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Mario Meléndez: entre el silencio y la luz

Tulio Mendoza Belio

Premio Municipal de Arte de la Ciudad de Concepción (2009).

En su “Arte poética”, ese tipo de texto en el cual el poeta reflexiona sobre el sentido de la escritura, Mario Meléndez (Linares, 1971), nos entrega un magnífico poema que es todo un tratado filosófico, no solo de la poesía sino de la vida. Efectivamente, a través de la elección de un animal tan noble como la vaca y de todo el campo semántico que la involucra (pastar, ubres, cola, mugidos), el poeta crea la metáfora de la poesía, de la página en blanco, de las palabras y todo es metalenguaje, es decir, lenguaje que habla del lenguaje. Lo que en un principio podría aparecer como antipoético (por la selección de la palabra “vaca”), se torna luego en una tragicidad ontológica. Así como los sustantivos “chancho” y “víbora”, “vaca” también tiene un significado peyorativo en el lenguaje coloquial: resulta curioso que a animales tan nobles, les otorguemos una carga negativa.

El poema en cuestión es muy visual, muy cinematográfico y mediante el diálogo de discursos paralelos y encadenados, se van desplegando los significados. Una posible lectura: la vaca es la poesía y pasta en nuestra memoria, es decir, se alimenta de la vida misma para luego poder expresarla. Sin embargo, lo que sobresale es lo negativo: “la sangre escapa de las ubres” y no la leche, lo positivo. Entonces, el paisaje, la vida misma, “es muerto de un disparo”, pero “La vaca insiste con su rutina”, lo cual nos muestra algo mecánico, pero que va con la esencia misma de la poesía, la cual logra, gracias a la insistencia y a la potencia de su misterio, resucitar ese “paisaje” y lo hace en “cámara lenta”, como tomando cierta distancia, como dándose tiempo para reflexionar. La poesía nos abandona, pero seguimos escuchando sus “mugidos”. Resulta muy interesante la trasposición de elementos en distintos planos, lo cual crea en nuestra mente algo así como un “texto virtual” que uno va componiendo, un nuevo poema que es una paráfrasis del texto primero, una intertextualidad. Termina el poema con la disociación total de la palabra (hecho logrado  con versos que son muy visuales y concretos y con la confusión de las palabras que cambian de nombre, con las palabras que se desdoblan, con el paisaje y la memoria en el vacío y el lenguaje burlándose de nosotros: “La vaca pasta ahora en el vacío/ las palabras están montadas sobre ella/ el lenguaje se burla de nosotros”.

El poeta Mario Meléndez ha vivido en México y actualmente reside en Italia. Acaba de aparecer en este último país, una antología bilingüe: “Recuerdos del futuro/Ricordi del futuro” (traducción de Emilio Coco) y hace poco recibió la Medalla del Presidente de la República Italiana, otorgada por la Fundación Internacional don Luigi di Liegro, en Roma.

La poesía de Mario Meléndez tiene un signo de nobleza y de transparencia, de ética y estética. Su palabra es, como en el conocido Poema 15 de Neruda, “clara como una lámpara, simple como un anillo” (aunque en Neruda es “claro”, pues se refiere al “silencio”: “Déjame que te hable también con tu silencio”). Cito estos versos, ya que el silencio es parte de la palabra y en la poesía de nuestro autor tiene, así como la luz, una evidente importancia que se traduce quizás en la contención expresiva, en el equilibrio, en el ritmo, en una lírica y rica transparencia.

En efecto, sabemos que Mario Meléndez rechaza lo que él llama poesía “universitaria”, pero en el sentido de la pirotecnia verbal y un barroquismo hermético que entienden o creen entender solo ciertos iniciados. Profundidad y sentido social en lo simple, en la anécdota o en el brillo de alguna palabra, Mario Meléndez sabe conducir al lector por una emotividad que llega a su clímax cuando el poeta comparte oralmente sus poemas (este es el verbo exacto), porque se los sabe de memoria (“par coeur”, habría que decir como los franceses: “de corazón”). Y en ese contacto físico en que las palabras adquieren fuerza, vuelo y movimiento y los auditores, disponibilidad, vibración anímica, química e internas resonancias, se produce la magia y el misterio del arte: un cambio. La poesía opera una transformación, porque es un acto erótico, un acto de fe y de amor.

El ecuatoriano Xavier Oquendo, al comentar la poesía de Mario Meléndez, destaca tres elementos esenciales, pero antes nos entrega su impresión del poeta en cuanto ser humano, algo que no deja de ser interesante porque son rasgos que forman parte de la escritura de Meléndez y recordemos que Barthes le asigna un carácter funcional a la escritura y no natural como la lengua y el estilo. Escribe Oquendo: “Lo conocí en Santiago. Tenía en sus ojos eso que unos llaman entusiasmo, pero que yo prefiero llamar luz para las cosas, para los objetos. Así como debió ser Víctor Jara, cuando caminaba por las calles y le apetecía saludar, así Mario prefería mirar las cosas, y hacer que las cosas oscuras, fúnebres, enormes, sean luz. La luz de su mundo, de su poesía. Lo recuerdo tan entusiasta y tan sano, tan libre de egoísmos y de istmos infiltrados siempre en las poses de los hombres talentosos que tiene nuestra América. Apuesto cualquier cosa que Meléndez ahora mismo está tramando algo en amor a la poesía. Está queriendo construirse unas escaleras locas “para sacarle los clavos/ a Jesús el nazareno”, a ese utópico evento que nos cambia la vida cada día, que es la poesía.

Opinión que comparto plenamente y destaco: “Luz para las cosas, para los objetos”. Es lo que hace Mario Meléndez, como Joubert, pasa su fósforo sobre las cosas para iluminarlas.

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