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Piñera, Piñera, afírmate la pera, porque salió a la calle la hija de la obrera

Rafael Luis Gumucio Rivas

Profesor de Historia. Ex director Instituto de historia Universidad Católica de Valparaíso.

El gran poeta Rainer María Rilke escribía que “la verdadera patria del hombre es la infancia”, por consiguiente, la Navidad debiera ser exclusivamente para ellos y no para enriquecer a los dueños de las grandes tiendas y endeudar más a los pobres. En el pesebre, en vez de reproducir bebés rubios y hermosos, debieran reemplazarse por los mamones seguidores de Sebastián Piñera.

En mis primeras Navidades, en que creía en el “Viejito Pascuero”, mi madre nos narraba el cuento El gigante egoísta, de Óscar Wilde, un personaje similar en su codicia, individualismo y nula empatía con sus semejantes, al del actual Presidente, Sebastián Piñera, que nos correspondió en la mala suerte. El gigante del cuento tenía un jardín precioso donde jugaban los niños, pero él resolvió construir un muro para impedir su entrada y, lógicamente, sin niños nunca más llegó la primavera; en el ya gélido jardín sólo había un árbol y detrás de su vetusto tronco se escondía un niño que logró saltar la cerca. El gigante – al igual que Piñera con su nieto León – le quedaba un asomo de ternura y curó las heridas que el niño tenía en la palma de sus manos, y ¡oh prodigio! decidió derribar el muro a fin de que los niños pudiesen jugar en los prados, que pronto recobraron su vida primaveral. El gigante preguntó a los demás niños por la suerte del afortunado infante que él había salvado, pero nadie supo dar cuenta de él. Al final, el gigante murió a la sombra del viejo árbol que había cobijado al niño que le había devuelto el sentido de vivir.

En las Navidades también recordábamos los Cuentos Navideños, de Charles Dickens, que tanto nos hizo llorar al evocar a los niños trabajadores comidos por las máquinas, (los biógrafos del autor certifican que no trabajó nunca manualmente).

Dentro de la serie de historias navideñas que reposaban en el repertorio de mi madre, una de las que más me impactó fue Historias de buen Dios, del escritor nacido en Praga y perteneciente a la generación de Nietzsche, pero más afortunado que él, pues tuvo los favores de Lou Salomé, Rainier María Rilke, quienes discutieron mucho acerca de la concepción nietzscheana sobre el “asesinato de Dios”. Rilke, en la historia del buen Dios reúne una serie de parábolas destinadas a los niños, cuyos personajes eran Ewal, el paralítico, asomado siempre a la misma ventana, y Baum, el pedante. En una de sus historias narra “el Dios que nos mostraban las monjas, no me servía, pero he descubierto que hay un Dios para mí…” “La historia del buen Dios” tiene el valor de la subjetividad, propia de la poesía, VS. el Dios de los filósofos de las teorías racionalistas. Incluso, para los que no creían en Dios, el escritor argentino Jorge Luis Borges, escribía que “Dios el personaje de ficción más fascinante de la historia de la literatura”.

En ninguna Navidad chilena el destino perdona a los porteños, precisamente los más pobres: la pérdida de sus casas por incendios – según dicen – provocados, y surge la solidaridad, que dura el tiempo en que se marchita una flor, y en este caso tan trágico, “el gigante egoísta” ni se le ha ocurrido aportar, de sus muchos millones de dólares depositados en paraísos fiscales, o bien, ceder su jubilación – como lo ha hecho Emmanuel Macron – así fuera para salvar, en parte, su pellejo.

Dentro de las manifestaciones de Navidad es digno de mencionar las realizadas, por ejemplo, en Costanera Center, por grupos de mujeres que gritaban a los consumidores “consumidos” “qué vergüenza, estás comprando mientras el pueblo está luchando”, otra mujer increpaba al Viejito Pascuero: “quiero salir de casa sin tener que morir…”.

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