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Un derrota electoral

El rotundo triunfo de Sebastián Piñera en la elección presidencial del domingo 17 de diciembre, ha dejado varias lecturas. Sin duda que éste espacio no da para desarrollar un extenso análisis, sin embargo, existen cuatro cuestiones que son importantes de plantear. En primer lugar el electorado de derecha o “piñerista” votó disciplinadamente por su candidato. No cabe duda que en aquellos sectores (preferentemente altos) no existió margen o dudas sobre lo que había que hacer el domingo 17; es más, Piñera y sus asesores tuvieron un rotundo éxito al movilizar a sus votantes para ésta segunda vuelta. En segundo lugar, la abstención, repercutió profundamente en las filas del oficialismo. Tema no menor y tampoco nuevo entre quienes se sitúan en la izquierda o el denominado amplio mundo progresista. Si existe un problema, a estas alturas estructural, es la apatía, desencanto, mezclado con decepción y molestia que logra condensarse en ese abstencionismo que viene golpeando durante a la izquierda. A eso cabe sumar las tensiones y divisiones que se producen en aquel campo político, que tiende en muchas ocasiones a entramparse en discusiones bizantinas o rencillas personal. Entonces, mientras la izquierda se desangra producto de sus desavenencias, la derecha, que tiende poco al debate y la reflexión (es más pragmática), rápidamente se alinea tras un solo objetivo: votar ordenada y disciplinariamente por su candidato.

En tercer lugar, el antipiñerismo no fue suficiente para lograr movilizar o convencer a importantes sectores de la población. Se requería ir más allá de aquel discurso que buscaba mover la subjetividad de los electores, peor aún, personalizar la elección  y apostar que solo con el rechazo a la persona de Piñera se podía ganar una elección.

Por último, más que buscar responsables en otros lados (al frente o al lado), sería mejor hacer la pausa, detenerse y pensar donde estuvieron los errores, en que se equivocó durante estos años y después de aquello, quizás, sindicar con el dedo a otros (responsables). Por lo tanto, más autocrítica y menos victimización, más reflexión, menos voluntarismo, más sinceridad y menos hipocresía.

En vista de lo anterior la aplastante victoria de Piñera viene a plantearnos la pregunta si lo suyo fue una victoria o más bien estamos ante una derrota política, ideológica, cultural o simplemente cultural de la centro izquierda y el oficialismo. Desde un punto de vista cultural, se podría argumentar que el triunfo de la derecha (entre ellos el voto homofóbico, del pinochetismo y el sector de la intolerancia evangélica) es la mejor expresión que el país no quiere más “agenda valórica”; sin embargo, los cambios culturales, no se miden solo en base a números, menos aún en lo inmediato. Como todo proceso, implica ritmos y tiempos, incluso analizar aquellas variables que no son visibles, que se mueven subterráneamente y otras que se ocultan en las cosas materiales. Por eso, más que centrarse en el triunfo de Piñera, que hizo lo que correspondía y así le fue, es mejor analizar el tema de fondo de la derrota oficialista. El abstencionismo, mezclado con la “emancipación” y parafraseando a Bauman, lo “liquido” del electorado de centro izquierda.

En todo caso, la izquierda sabe de derrotas duras y complejas, pero también sabe cómo levantarse y seguir avanzando. Es ahí el desafío para lo que viene. Como dijo Patricio Manns “Nunca el hombre está vencido, su derrota es siempre breve un estímulo que mueve”.

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