desbordes, aparece como la figura política mejor evaluada por la ciudadanía al día de hoy, a pesar de las pésimas cifras del Gobierno. Y, para sorpresa de muchos, cuando todo parecía miel sobre hojuelas, afloraron con fuerza las dos almas que permanentemente han coexistido en su interior. Ante el emerger de liderazgos caracterizados como de una nueva “derecha social”, con Manuel José Ossandon a la cabeza, que han tratado de atender las fuertes e impostergables demandas que afloraron tanto en el estallido de octubre como en el tratamiento de la crisis sanitaria, los sectores más retardatarios y comprometidos con el modelo vigente han mostrado sus garras y han emprendido la aventura del derrocamiento de Desbordes acusándolo de estar prisionero de ideas de izquierda en el marco de un “populismo” que ellos califican como inaceptable.

En este guirigay que genera desazón en una ciudadanía terriblemente golpeada pero inerte, cabe preguntarse: ¿Será posible un reencuentro de los chilenos para enfrentar lo que se nos viene? ¿Es muy utópico pensar en un eventual gobierno “de emergencia y para la emergencia” que nos permita trabajar tras objetivos específicos con prioridades concretas y sin temor a tocar los intereses de los poderosos?

Tarea para la casa.

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