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Muertos polémicos

Rafael Luis Gumucio Rivas

Profesor de Historia. Ex director Instituto de historia Universidad Católica de Valparaíso.

Dedicado al recuerdo del gran español Víctor Pey

José Ortega y Gasset, hoy casi olvidado, pero en mi juventud muy leído, decía ante las Cortes (hacia 1932) que “el nacionalismo particularista de Cataluña era insoluble”, la mitad quería seguir perteneciendo a España y la otra mitad separarse.

Ortega apoyó a la República junto a Pérez de Ayala y Marañón en el comienzo afirmando que la monarquía estaba bien muerta. En 1936 se decepcionó y se autoexilió en Buenos Aires y luego en Lisboa. Francisco Franco autorizó su reingreso a España, pero no así su cátedra en la universidad. Entonces, Ortega fundó el Instituto de Estudios Humanísticos. Uno de los mayores méritos de Ortega y Gasset fue el de convertirse en el mejor columnista de la literatura española, principalmente a través de la Revista de Occidente y de El Espectador.

Para Miguel de Unamuno España era parte de África más que de Europa: en su obra cumbre ‘La rebelión de las masas’, rechaza la invasión de la vulgaridad en la sociedad contemporánea en los lugares públicos. En La España Invertebrada, culpa del problema del nacionalismo a la carencia de un proyecto común español.

Hoy, a raíz de la reactivación del conflicto de Cataluña –tan insoluble como en 1932– Ortega ha sido vilipendiado por muchos comentaristas a raíz de sus posiciones respecto del problema de las nacionalidades y del federalismo.

Nadie odia más al PSOE que los franquistas: los historiadores fascistas se regocijan al culpar a este Partido de todos los males acaecidos en la República y en la guerra civil; para ellos, la guerra entre las dos Españas comenzó en octubre de 1934, es decir, dos años antes de julio de 1936.

El gobierno de Pedro Sánchez, al revivir el proyecto de la memoria histórica, ha puesto en la actualidad a dos “cadáveres” que, a pesar de sus cuerpos son esqueletos, marcan hoy el debate español: Francisco Franco y Lluís Companys. Sacar los restos del tirano Franco del Valle de los Caídos, construido con la sangre, sudor y lágrimas de los presos de la dictadura y, además, mantenido como lugar de culto junto al del fascista José Antonio Primo de Rivera, no ha sido una tarea fácil, pues en España aún existes muchos franquistas –como en Chile los pinochetistas-, pues la imbecilidad humana es inconmensurable (como decía Ortega y Gasset, “el hombre vulgar adora a los tiranos.”)

En el último Consejo de Ministros, llevado a cabo en la última semana de diciembre de 2018, en Cataluña, junto con reemplazar el antiguo nombre del Aeropuerto de Barcelona por el del primer Presidente de la Generalitat luego de la muerte de Franco, Josep Torradellas, se reiteró la petición de anulación del juicio sumario que llevó al fusilamiento del Presidente de la Generalitat, Lluís Companys, hecho acaecido en octubre de 1940, en el castillo de Montjuic. La reivindicación de nombre del ex Presidente de la Generalitat, Lluís Companys ha despertado encarnizadas polémicas entre “fachas” –lo dicen los españoles para referirse a los franquistas– y xenófobos nazis –nacionalistas, como los llaman a los partidarios de la unidad española-.

Lluís Companys es el heredero máximo de los separatistas, y su vida fue verdaderamente novelesca: comenzó como abogado defendiendo a los anarquistas de la época, luego, reemplazó a Francesc Macià y, a su muerte, Companys asumió la jefatura de la Generalitat.

En 1934 la izquierda española temía que los radicales llamaran a integrar el gobierno a la Confederación de Derechas Autónomas (CEDA). En 1933 Hitler ya había asumido el poder y se temía que José María Gil Robles, católico monárquico y líder de la CEDA, instalara el fascismo en ese país, (dicho sea de paso, los dos jóvenes falangistas chilenos, católicos practicantes, Eduardo Frei Montalva y Manuel Garretón, visitaron a Gil Robles; de ahí nació el mito de similitud entre la Falange española y su homónima chilena.)

En esa época la Falange española, fundada por el hijo del dictador Miguel Primo de Rivera e integrada por fascistas convencidos y que, además, recibía el apoyo de Benito Mussolini, era un grupo muy pequeño, y sólo creció en 1936 al restar votos a la CEDA y a los monárquicos. Por lo demás, el Frente Popular los colocó fuera de la ley antes de la guerra civil.

El 6 de octubre de 1934, en el marco de la rebelión contra la derecha, Companys declaró el Estado catalán dentro de la república federal española. La lucha entre los independentistas y el ejército republicano duró apenas una noche, y derrotado Companys fue tomado preso y enviado a la cárcel, más tarde liberado gracias la amnistía de febrero de 1936. Una vez derrotada la República Companys, junto al líder vasco José Antonio de Aguirre, pasaron la frontera y se exiliaron en Francia. En 1940 Francia fue ocupada por los nazis, y la mitad sur del país perteneció al gobierno de Vichy.

La Gestapo apresó a Companys a pedido de Franco y lo envió a Cataluña, donde fue juzgado por un consejo de guerra y condenado a la pena capital. Sus dos hermanas, que seguían el culto de Santa Teresa de Jesús –al igual que Franco, incluso de Pinochet, dice que una reliquia de la Virgen del Carmen le salvó la vida en fallido atentado de 1986, pero que fue la mala puntería de los chiquillos del FPMR y tal vez no el milagro de la Virgen que, pienso, no ampara a tiranos, ladrones y malhechores; al tirano Franco siempre lo acompañó una reliquia de la Santa de Ávila, que le salvó su maldita vida-. Se dice que Companys murió después de recibir la Extremaunción, a petición de sus dos hermanas.

Sin el apoyo de la iglesia católica, incluidos curas y obispos, salvo los vascos que estuvieron con la República, el régimen de Francisco Franco no hubiera sobrevivido mucho tiempo. Según el historiador fascista Pío Noa, el derrumbe del franquismo coincide con el cambio de la iglesia católica, promovido por Juan XXIII y el Concilio Vaticano II, que influyeron al cardenal primado de España, Tarascón, a quien los franquistas le atribuyen la caída del Presidente de Gobierno, Arias Navarro, y la posterior apertura de Adolfo Suárez, incluida la legalización del Partido Comunista, presidido por Santiago Carrillo.

Hay que reconocer el acierto de José Ortega y Gasset al sostener que el problema de Cataluña no tiene solución, y solo se puede convivir con esta nación sobre la base de la autonomía.

Ortega admiraba mucho a los poetas Manuel y Antonio (murió en Francia en el exilio) –franquista y republicano respectivamente– “… españolito que viene al mundo te guarde Dios. Una España que muere y otra que bosteza. Una de las dos Españas, ha de helarte el corazón…”

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