La humanidad continúa, lamentablemente, ligada a los antivalores humanos y apartada de los valores, ética, normas y procedimientos que engrandezcan la bondad, solidaridad y la búsqueda real de una nueva vida.

Actualmente nos leen en: Francia, Italia, España, Canadá, E.E.U.U., Argentina, Brasil, Colombia, Perú, México, Ecuador, Uruguay, Bolivia y Chile.

Por la razón ¿o la fuerza?

Nuestro escudo nacional, diseñado por el artista inglés Charles Wood, fue aprobado oficialmente el 26 de junio de 1834. Por Decreto Supremo 2271 del 8 de septiembre de 1920 del Ministerio de Guerra y Marina, se le incorporó el lema que hasta la fecha luce en forma destacada: “Por la razón o la fuerza”. La Constitución de 1980 lo declaró como uno de los tres “emblemas nacionales” (junto a la bandera y al himno, disposición que se mantiene en el actual artículo 2°), en tanto que, más adelante, en el artículo 22° se precisó que “todo habitante de la República debe respeto a Chile y a sus emblemas nacionales”.

Aunque el tema jamás ha constituido preocupación importante en el debate público, a muchos extranjeros especialmente les ha llamado la atención que un Estado, que se presenta ante el mundo como una nación pacifista y democrática, mantenga en su insignia una consigna que contradice tal naturaleza. Solo en 2004, por iniciativa del entonces senador radical Néstor Ávila se puso el tema en discusión pero su propuesta sustitutiva – “Por la fuerza de la razón” – duerme hasta hoy en algún anaquel del Parlamento.

No se trata en este tema de reemplazar una frase por otra sino de establecer un lema que sea concordante y consecuente con lo que decimos o con lo que queremos ser.

“Por la razón o la fuerza” implica (es casi innecesario aclararlo) que en un determinado conflicto, contrapunto o simple diferencia de opiniones en una discusión o debate, cada una de las partes procurará ganar buscando convencer con razones y argumentos a su contradictor, pero (y aquí viene lo insólito) si una de ellas no lo logra se atribuye la opción de apelar al recurso de la fuerza para imponerse. Hasta aquí todo bien salvo que, por un momento, nos imaginemos que el poder, la fuerza bruta, el manejo de las armas, los tiene el adversario.  ante cuya fuerza deberemos rendirnos.

Si pretendemos ser lógicos, se hace necesario plantear algunas cuestiones básicas.

Lo primero, va por tomar conciencia de que nuestro Chile, es una sociedad heterogénea y compleja.

Desde un ángulo histórico, es necesario reafirmar que las naciones originarias constituyeron los “primeros pueblos” que se asentaron en este territorio y que la llegada de grandes grupos de origen europeo no fue una migración sino una labor de conquista “a sangre y fuego”. América entera, desde Canadá y los Estados Unidos, México, Centro y Sud América, fueron diezmados por los invasores. En Chile, los gobiernos criollos promovieron luego la venida de colonizadores europeos que recibieron suelos que eran de otros y no del Estado nacional. Ya avanzada la vida independiente, cientos de miles, de diversos orígenes (especialmente árabes) se asentaron con éxito en el país. Todos fueron integrados a la sociedad. Es evidente, entonces, que la actitud de ciertos sectores frente a los referidos pueblos originarios encubre un racismo larvado que nadie se atreve a confesar.

Por otra parte, es un hecho indiscutible que dentro del total de 20 millones de habitantes, existe diversidad de credos religiosos, de pensamientos políticos, de actividades y funciones laborales.

El gran desafío de un sistema efectivamente democrático es alcanzar una sana convivencia entre todos estos grupos. En una sociedad profundamente desintegrada como la nuestra, el proceso constituyente, si se desarrolla en forma adecuada, constituye una oportunidad singular para establecer nuevas bases de integración humana y social.

Hoy por hoy, no puede desconocerse el hecho de que en nuestra más que bicentenaria vida independiente ha predominado permanentemente el dominio de las tradicionales oligarquías conservadoras terratenientes y, más tarde, de los grandes grupos financieros ligados a extremas ideologías neoliberales cuya autoridad quedó plenamente consolidada como consecuencia de la dictadura gremialista – militar.

A la fecha, existe un importante sector que, a partir de esta realidad palpable, busca sustituir el modelo vigente por uno radicalmente antagónico y que tratará de imponer su visión en la próxima Convención Constitucional. A nuestro juicio, tal pretensión nos parece absolutamente inviable desde el punto de vista político y solo logrará conflictivizar más aún la situación con consecuencias graves e incontrolables hacia el futuro.

El diálogo, la capacidad de razonar para deshacer nudos insostenibles de la actual normativa fundamental, debieran predominar en el debate.

Si logramos encauzar nuestra vida en común a través de “la fuerza de la razón”, habremos dado un paso trascendente por el camino de la paz y la justicia social. En caso contrario, no es muy venturoso el futuro que nos espera.    

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1 Comentario en Por la razón ¿o la fuerza?

  1. Al mencionar «Por la Razón o La Fuerza», se nos está indicando que si alguien no está de acuerdo con lo que se dice, se empleará LA FUERZA, y naturalmente resultará en un atropello contra el sentir del pueblo, el cual crée que vive en una nación «democrática» y con una «libertad de expresión». Este artículo, verdaderamente nos demuestra lo equivocado que Chile ha estado por siglos, al mantener en nuestro Escudo Nacional una frase que cláramente señala que existe un extremismo, que perfectamente se puede convertir en un racismo discriminador, pero que el gobierno, con su indiferencia y tolerancia, no pretende cambiar esa tan orgullosa declaración de que Chile continuará actuando «Por La Razón o La Fuerza».

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