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Óscar Hahn: la antioriginalidad de un poeta original

Tulio Mendoza Belio

Premio Municipal de Arte de la Ciudad de Concepción (2009).

En el poema “Aparición”, de su último libro “La primera oscuridad” (2011), Premio Altazor 2012, el poeta Óscar Hahn (Iquique, 1938), escribe: “Ella era de otro tiempo, pero daba besos de este siglo”. Me parece que este verso, sacado de su contexto, puede describir perfectamente la poesía del reciente Premio Nacional de Literatura 2012 y también Premio Iberoamericano Pablo Neruda. En efecto, este verso cifra el abrazo entre la tradición y lo actual y todo lo que ello implica e irradia.

Es bueno para la poesía chilena que una escritura tan importante como la de Óscar Hahn, de fuerte raigambre clásica en su estructura formal, nos devuelva, por ejemplo, los eternos temas del amor y de la muerte, con una lozanía que atrae y atrapa al lector y lo hace cómplice de principio a fin. En Hahn no hay culto a la novedad, lo novedoso no es un fetiche para él, porque entiende que lo nuevo es lo primero que se pone viejo. Esto lo transforma en un poeta que, en distintos niveles, puede emparentarse con Miguel Arteche y Gonzalo Rojas.

Según el poeta y crítico Leonardo Sanhueza, recién galardonado con el Premio Academia Chilena de la Lengua por su libro “Colonos”, “La originalidad de Hahn es, por así decirlo, una antioriginalidad, pues en su poesía lo ‘nuevo’ es en realidad un arreglo sutil de lo viejo.” Claro que “ese arreglo sutil de lo viejo”, (“sutil” significa delgado, delicado, tenue, pero también agudo, perspicaz, ingenioso”), que pareciera solo un maquillaje, algo muy fácil, encierra, por el contrario, todo el arte de una escritura que ha sabido beber nada menos que en las fuentes mismas del Siglo de Oro español y en las formas y temas de la poesía medieval para traernos una poesía fresca, inteligente, emotiva, muy actual en su voluntad de hacer de las palabras y las imágenes algo que yo he considerado que está en la base de toda gran poesía: la invención y el deseo. Sin estos indispensables y sabrosos ingredientes no hay buenos poemas. Sobre la invención podemos decir que está en la raíz misma de la “poyesis”, porque implica crear, inventar, imaginar, relacionar, buscar las analogías profundas y también las superficiales, pero siempre que saquen la chispa misteriosa y deslumbrante, inefable y amorosa, cautivadora y mágica de la poesía. Y el deseo que, en palabras del poeta y sacerdote José Miguel Ibáñez Langlois, es “el alma de toda realidad” (curiosa afirmación en un sacerdote del Opus Dei, libro Futurologías, 1980), lo cual implica que “ese movimiento afectivo hacia algo que se apetece”, es el motor que nos impulsa, la pulsión erótica que mueve y guía nuestra vida.

Óscar Hahn inventa y desea, hace dialogar sin ningún prejuicio lo culto y lo vulgar, el habla cotidiana y familiar con formas y estructuras que la tradición ha consagrado, aunque en la lengua, así como en otras situaciones de carácter social, muchas veces los extremos se tocan, entran en relación. “Escribir un poema muchas veces puede ser una actividad muy tensional, que demanda mucho de la psique del autor, de sus emociones, entonces uno queda un poco drenado después de escribir un libro completo”, afirmó Óscar Hahn en la conferencia de prensa con motivo del Premio Nacional de Literatura. Y agregó que: “Este premio yo se lo dedico a mi madre, porque mi madre fue desde que yo era niño, una imagen del lector o de la lectora, en su caso, la imagen que yo tengo de ella, actual incluso, es de una persona que estaba leyendo siempre… ella murió a los 94 y seguía leyendo y eso tiene que haber sido un fuerte estímulo para mí.”

En la escritura de Óscar Hahn hay un cruce muy interesante y productivamente atractivo y seductor, como ya he dicho, entre la tradición y la vanguardia; entre lo clásico y lo pop; entre la antipoesía y el surrealismo; entre el humor y la irreverencia; entre la ironía y la seriedad; entre lo sublime y lo trágico; entre el lenguaje informal y el estrictamente literario; entre lo apocalíptico religioso y el apocalipsis nuclear; entre la “mentalidad poética” y la “mentalidad militar”; entre “las apariciones” que inspiran y dictan y el poema terminado; entre los personajes reales (Heráclito, Freud, Rimbaud, Nietzsche, por ejemplo) y las máscaras del poema; entre lo fantástico y lo real; entre el “amante melodramático” y un “amante que va perdiendo realidad” hasta transformarse en fantasma. Esto puede resumirse con las siguientes palabras del poeta: “A diferencia de la antipoesía, que esbastante unidimensional, lo que hay en mi poesía es una convivencia pacífica o bélica de diversas estéticas: algo así como un pluralismo verbal”.

Respecto del papel social que cumple la escritura, el poeta de “Mal de amor”, nos dice: “La literatura misma no puede cambiar el mundo en el sentido pragmático del término, pero sí puede cambiar la conciencia de las personas y las personas que tienen una conciencia viva, social, son las que después se movilizan o movilizan a los demás para que cambien el mundo.”

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