«La ciudadanía tiene el deber y el derecho de cuidar la democracia, salir al paso de cualquier posibilidad de extremos que pongan en peligro las libertades públicas. Digamos nó a la amenaza de fascismo en Chile , votar y votar bien, es nuestra responsabilidad.«

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“Por la boca muere el pez”

José Víctor Núñez Urrea

Sociólogo Universidad de Lovaina, Bélgica.

Una cosa es cometer un error. Otra cosa es seguir cometiéndolo.

(Jodi Picoult)

1. La normalización de la mentira en política

“La mentira es un postulado erróneo que realiza un individuo o grupo con el fin de engañar o lograr alguna ventaja. Este concepto está estrechamente ligado a la idea de verdad, porque es a través de la mentira que se oculta la verdad total o parcial sobre algún asunto”[1].

Recientemente fue ampliamente difundida una investigación periodística que periodistas y políticos motejaron como el “prontuario” de Sebastián Piñera, en razón de que era un ordenado relato sobre la seguidilla de engaños con los que fue acumulando su cuantiosa fortuna. Si a esta conducta, se agrega el hecho de que su gobierno adhiere fervorosamente a los preceptos del modelo neoliberal importado en dictadura por los “chicago boys”, modelo que carece de un capítulo ético que pudiera limitar el sometimiento a las inescrutables leyes del mercado y a las lógicas de acumulación y concentración de la riqueza,  tenemos un ambiente cultural proclive a los intentos de ocultar antecedentes y de mentir descaradamente ante las preguntas de la ciudadanía o del periodismo.  A todo lo largo de la campaña presidencial el tema de la mentira ha estado presente y, por eso, es necesario decir algo sobre ella.

Cuando alguien nos dice por ejemplo “que bien te ves” por lo general en vez de responder “en cambio tú te ves envejecido” respondemos “tú también te ves muy bien”, o cuando alguien nos pregunta por ejemplo ¿Cómo estás? en vez de ponerle al tanto de toda la sarta de eventos que nos hacen infelices le respondemos “pues estoy muy bien, gracias”.

Siguiendo este orden de ideas se debe admitir que la actitud mentirosa es inherente a la condición humana, y que cualquier intento por proscribir la mentira es absurdo y resultará insoportable cualquier individuo que opte por una actitud cien por ciento sincera o que intente la sinceridad absoluta, más bien es sano aceptar que estamos condenados a mentir o a utilizar la libertad para agradar, triunfar y sobrevivir antes que para perecer social o vitalmente.[2]

Para saber si una persona miente, los sicólogos sugieren observarla y contrastar su actitud y sus actos con los hechos. Sin embargo, no se puede desconocer que existen personas que son profesionales de la mentira y que, a la postre, son sus propias acciones las que terminan por delatarlos, pero, a veces, hay que tener una memoria de elefante, para recordar detalles anteriores y, por eso, la mentira puede durar un largo trecho hasta que la verdad aparece. Desgraciadamente, en política esto es pan de cada día

Recordando a Pinocho, un personaje de Disney, que le crecía la nariz cada vez que mentía. A más de un político debería ocurrirle lo mismo, porque mienten más de lo que creen. Pamela Meyer, autora del libro “Liespotting: Proven Techniques to Detect Deception” explica en este texto, que podemos mentir entre 10 y 200 veces al día, puesto que solemos decir sólo partes de la verdad. “En otras palabras, decimos sólo aquellas frases que la gente quiere escuchar, las que se consideran socialmente aceptables”. En todo caso, la relación entre las mentiras y la nariz, no es solamente ficción. Una investigación del Departamento de Psicología Experimental de la Universidad de Granada ha descubierto que aumenta la temperatura de nuestro rostro cuando mentimos, especialmente en la zona de la nariz. Es lo que se conoce como el “Efecto Pinocho” Para llevar a cabo su estudio, emplearon la termografía: una técnica que detecta la temperatura corporal.[3]

Por otra parte, mentir es más frecuente cuando acabamos de conocer a alguien. En el libro llamado «The liar in your life», el profesor de Psicología de la Universidad de Massachusetts, Robert Feldman, explica que: “Mentimos entre dos y tres veces en los primeros 10 minutos de la primera conversación con alguien que acabamos de conocer”. Según él, “mentir es un mecanismo automático de protección de la autoestima que se activa cuando conocemos a alguien por primera vez”.

