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NI UN ANTES NI UN DESPUES.

Maroto

Desde Canadá.

La visita del Papa Francisco, líder espiritual de la iglesia católica, terminó hace solo hace unos días y Chile vuelve rápidamente a esa normalidad que desespera. Una normalidad marcada por un quehacer político que continua mirándose al ombligo, un consumismo rampante, una iglesia cada vez menos cercana a los más necesitados, una justicia que se siente preocupantemente cómoda cerca de los poderosos y una gran desafección por parte de importantes sectores de la ciudadanía.

Es en este contexto que la visita del Santo Padre no marcará un antes y un después. La iglesia católica chilena atraviesa desde hace ya muchos años una crisis profunda. Con su credibilidad muy afectada y una jerarquía que parece cada día más alejada de los más postergados, la Iglesia católica pierde cada año a miles de fieles, muchos de quienes sin renunciar a su fe, toman distancia de una institución, que con algunas excepciones, se observa anclada en la rigurosidad de las formas más que dedicada la vivencia comprometida del evangelio. Su presencia generó obvio interés y expectación; se esperaba una brisa de aire fresco, que con claridad absoluta confirmara el rechazo de la iglesia al abuso sexual cometido y encubierto por miembros de la curia chilena; una condena no solo en las palabras sino que manifestada con fuerza en las acciones.

Lamentablemente, esta condena solo llegó a medias, dejando una iglesia aún más complicada ante una ciudadanía que se declara insatisfecha por la actitud de muchos de sus pastores. Como ya es sabido por todos, el Santo Padre pidió perdón en Chile y lo hizo en una de las primeras alocuciones de su visita, señalando “no puedo dejar de manifestar el dolor y la vergüenza que siento ante el daño irreparable causado a niños por parte de ministros de la iglesia”; y agregando además “es justo pedir perdón y apoyar con todas las fuerzas a las víctimas, al mismo tiempo que hemos de empeñarnos para que no se vuelva a repetir”.  Era el comienzo de su visita y estas palabras llenaban de esperanza a quienes han sufrido en carne propia estos abusos y a los millones de fieles que anhelaban ver al líder de la iglesia marcando el camino a seguir por parte de una jerarquía que se resiste a dejar atrás años de secrecías y complicidad.

Sin embargo, de ahí en adelante todo fue cuesta abajo. La visita del Papa se vio empañada por la presencia del obispo Barros, quien en una actitud de soberbia inexcusable para quien se dice un simple pastor de ovejas, se negó a asumir un rol secundario y buscó un protagonismo vergonzoso tensionando aún más una ya delicada situación. Desgraciadamente, el Papa no contribuyó a mejorar las cosas; por el contrario, con el silencio amparó la participación de Barros en los actos de su visita, lo que en una institución tan jerárquica como la iglesia podría haberse evitado con un simple llamado de atención, y finalizó con sus palabras en Iquique con las que borró con el codo lo que tan solo unos días atrás había escrito con la mano: “el día que me traigan una prueba contra el obispo Barros, ahí voy a hablar”, señaló, desoyendo el clamor de sus fieles; y en una falta de empatía con las víctimas de este tipo de delitos, remató afirmando “no hay una sola prueba contra el obispo Barros; todo es calumnia.”

El Papa Francisco ha, sin lugar a dudas, intentado remecer a la iglesia a nivel mundial al poner sobre la mesa algunos temas constantemente evitados por su jerarquía conservadora y que requieren de un urgente y profundo debate; sin embargo, en Chile, el Papa Francisco no estuvo a la altura de las expectativas. No hubiera sido justo por cierto esperar una intervención milagrosa por parte del líder espiritual del catolicismo, que revirtiera de una vez la pobre imagen que se tiene hoy de gran parte de la jerarquía de la iglesia chilena; sin embargo era absolutamente legítimo y razonable esperar más de su visita. No solo una solicitud de perdón, sino que acciones concretas que hubieran dejado claro que en la iglesia de hoy no hay lugar para conductas cómplices como las del obispo Barros ni para silencios encubridores como los del Cardenal Ezatti. Lamentablemente esto no ocurrió, y la deuda que el Papa dejó en Chile con las víctimas de estos delitos y para con quienes se consideran católicos, la seguirá pagando una iglesia que languidece a paso lento pero inexorable.

Hay quienes señalan, que la visita del Santo Padre fue mucho más que el tema de Barros y los abusos sexuales; es cierto, también se reunió con obispos, Jesuitas y religiosos en general, la elite de la Pontificia Universidad Católica, con los jóvenes (o al menos algunos de ellos), visitó el Centro Penitenciario Femenino y mantuvo un reservado almuerzo con algunos integrantes del mundo indígena.  Sin embargo, ninguna de estas actividades, con la excepción tal vez de la visita a la cárcel de mujeres, será recordada por haber estado marcada por un mensaje transformador, que cautivando nos invitara a cuestionarnos la manera en que vivimos la fe en el siglo XXI.

Mucho se ha comentado acerca de la ausencia de grandes multitudes y la falta de fervor y entusiasmo que se observaron en esta visita. Números más, números menos, la indiferencia de muchos católicos y no católicos, que en otras circunstancias hubieran participado activamente en la visita Santo Padre, no es más que la evidencia de un distanciamiento entre la institución de la Iglesia y muchos de quienes se sienten interpretados por el evangelio o llamados a vivir la fe a través de un real compromiso en la acción.

La visita del Papa Francisco no marcará un antes y un después en la fortaleza de la iglesia en Chile;  lamentablemente, habiendo pasado solo unos días desde su partida, parece ya solo un paréntesis mediático, más que un momento transformador de nuestras vidas.

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