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Alternabilidad y reelección en Latinoamérica, la democracia y sus demonios

Carlos José Vivas Sanchez

Médico. Especialista en Administración de Hospitales

La continuación de la autoridad en un mismo individuo frecuentemente ha sido el término de los gobiernos democráticos. Las repetidas elecciones son esenciales en los sistemas populares, porque nada es tan peligroso como dejar permanecer largo tiempo en un mismo ciudadano el poder. El pueblo se acostumbra a obedecerle y él se acostumbra a mandarlo; de donde se origina la usurpación y la tiranía.” (Simón Bolívar, Discurso de Angostura 15 de febrero de 1819)

Latinoamérica, desde la instauración de las repúblicas provenientes de la emancipación del imperio español, en el primer tercio del siglo XIX, con algunas excepciones, ha mantenido una lucha contra la pretensión de infinidad de caudillos, que buscaron y en muchos casos lo lograron mantenerse en el poder más allá del término que dictaban sus constituciones y leyes, las más de las veces bajo el amparo de las armas.

¿Por qué ha sido tan difícil evitar la tentación de unos de permanecer en el poder y de las sociedades de permitirlo? esa es una interrogante, no tan difícil de responder por los expertos en ciencias sociales, porque el fenómeno ha sido estudiado no pocas veces.

En Estados Unidos, posterior a la segunda guerra mundial, se procedió a una enmienda de su constitución, para limitar el número de veces que un ciudadano podía acceder a la presidencia, ¿la razón?, habían tenido un presidente electo para cuatro periodos consecutivos, Franklin Delano Roosevelt, el hombre que con el “new deal” había sacado al país de la gran depresión, y los había llevado a las puertas de la victoria contra el nazismo, aunque murió antes de finalizar esta y esa tarea la terminó Harry S. Truman.

Roosevelt, no era un líder militar como su homologo ingles Churchill, y su liderazgo no avizoraba estar eternamente en la casa blanca, pero por las dudas, los norteamericanos se curaron en salud y ahora los presidentes solo pueden reelegirse una sola vez.

Pero al sur del Rio Grande, la situación ha sido otra, en primer lugar durante la segunda mitad del siglo XIX, los caudillos militares, muchos de ellos venidos de las guerras de independencia, se rotaron en las primeras magistraturas, por la vía de golpes de estado, reformas constitucionales, provocando guerras civiles y las consabidas pérdidas humanas y económicas que traen consigo.

De gobiernos militares, militaristas, autocráticos, dictaduras y tiranías, los latinoamericanos tenemos para escribir verdaderas enciclopedias, sin embargo cuando llega la democracia, esta tentación no se resuelve.

La esencia de una democracia es que se accede al poder mediante el voto, y que mediante elecciones periódicas hay cambio de gobernantes, es decir la alternabilidad; pero del dicho al hecho el camino es largo y cuando menos lo esperamos surge un iluminado que quiere estar más tiempo del necesario en el más alto cargo de la república.

Argumentos para aspirar hay muchos, pero como están en democracia hay que disfrazar la intención, uno muy usado es “Si un presidente lo está haciendo bien, ¿por qué cambiarlo?, además se garantiza la continuidad de lo bueno” , esa trampa para atrapar incautos debe enfrentarse con la más sencilla y clara de las respuestas, el cargo de presidente es un “contrato a tiempo determinado” y los estatutos (constitución) de la empresa (país) rezan que el contratado independientemente de su desempeño al finalizar el tiempo de su contrato debe ser sustituido por otro funcionario, además, “hacerlo bien” no es una dadiva del gobernante, es su obligación para con los “contratantes” (el pueblo), ¿será muy difícil entender eso?.

Las variedades de reelección en nuestro vecindario, son muy variadas, en cuanto a la oportunidad, unos países la tienen de forma consecutiva, otros dan un tiempo entre ambas presidencias.