Lo cierto es que los seres humanos somos muy malos detectores de mentiras. Así lo confirma un estudio de la Universidad Brigham Young en Estados Unidos, que concluye que, cuando tenemos a una persona delante nuestro, sólo nos damos cuenta de que el otro nos está engañando en no más de un 54% a 56% de las ocasiones, sobre todo porque hay varios tipos de mentiras, las hay que se utilizan para evitarle un daño a alguien, también las que se emplean para conseguir algo y, otras, que sólo buscan exagerar algo. Estas dos últimas son las más frecuentes en política, pero según Adler[4] existen al menos ocho tipos básicos de mentiras:

1. La mentira piadosa: Se justifica y es perdonable. porque tiene una intención benevolente y se emplea para no herir los sentimientos de otra persona.

2.   La promesa falsa o mentirosa: Es el caso en que, desde el inicio la persona que hizo la promesa, no tenía intención alguna de cumplirla, situación puede ser especialmente dañina porque genera esperanzas o expectativas que, al no cumplirse, generan desilusión, rabia y pérdida de credibilidad en quienes la creyeron.  Son innumerables los ejemplos de esto en el espacio político y, probablemente, hay mucho de esto en la actual crisis institucional.

3.   La mentira intencional u ocultamiento: Este tipo de mentiras tienen la característica de que se emplean para conseguir algo relacionado con el interés propio, sin considerar los daños o las consecuencias que pudiera tener sobre otras personas u otras colectividades, aunque no tenga una intencionalidad maliciosa.  Este tipo de mentiras se reconocen fácilmente, cuando al confrontarlas surgen respuestas del tipo “es que yo no lo sabía” o “yo no soy el responsable” o “yo no tengo la culpa…la culpa es de…”. Hay quienes consideran que esta actitud también refleja una falta de hombría o mujerío, en la medida que no se hacen cargo de sus actos. Fácil es darse cuenta que uno de los candidatos es especialista en este tipo de mentiras.

4.  La mentira hacia uno mismo o autoengaño: Este tipo de mentira suele ser inconsciente y tiene que ver con creencias difíciles de ponerlas en duda o abandonarlas. El miedo y la incertidumbre suelen estar presentes en estos casos.  A veces es muy difícil aceptar la realidad y puede ser más fácil auto engañarse. La disonancia cognitiva es una de las causas más frecuentes del autoengaño. Un ejemplo clásico de este fenómeno es el de los fumadores, que sabiendo que fumar puede provocarles daños severos, siguen fumando justificando su autoengaño con frases como “de qué sirve vivir si no se puede disfrutar de la vida”.

5.   El rumor o difusión mentirosa: Una de sus características es que en los rumores participan varias personas. Un rumor es una información cuya veracidad está en duda o no puede corroborarse, porque no se sabe con seguridad si es cierto.  Los rumores pueden causar mucho daño, y precisamente por eso, suele formar parte de las confrontaciones culturales o de poder. 

6.   La exageración o falseamiento de hechos: Hay quienes tienden a exagerar todo lo que dicen.  La exageración es un relato que tiene algo de verídico, pero que se busca distorsionar (omitiendo aspectos o inventando mentiras) para impresionar a los demás.  

7.   El plagio: El plagio hace referencia no solamente a la mentira, sino también a una forma de robo. Consiste en apropiarse de ideas o trabajos de otro. El plagio es un acto serio y puede tener consecuencias legales. Por ejemplo, algunos escritores profesionales han sido denunciados por haber copiado obras de otros escritores. Además, en el plagio existe voluntariedad, es un acto de mala fe. Por eso es una de las mentiras tan reprochable.

