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Hustlers: Drama incendiario con una fuerte mirada femenina

Estrenada en Chile bajo el título de Estafadoras de Wall Street, el filme de Lorene Scafaria sigue a un grupo de antiguas strippers que les roban dinero a hombres que trabajan en la bolsa y fueron responsables de la debacle de 2008. Presenta un discurso subversivo en cuanto a las dinámicas de género, y cuenta con actuaciones sobresalientes de Constance Wu y Jennifer Lopez, quien está nominada al Globo de Oro como Mejor Actriz de Reparto en una película. La premiación es el próximo 5 de enero y la actriz/cantante ya suena como una de las favoritas para ganar.

¿Qué estarías dispuesto a hacer para sobrevivir? Difícil pregunta. Suele pasar que cuando nuestra vida corre peligro, las oportunidades para revertir la situación a la normalidad aparecen diáfanas e inmediatas ante nosotros. Basta con una decisión simple, ejecutiva, fría. La supervivencia yace en el corazón de Hustlers (2019), escrita y dirigida por Lorene Scafaria (The Meddler [2015]), quien basó el guion en un artículo de Jessica Pressler para la revista New York, acerca de strippers que estafaban a bolsistas de Wall Street tras la crisis financiera de 2008; los drogaban y se los llevaban al club nocturno, donde fingían bailar para ellos mientras extraían abultadas sumas de dinero de sus tarjetas de crédito. Nuestra protagonista es la (ficticia) joven chino-americana Dorothy (Constance Wu), cuyo nombre de stripper era Destiny en aquella época, cuando debió tomar una serie de decisiones vitales.

El guion es inteligente en introducirnos en la historia bajo el contexto de una entrevista. Una periodista llamada Elizabeth (Julia Stiles), una sustituta de la verdadera Pressler, entrevista a Destiny por casi todo el metraje, y la mayoría de las escenas ocurren en flashbacks. Elizabeth nunca la juzga, sólo busca información. Esto nos provee una perspectiva redentora de los crímenes; ha pasado tiempo, Destiny luce más o menos arrepentida, cuando habla se apega a los hechos. Pero el rostro de Wu es transparente, y advertimos las capas de dolor que su personaje trata de esconder debajo de la superficie luminosa.

De pronto, estamos en Nueva York en 2007. Destiny no es una bailarina descollante, tampoco sobresale desvistiéndose, lo cual le trae problemas con el dinero: las propinas son miserables, su jefe se queda con una fracción, y nunca le alcanza para pagar los gastos básicos de su casa, en la que vive junto a su abuela.

Su mundo cambia cuando se encuentra con Ramona (Jennifer Lopez), una stripper latina, mayor y una verdadera profesional. Incluso ella queda embelesada al verla bailar y contorsionarse y dejar a los hombres babeando al son de <<Criminal>> de Fiona Apple, una escena sugestiva de lo que está por venir. Desesperada por mejorar en el oficio, acude a Ramona por consejos, y pronto ésta se convierte en su mentora. Después de años de comedias románticas en que ha interpretado diferentes versiones del mismo papel, Lopez es apta para el desafío de ponerse en la piel de una mujer más compleja, y encuentra un equilibrio perfecto entre la diva que es ella misma y la sabiduría mundana de una stripper. Este es el mejor trabajo de su carrera en el cine: puede ser sexi, musical, empoderada, cruel y afectuosa al mismo tiempo. Pero el personaje necesita algo aún más personal de la actriz. Ramona es maternal con las demás chicas, y Lopez debió haberle insuflado esta característica desde su propia experiencia como madre; además, esto es justo lo que Destiny necesita, puesto que su madre la abandonó cuando era niña. El vínculo entre estas dos féminas dura un breve tiempo, hasta que Destiny se casa, deja los clubes y tiene una hija.

Los años pasan. La crisis estraga su calidad de vida, su marido resulta ser un imbécil y termina viviendo por su cuenta en un departamento de un solo espacio. Le falta plata y no le queda otra alternativa que regresar al club. Ha soportado grandes abusos, y está en un estado muy deplorable el día que, casi providencialmente, se reencuentra con Ramona. Cuando ésta le propone integrarse a su grupo de antiguas strippers que drogan a bolsistas de Wall Street para sacarles dinero, los mismos que les pedían bailes y las afrentaban, muchos de ellos responsables de la crisis de 2008, ella no vacila un segundo. Necesita el dinero, y no les guarda compasión.

