El Poder del dinero, no debe ni puede prevalecer ni estar por sobre la ética, los valores ni el bien común.
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SIGNOS DE ENFERMEDAD

Maroto

Desde Canadá.

En la actualidad los medios de comunicación social y las redes sociales juegan un rol de gran relevancia en el proceso de informar y construir opinión. La cada vez más creciente facilidad para acceder a la información, a través de los medios formales (escrito, radio y televisión) e informales (Twitter, Facebook, Youtube, etc…) ha transformado al ciudadano en no solo un simple receptor de noticias, sino que, en un protagonista activo del proceso comunicacional, con capacidad efectiva para recibir, crear y difundir información.

El gran desarrollo experimentado por los medios de comunicación y las redes sociales ha permitido un acortamiento de las distancias, aumentando los niveles de vinculación entre individuos; este fenómeno, que en principio surge como una cualidad positiva del desarrollo experimentado por las comunicaciones, ha dado paso gradualmente a un proceso de degradación social.

Los medios y las redes sociales, y cada uno de nosotros como protagonistas activos de estos, nos hemos ido convirtiendo en verdaderos jueces de la sociedad, determinando de manera muchas veces apresurada y superflua lo que es correcto e incorrecto, bueno o malo, y estableciendo cuales son los patrones de conducta aceptables en un momento determinado; y lo hacemos sobre la base de la información muchas veces creada y manipulada por los mismos medios y redes sociales antes mencionados.

Este poder comunicacional permite, a quienes controlan la información, ir definiendo y moldeando modas, tendencias de consumo, modelos de vida y de sociedad. Los medios y las redes sociales se transforman entonces en los portadores de la verdad; una verdad que se repite de manera casi ilimitada, convirtiéndose en una realidad incuestionada que modela e influencia decisiones en nuestra vida ciudadana, política, económica y social.

Es en este contexto que hoy podemos identificar al menos tres signos de que algo anda mal: el control de la agenda informativa; la creación consciente de noticias falsas o tendenciosas; y el uso irresponsable de las redes sociales.

El control de la agenda informativa no es un fenómeno nuevo; ya en el siglo XX fuimos testigos de numerosas situaciones en las que el control de la agenda informativa permitió influir profundamente en procesos sociales, llegando incluso a jugar un rol determinante en la remoción de gobiernos. Sin embargo, el siglo XXI nos ha mostrado una nueva y más grave dimensión del control de la agenda informativa, que se ha visto exacerbado por el monopolio en la propiedad de los medios, la falta de democratización y pluralismo de estos, y el uso muchas veces descarado de información autorreferencial; todo esto ha generado un serio cuestionamiento ético sobre el ejercicio responsable de la labor informativa, y el aprovechamiento consciente que los medios hacen de su poder, para influir sobre una ciudadanía cada vez menos interesada en analizar y cuestionar con espíritu crítico la información que recibe.

La creación consciente de noticias falsas o tendenciosas es un fenómeno que ha cobrado gran relevancia en el siglo XXI. La existencia de grupos económicos o políticos dedicados a crear y difundir contenido informativo falso no es algo nuevo; sin embargo, la magnitud alcanzada por este fenómeno en el siglo XXI es sin precedentes. El rol de las redes sociales es aquí el que ha marcado la diferencia, al facilitar la distribución de manera irresponsable, anónima e ilimitada de información que difícilmente puede ser monitoreada y cuya influencia e impacto social es innegable. Los grupos de poder han encontrado en las redes sociales al aliado perfecto en el esfuerzo de informar para desinformar; amparados en el uso de cuentas falsas, perfiles creados exprofeso y la utilización de hash tags, entre otros varios métodos, ciertos grupos de poder se concertan para generar y difundir información falsa o tendenciosa influyendo de esta manera en la creación de corrientes de opinión que se traducirán posteriormente en el apoyo u oposición a determinadas medidas políticas o económicas, en las decisiones sobre temas valóricos, en los juicios sobre determinadas figuras políticas o incluso en la elección o remoción de gobiernos.  Ejemplo de lo anterior es el chequeo y verificación de noticias falsas realizado por El Polígrafo, que determinó que solo entre los meses de febrero y marzo del 2018, cuatro noticias falsas relacionadas con el fenómeno de la migración en Chile habían sido compartidas más de un millón de veces. La concertación para crear y difundir noticias falsas o tendenciosas se transforma entonces en un grave enemigo de la democracia, pluralismo y transparencia informativa, especialmente en una sociedad cada vez más vulnerable a las influencias externas.

El uso irresponsable de las redes sociales se extiende como una verdadera epidemia; amparados en un pseudo anonimato y protegidos por la comodidad de sus hogares, muchos usuarios de las redes sociales se transforman en verdaderas antenas repetidoras de la información falsa que ha sido puesta a su alcance o se hacen cargo de manera casi autómata de la difusión de información ofensiva, discriminatoria, racista o sexista, que en una conversación cara a cara no se atreverían a compartir. La pérdida de capacidad de análisis crítico, o más grave aún, la falta de voluntad por detenerse un minuto a pensar en las consecuencias de la difusión de este tipo de contenidos y la indiferencia hacia el prójimo que se verá directa o indirectamente afectado por la información difundida, son una característica de este usuario del siglo XXI, carente de empatía social.

Son estos claros signos de una enfermedad que, en mayor o menor medida, directa o indirectamente, nos afecta a todos; ¿que hacer frente a esto?

Educar; educar para pensar y recuperar de esta forma esa capacidad de análisis crítico que hemos perdido, al acostumbrarnos a una sociedad donde todo se nos entrega pre-digerido y envasado, para así facilitar su consumo dócil y obediente.

Recuperar la capacidad de hacernos responsables de nuestros actos. El sentido de responsabilidad no se transmite genéticamente ni se adquiere por arte de magia; la capacidad de ser responsables es el resultado de un proceso de enseñanza y aprendizaje basado en la experiencia, en que valores como la tolerancia, coherencia, empatía y solidaridad son de gran importancia.

Continuar trabajando para cambiar el modelo individualista que predomina en el mundo de hoy, por uno que esté basado en la preocupación por el prójimo y la solidaridad para con quienes necesitan de nuestro apoyo.

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