8. La mentira compulsiva: Son mentiras que se dicen, una y otra vez, compulsivamente. Suelen ser causadas por un problema siquiátrico serio o por una consistente disposición a engañar. De hecho, un mentiroso compulsivo puede tener dificultades para detener su impulso a mentir, al punto de decir mentiras incluso cuando, es más fácil decir la verdad.

2. Miente, miente que algo queda

Hace poco el analista político Mauricio Morales, en una entrevista con CNN Chile[1] sobre la carrera para llegar a La Moneda, , comentaba que «Ya no se trata de discutir de ideas, sino sobre atributos personales” y criticando la forma en que se han llevado a cabo los últimos debates entre los distintos abanderados agregaba que «todos se sienten con el derecho de avanzar a segunda vuelta, y de ahí de manera desesperada se está entrando en una espiral de violencia electoral».

Aceptando la tesis de Morales de la existencia de un giro temático en las discusiones de la campaña presidencial – desde lo programático a lo identitario – intentaremos preguntarnos cómo está operando, en este contexto, el tema de la mentira indagando cómo se posiciona cada candidato(a) en un dominio donde entran en juego sus verdades y sus mentiras, así como la consistencia y la coherencia de cada cual.

Con excepción de la mentira que ya la hemos revisado latamente, dilucidaremos las otras nociones.  Una definición sencilla de la Verdad es la que nos proporciona Wikipedia: “Coincidencia entre una afirmación y los hechos, o la realidad a la que dicha afirmación se refiere​ o la fidelidad a una idea.​ El término se usa en un sentido técnico en diversos campos como la ciencia, la lógica, las matemáticas o la filosofía”. Es necesario agregar, sin embargo, que, en el dominio de la política, la verdad no sólo se usa en un sentido técnico, sino que esencialmente refiere a un sentido moral y ético, que sostiene la Integridad, en este caso,de los agentes políticos.

Aunque a veces se piensa que moral y ética son dos acepciones de un mismo fenómeno humano, desde el punto de vista filosófico existencial tienen distintos significados. La palabra ética viene del griego ethos que significa ‘forma de ser’ o ‘carácter’ y se funda en los valores y principios que se espera regulan el comportamiento en la sociedad.  La palabra moral, en cambio, proviene del latín morālis, que refiere a lo acostumbrado, y se sustenta en las costumbres, normas, tabúes y convenios consensuados en cada sociedad. En consecuencia, la integridad genera conductas que asumen los valores y principios establecidos históricamente en una sociedad y respetan los consensos sociales.                                                                                                                                                                                 

La Consistencia es una cualidad que habla de la estabilidad de las afirmaciones, juicios o declaraciones que pueden asumir las personas o las organizaciones a lo largo del tiempo y de las circunstancias o etapas de desarrollo.  Esta cualidad implica una condición de templanza de carácter en las personas, aportándole solidez a sus posiciones, juicios y comportamientos en el largo plazo.  En cuanto a las organizaciones, se manifiesta en la estabilidad de sus normas y sus políticas.   Esto no puede interpretarse como una condición inamovible; sólo indica que no son de fácil cambio y, cuando lo hace, es sobre la base de informaciones o fundamentos muy relevantes. Lo importante es saber que la consistencia construye confianza.La Coherencia, en cambio, se refiere a la congruencia de las ideas y aseveraciones con las conductas, disposiciones y comportamientos.  También suele expresar el nivel de ajuste entre las interpretaciones y la realidad. Por lo general, se dice que una persona o colectivo es coherente cuando existe concordancia entre sus dichos y sus actos. Muchas veces esta disposición implica adaptar las ideas, posiciones o juicios a las nuevas circunstancias o a los desafíos emergentes    Esto no puede interpretarse como expresión de labilidad o de inestabilidad; sólo indica una apertura a cambiar pertinente y congruentemente en función de nuevos contextos. En este sentido es una cualidad más contingente y lo importante es saber que la coherencia construye credibilidad.