Aquí emerge la Ramona emprendedora, y en su protegida tiene a una gran aliada; ahora ambas son madres solteras sin los medios para sostener a sus hijas. No obstante, a medida que las actividades delictuales se hacen más reiteradas, Destiny advierte que Ramona no es tan admirable como creía, y la caída de esta figura materna es inevitable.

Al estafar a los bolsistas, lo que hacen no es tanto un acto vengativo en contra de los hombres, sino en contra de la mentalidad pútrida del patriarcado, de la estructura que mete a las mujeres en cajas, y a sus familias si las tienen, y no les permiten prosperar. El club era una de esas cajas, la debacle financiera, otra. Es natural que en estas circunstancias nazca una sororidad avasalladora. Y aun cuando las estafas no son tan perniciosas para las víctimas (¿es de verdad su propio dinero el que guardan en sus billeteras?), el sistema está bien equipado para escarmentar a quienquiera intente malherir el ego de estos hombres; porque, en el fondo, ese es el mayor daño que les infligen.

Aunque no todos son iguales. En una escena, Scafaria nos muestra a Destiny sentada en el suelo del departamento (su hija juega detrás), mientras llama a uno de sus exclientes, uno de los pocos que eran amables, para pedirle dinero. La visualidad es elocuente: ella permanece en un cuadro fijo debido a la precariedad que la rodea; él se desplaza por su casa laberíntica, desciende varias escaleras y entra a habitaciones para poder hablar con ella sin que su esposa se entere de sus hábitos nocturnos.

Las imágenes ilustran la desigualdad económica en cuanto al género con tal eficacia, que nos estremecen. Sin embargo, esto parece preparatorio de un desarrollo posterior del excliente, quien es dejado de lado abruptamente y nunca más sabemos de él. Scafaria entrega información innecesaria sobre los personajes, u omite información útil de éstos, en pos de un montaje rápido y vistoso (por ejemplo, ¿qué estudios específicos consiguió finalizar Destiny mientras trabajaba en el club?). Estos pequeños pasajes resultan antojadizos, frustrando a veces la profundidad de la narración.

Las diferencias de género determinan tanto la supervivencia en esta historia como su punto de vista. Así, una de las virtudes de la película es su presentación de la desnudez de las mujeres. Tal vez si un hombre hubiera sido el director, en las escenas dentro del club en que las strippers bailan con el torso descubierto sobre los regazos de los hombres, la iluminación habría estado dirigida a los senos, para que los machos del público los notaran. Los movimientos de los cuerpos habrían sido bruscos e irreales, y la piel aceitada habría resplandecido un poco más de lo que debería. Scafaria y el director de fotografía Todd Benhazl filman estas escenas de una forma realista, sin incitar la salivación masculina. Las mujeres aparecen semidesnudas, pero porque ese es su trabajo, y sus senos no son enfatizados por la iluminación ni los planos; a menudo vemos senos en un rincón del cuadro por breves segundos, para que sepamos el nivel de exposición al que ellas se someten noche tras noche, para que veamos la verdad.

El montaje de Kayla Emter es la gran fortaleza del filme. Los cortes son certeros, evocativos, frenéticos, creando motivos en colores y movimientos de cámara, basculando con fluidez entre la comedia negra y los elementos más serios. Hustlers es la heredera directa de Buenos muchachos en cuanto al estilo visual, la estructura narrativa y el soundtrack colmado de música pop (Britney Spears, Janet Jackson, Sean Kingston… y Chopin). Los personajes de aquel clásico de Martin Scorsese han sido celebrados por los espectadores desde su estreno en 1990. Desde luego, poseen rasgos universales de humanidad con los que todos podemos identificarnos. Mas él nos preguntaría si deberíamos celebrarlos en primer lugar. Scafaria, como buena aprendiz, nos pregunta lo mismo aquí. Quiere que nosotros seamos los jueces. O quizá pretende que seamos como Dios y compadezcamos a los pecadores. ¿Quién realmente merece una absolución?

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