Imperativo ético: la ciudadanía y los demócratas consecuentes, deben impedir la presencia de fuerzas Neo Fascistas en Chile.
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A propósito de fascismo

Por estos días hemos escuchado y leído, básicamente a través de las redes sociales, una serie de calificativos sobre la figura de Jair Bolsonaro, recientemente electo presidente de Brasil. Desde ser un candidato populista, pasando por representar a la ultra o extrema derecha hasta el rotulo de fascista. Sobre esto último, lo primer que se viene a la cabeza cuando hablamos de fascismo es la figura de Hitler y Mussolini. Al respeto, si bien el fascismo nació como movimiento político en la Italia de 1919 con la figura de este último, el fascismo no se circunscribe a un tipo de régimen político o una determinada ideología, es por sobre todas las cosas un tipo de mentalidad política y cultural que tiene diferentes variantes y contextos nacionales. Por ello el fascismo nunca tuvo un sistema ideológico cerrado, es más, cambiaban o se adaptaban con el tiempo. De ahí entonces que la desaparición de aquellos regímenes políticos de corte fascista, de la primera mitad del siglo XX, no conllevó la desaparición de las ideas fascistas; todo lo contrario, han seguido teniendo vigencia y se han expresado a través del apoyo que han concitado ciertos dirigentes políticos y movimientos por parte de importantes grupos y sectores interclasistas de la sociedad.

En su versión más clásica, el fascismo se planteó como una tercera vía al capitalismo y el comunismo, además congregó un nacionalismo radical, así como el socialismo antimarxista, a lo cual se debe sumar el apoyo recibido por todos los grupos sociales. En ese terreno, el fascismo se impuso ante los problemas y carencias de la sociedad burguesa-liberal.

Otro de los elementos característicos del fascismo, ya sea en su versión alemana o italiana, es que mientras los primeros enarbolaron un proyecto político de corte imperialista eugenésico, los segundos apostaron por un proyecto político cultural ultranacionalista. A lo anterior cabe agregar el tema de la tradición; es decir, el mayor o menor peso de volver al pasado. Además se suma su antiimperialismo, el rechazo al marxismo, la seducción por el orden y la belleza, el tono provocador y desafiante, el culto a la violencia, la glorificación a la guerra, el patriotismo, el machismo antifeminista, la visión binaria de la sociedad “nosotros versus ellos” o “el pueblo contra sus enemigos.”

Tanto el fascismo italiano como el alemán lograron concitar importante apoyo y fuerza social, para de esa forma ejercer un control del Estado. Capitalizaron el descontento antisistema a través de la mezcla de viejos y nuevos métodos de actuación política. En otras palabras, se presentaron como la solución al caos existente.

En consecuencia, podríamos decir que el fascismo se expresa como un tipo de mentalidad cultural y política y donde el antimarxismo, el ultranacionalismo, lo antiliberal y el totalitarismo se constituyen en sus principales ejes de acción.

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