Ahora bien, ¿Cómo afecta una la mentira a estas cualidades?  Pues bien,  la vida nos enseña que el descubrimiento de una mentira, provoca un efecto, cuasi exponencial, sobre la percepción que se tenga de la honestidad y la credibilidad del que haya mentidoTambién es sabido que la magnitud y consecuencias de este efecto dependerá, por un lado, de cuán prolongado haya sido el tiempo de ocultamiento de la verdad y, por otro, del grado de cuan voluntaria haya sido la confesión de la verdad.

Un buen ejemplo de esto, es lo sucedido con Sebastián Sichel, uno de los dos candidatos del oficialismo, quién, a propósito del primer retiro de fondos de las AFP, pretendió erigirse como su más duro contradictor, pronunciando apasionados discursos de rechazo a este retiro y amenazando a los candidatos al Parlamento de su sector, hasta que, después de un prolongado silencio de su parte, finalmente se descubrió que, privadamente,  él había hecho uso del mismo retiro que repudiaba públicamente.   La consecuencia inmediata de este “error”[6] fue la calificación de candidato mentiroso, imagen que lo persigue hasta hoy y que, probablemente, explica su descenso en las encuestas y su actual posicionamiento por debajo del otro candidato de la derecha, J.A. Kast, que, precisamente, reivindica como uno de sus principales rasgos de personalidad el “decir siempre la verdad, de frente y cualquiera sea su costo”

No sería muy insensato suponer que lo ocurrido con Sichel sea una de las causas del desafortunado giro del debate político desde lo programático a lo identitario, o, dicho de otra manera, desde una contrastación de visiones, políticas y programas hacia una indagación de las historias de vida y de los rasgos de personalidad.

Todos hemos asistido a la serie de esfuerzos e investigaciones orientadas a revelar los defectos o las inconductas ocultas de los contrincantes, operaciones que han sido tan exitosas que casi no han dejado espacios para hablar de las virtudes que uno y otros pudieran poseer.  Así, por ejemplo:

  • A Eduardo Artes, lo culparon de tener conexiones con movimientos “terroristas”.
  • A Franco Parisi lo acusan de fugarse de Chile sin pagar la pensión alimenticia
  • A Gabriel Boris le reclaman su falta de experiencia y un supuesto uso de droga
  • A José A. Kast lo acusan de difundir ideas clasistas o racistas, y evadir impuestos
  • A Marco Enríquez-Ominami le reclaman su exceso de protagonismo egocéntrico
  • A Sebastián Sichel le cuestionan su inconsistencia de vida y su deshonestidad
  • A Yazna Provoste le critican que siguiera recibiendo su sueldo de Senadora

Nadie se libró.

Las empresas dedicadas a realizar encuestas de opinión también se vieron obligadas a recoger información sobre rasgos individuales, los que al ser confrontados con las cualidades exigibles a los candidatos (integridad, credibilidad, confiabilidad)

Hay que aclarar que este cuadro sólo señala en qué medida la mayor o menor cercanía a las cualidades descritas pudiera influir sobre el posicionamiento de las candidaturas en el espacio perceptual y cultural definido por las tres cualidades descritas, todas las cuales tienen como elemento antagónico a la mentira y el engaño.

Finalmente imaginamos (y esperamos) que un pueblo tan agraviado por tantas mentiras y engaños, se incline por elegir a quienes demuestren tener una gran integridad en todos los rincones de su existencia, unas convicciones consistentes a lo largo de su vida y una determinada coherencia al momento de enfrentar los desafíos y los problemas.


[1]Fuente: https://concepto.de/verdad/

[2]Jaime Alberto Gutiérrez L., “Fenomenología de la mentira”, Maestría en Filosofía, Universidad del Valle, Santiago de Cali, 2013.

[3]Jonathan García-Allen, Psicólogo, director de Comunicación de Psicología y Mente, Universidad de Barcelona

[4]J.E. Adler, “Lying, deceiving, or falsely implicating”, artículo publicado en el Journal of Philosophy

[5]De fecha 15 de octubre 2021 a las 20:13

[6]Las comillas son usadas para destacar un hábito reciente de las elites políticas y económicas de usar esta palabra en reemplazo de otras como “soborno”, “cohecho”, “evasión” (de impuestos), “robo” (descarado o disfrazado), “engaño”, etc.

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