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Macrocefalia, una enfermedad catastrófica.

Según el Diccionario, se habla de “macrocefalia” en los casos en que una persona o un animal tienen la cabeza demasiado grande en relación a su cuerpo, Esta condición es vista por los académicos de la lengua   como “una cualidad” y no como “una patología”. La definición nos parece  incompleta ya que también puede presentarse este fenómeno en relación a un país,  especialmente cuando éste es largo y esmirriado como es el caso de Chile. Para el tratamiento de este cuadro clínico, hay pocos especialistas. Aunque algunos han estudiado el problema e incluso han escrito vastos tratados sobre la materia, no existen quienes estén dispuestos a hacer tratamiento de shock. A lo más, tal como recomiendan algunos sicólogos a los pacientes de cáncer, los expertos se han limitado a enseñarnos a convivir con este síndrome, a sentirlo como algo propio de nuestra naturaleza aunque, a ojos vista, se registra   un agravamiento constante e incontrolable que parece ya  no generar mayor preocupación.

La historia del centralismo es de larga data. Muchos  fijan su punto de partida en el momento en que  Santiago aplasta las inquietudes autonomistas de Concepción y del norte minero. Sin embargo, la reacción  más palpable que registran los textos de Historia se encuentra en el período posterior a la caída del gobierno de OHiggins cuando surge políticamente el movimiento federalista conducido por José Miguel Infante que concretamente propone institucionalizar ocho provincias semi-autónomas, con sus propios gobiernos, sus propios recursos y que sólo dependieran del poder central en determinados aspectos. Aunque alcanzaría una gran victoria electoral, su propuesta jamás se concretó plenamente   y hasta hoy los manuales de estudio despachan el tema en unas pocas líneas hablando del “fracaso del proyecto federalista”. En la misma línea, puede recordarse la “ley de comuna autónoma” de 1891,  la que, por supuesto,  tampoco entregó efectiva autonomía financiera a los gobiernos locales. En el siglo XX, se registran pinceladas que van desde una descentralización basada en las confianzas personales y políticas bajo Frei Montalva, a una regionalización meramente administrativa bajo Pinochet y a la creación de los Gobiernos Regionales bajo Aylwin en un entramado complejo que mantuvo la autoridad predominante de los Intendentes Regionales, funcionarios éstos absolutamente dependientes del poder central.

En este campo, la evolución  política chilena es absolutamente “gatopardesca”: los cambios que se hacen son para que todo siga igual.

En los años recientes tres hechos deben ser destacados: 1) La creación de nuevas Regiones, lo que lleva a un fraccionamiento territorial que impide la consolidación de territorios fuertes con capacidad para enfrentar al poder central y que responde más a intereses político – electorales que a respuestas de fondo; 2) La creación de los cargos de Gobernadores Regionales de elección popular, sin que hasta ahora se definan sus atribuciones y facultades,  pretexto que su usa para promover la postergación de sus elecciones; 3) La pelea por los recursos presupuestarios asignados al Fondo Nacional de Desarrollo Regional (FNDR) y  su reparto entre las diversas regiones.       Tiene relación con el tema, la persistencia con que se legisla asignando nuevas tareas y responsabilidades  a los Municipios sin que se les entreguen los recursos correlativos.

Para aclarar  el panorama, comentemos un caso: La Región del Bío Bío, a través de su Intendente,  requirió al Ministerio de Hacienda la asignación de 141.000 millones de pesos por concepto de FNDR,  para 2019. Resultado: la destinación fue de 76.490 millones. El propio Intendente Regional y su corte de Seremis,   justificaron la decisión explicando que esto respondía a un “manejo responsable del Presupuesto”. ¿Quiere esto decir que la petición de los 141.000 millones fue absolutamente “irresponsable”?  ¿O quiere decir que el peso político de  esta autoridad y  su “militancia regional” son prácticamente nulos? Todo esto se da en un marco bastante significativo: Si bien los recursos considerados en el Presupuesto de la Nación crecieron en 3,2%,  los recursos del FNDR, a nivel país, solo crecieron un 1,2%.

En la vereda del frente hay hechos notables. Además de las ingentes sumas que cada año se destinan a subvencionar el Transantiago y  a extender la red del tren metropolitano, ahora el Ministerio de Obras Públicas  anuncia una nueva línea de Metro hasta el aeropuerto de Pudahuel; la Ministra del Deporte informa que el área del Estadio Nacional  será transformada en un parque urbano de 61 hectáreas porque “nos faltan áreas verdes” (incluyendo una “señalética entretenida” que “indique cuántos pasos hay que dar para moverse de un lugar a otro” o la “cantidad de calorías que se queman por  trotar cierto tramo”) ; y el Presidente da a conocer que se iniciará la construcción de  un nuevo Parque (“Mapocho Río”) de 42 hectáreas que cruzará desde Cerro Navia a Quinta Normal con una inversión superior, léase bien, a los 100.000 millones de pesos, es decir un 30% más que todo el FNDR del Bío Bío.

En períodos de elecciones se publican programas en pro de las regiones   o se suscriben compromisos que jamás se cumplen

¿Hasta cuándo los provincianos, habitantes  del Chile real,  seguiremos tolerando estos niveles de abuso?

Es evidente que el proceso de  regionalización tiene enemigos en la sombra. Los parlamentarios, más allá de sus palabras de buena crianza, no ven con buenos ojos que surjan otras autoridades dotadas de facultades, recursos y con un elevado nivel de autonomía política. El gobierno central, por su lado, prefiere manejar todo esto a través de la Subsecretaría de Desarrollo Regional, organismo burocrático hasta el cual peregrinan diputados, senadores, alcaldes,  para conseguir algunos fondos que les permitan atender pequeñas demandas de sus electores ante los cuales exhibirán su capacidad “de gestión”. El programa “Universidades-Gobiernos Regionales”, iniciado en 1995, constituyó el gran esfuerzo por elaborar una respuesta técnica a una problemática compleja, comprometiendo a los planteles de educación superior de todo el país en este proceso. Los señores que manejan el poder lo dejaron morir en silencio para que nadie se diera cuenta.

Hoy podemos preguntarnos: ¿Cómo descentralizar, regionalizar, y no morir en el intento?

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