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La Rueda de la Maravilla

¿Hace cuánto que Woody Allen no nos entrega una gran película? Su última película disfrutable fue la dulce y melancólica Café Society (2016). Sus últimos filmes excelentes fueron Blue Jasmine (2013) y Medianoche en París (2011), ganadores de un Premio de la Academia cada uno. Y su última obra maestra fue Match Point (2005). Lo demás ha sido, en su mayoría, entretenimientos pequeños, aunque efectivos; o pequeños desastres. La Rueda de la Maravilla (2017) pertenece a este último grupo. Hay jazz, por lo menos.

La historia transcurre a principios de los 50 en un parque de diversiones de Coney Island, próximo a una playa (el filme toma su título de la rueda de la fortuna del lugar).

Todos los personajes son neuróticos, pero el <<personaje de Woody Allen>> es interpretado aquí, en una iteración más joven, musculosa y rubia de éste, por Justin Timberlake, demostrando lo dúctil que el músico/actor es en la pantalla grande, constante en eligir trabajar con grandes directores. Su personaje es Mickey Rubin, nuestro narrador en off y salvavidas de la playa. Mickey se enamora de una mesera llamada Ginny Rannell (Kate Winslet), nuestra protagonista, a quien salva de un intento de suicidio en la playa.

No es el inicio más romántico para un amorío, ciertamente no desde la perspectiva desafecta del director. Ginny está casada en segundas nupcias con Humpty (Jim Belushi), un exalcohólico que suele golpearla, y también la mujer tiene un hijo de su primer matrimonio, Richie, un detestable niño pirómano. Como si fuera poco, la vida de todos los personajes se ve interrumpida por la intempestiva llegada de la hija mayor de Humpty, Carolina (Juno Temple), quien huye de los gánsteres. Carolina es joven y en sus ratos de ocio va a la playa a bañarse. Por supuesto, se fija en Mickey, y la vida de Ginny, la más neurótica de todos, llega al borde del colapso.

En la filmografía de Allen, Coney Island no ha lucido mejor, creo, desde Annie Hall (1977). Si en esta última era la fuente de la personalidad nerviosa de Alvy Singer, establecida con gags surrealistas, pues en La Rueda de la Maravilla adquiere el look de una postal paradisíaca y glamurosa de los 50, por ejemplo, gracias al idealista diseño de producción y los llamativos vestuarios. Los fotogramas son caramelos para nuestros ojos, de nuevo gracias al legendario director de fotografía Vittorio Storaro, quien también fotografió Café Society.

Aquí Coney Island es, como en Annie Hall, la fuente de la neurosis de los personajes, en especial de Ginny. Los Rannell viven encima de la Rueda de la Maravilla del parque, y las luces que provienen de la atracción cambian todo el tiempo. Es este aspecto voluble de la escenografía que Storaro logra capturar con certidumbre en su cámara, expresando la volatilidad de Ginny. Tal vez la mujer no pueda conciliar bien el sueño debido a las luces que no descansan en toda la noche. Tal vez sueñe con cosas efímeras, como las luces multicolor y surrealistas.

De cualquier manera, su inestabilidad emocional la impulsa a tener comportamientos autodestructivos, como su infidelidad, su indiferencia hacia su hijo (excepto cuando se trata de hablarle de sus viejos días como actriz), y la malquerencia que siente hacia Carolina y que disimula muy bien en consejos, aparentemente, sabios.

Hay un poco también de La rosa púrpura del Cairo (1985), en cuanto Ginny es una soñadora empedernida, obsesionada con el cine como un medio de escape a su trágica realidad doméstica. La diferencia con Cecilia en La rosa púrpura es que ésta es inteligente y llega a ser consciente de sus limitaciones con dolor, lo cual era la tesis de la película. En La Rueda de la Maravilla, en cambio, la obtusa Ginny no acepta que quizá nunca fue talentosa, echándole la culpa al resto de su desgracia: sólo es astuta cuando busca hacerle daño a los demás, en pos de conseguir algún beneficio propio, pero su futuro no es auspicioso en ningún sentido.

Mickey sabe que Ginny le es infiel con él a su marido, y no le importa traicionarla con su propia hijastra. Simplemente, Mickey prefiere mantener a Ginny ilusionada para aprovecharse de su afecto más tiempo. El hecho de que rompa la cuarta pared de vez en cuando en medio de su narración, es un buen truco del guion, mas no lo hace carismático.

En Match Point, por ejemplo, conocíamos las ventajas y desventajas de los personajes. Cometían actos horribles, y lo que era incierto eran las consecuencias de éstos, no si eran buenas o malas acciones. En La Rueda de la Maravilla, en cambio, Allen nos pide acceder de todo corazón a, tal vez, los personajes más despreciables que jamás haya creado, sin ningún comentario respecto a sus conductas excepto que, a veces, el destino es cruel con los inocentes. Vaya novedad.

Consideremos, además, que el narrador Mickey nos confiesa desde el principio que siempre ha querido ser dramaturgo. Otra vez, el destino elude las aspiraciones de un personaje. Por ende, la película tiene el enfoque de una obra de teatro. Los espacios donde se desarrolla la acción son opresivos: el piso de los Rannell, el restaurante donde trabaja Ginny, la consulta psiquiátrica a la que asiste Richie a tratar su piromanía. ¿Es esta tendencia a la maldad algo genético en la familia?

¿Y es el propósito que el esplendor visual del filme sea un contrapunto para la oscuridad irremisible de los personajes? Habría funcionado si el guion no tuviera tantos giros de trama ni tantas relaciones rebuscadas entre ellos.

Allen resuelve el tono y la perspectiva en el primer acto, y después sólo exagera esta textura sin relieves. Nuestras emociones caen en un abismo profundo de apatía… y de verborrea. Así es, no hay mucha acción en la claustrofóbica La Rueda de la Maravilla. Los personajes aparecen juntos en varias combinaciones, en varios lugares, la mayoría cerrados, y hablan y hablan. Lo que tenemos es una serie de escenas de puro diálogo donde los infieles, los brutos y las ingenuas no se cansan de demostrar, justamente, cuán infieles, brutos e ingenuas son. Y uno se queda esperando en la butaca que el niño haga pronto un incendio que los haga callar a todos de una vez y para siempre.

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