Según la opinión del vulgo, todos los gobiernos son malos, por supuesto, como no es posible resolver todos los problemas, algo malo debe haber en cada gobierno y hasta podemos decir humorísticamente que “hay unos más malos que otros” con incorrección ortográfica incluida.

¿A cuento de qué viene el tema? , pues porque tenemos en los últimos años una epidemia reeleccionista que pudiera ser contraproducente para la salud de nuestras democracias, por supuesto que hay matices pero nunca está demás ser precavidos.

Un repaso no tan breve por nuestros países en las últimas décadas y veremos como la cosa no ha ido tan bien, y no es que la reelección sea mala per se, sin embargo como reza la sabiduría popular al parecer es muy cierto que nunca segundas partes fueron buenas.

En mi país Venezuela, fueron reelectos de manera consecutiva dos ciudadanos que ya habían ocupado el cargo,  uno lo había sido 25 años antes (1968-1993) y el otro 15 años (1973-1988), sus gobiernos distaron mucho de sus logros en la primera oportunidad, de alguna forma se le cerró la puerta a la siguiente generación política, y se terminó de abrir la puerta a una crisis que llega hasta hoy, y eso que se trataba de dos demócratas a carta cabal, la historia dará su veredicto oportuno.

Cuando llega Hugo Chávez al poder, y se instala la asamblea constituyente, muchos historiadores y constitucionalistas, advirtieron que la intención nada disimulada por cierto era la reelección indefinida, cosa que no se hizo en 1999, pero que se propuso en una reforma posterior que fue derrotada electoralmente, pero repetida y aprobada poco tiempo después.

Ese “modelo” que propone acceso electoral al poder, llamado a constituyente con reelección entre sus propuestas, fue copiado en otros países de la región  afines ideológicamente tanto que se le endilgó el mote de “franquicia” constituyente.

Si queremos escoger tenemos variedad, la revolución sandinista que saco a la dinastía Somoza del poder, ha terminado convertida en otra dinastía liderada por Daniel Ortega, que ha manejado los hilos institucionales para mantenerse sin pudor ni pararse en legalidades. El intento de Manuel Zelaya en Honduras, dio al traste con su mandato, salió mediante un proceso donde se conjugaron poder legislativo y militares, llevando a la suspensión del país en la OEA,  hasta que se eligiera un nuevo presidente, en Colombia Alvaro Uribe, de posición ideológica diametralmente opuesta, intentó sin éxito acceder a una tercera reelección, caso similar fue el de Fujimori en Perú, cuyo intento fué el inicio de todo ese proceso donde se conjugaron la resistencia ante su  perpetuación en el poder y la  corrupción, para terminar igualmente fuera de la presidencia.

Evo Morales el humilde agricultor, presidente del sindicato de productores de coca en Bolivia, que llegó al congreso y posteriormente a la presidencia, mediante subterfugios legales busca una cuarta presidencia, y en ecuador Rafael Correa, según los entendidos no se postuló a una cuarta reelección porque habría sido derrotado pero dejó el terreno abonado para un eventual regreso ¡el tiempo dirá!.

Chile se prepara para el segundo mandato de Sebastián Piñera, recibirá el mando por segunda vez de las manos de Michelle Bachelet, cuya primera presidencia terminó con unos altos índices de popularidad y con logros que no pudo repetir en su segunda presidencia, Piñera promete hacerlo esta vez mejor que la presidenta saliente y que su primera vez, pero por lo que he visto, hay en quienes se dedican a la política, una preocupación por el bajo interés de los ciudadanos chilenos en los asuntos políticos que se traduce en bajas participaciones electorales, que no sea esto la parte germinal de una crisis de la democracia en el largo plazo, recobrar el interés por los asuntos públicos es la misión de los activistas y las instituciones.

Personalmente considero que las reelecciones deben estar bien dosificadas y controladas, quien accede a gobernar tiene un tiempo finito, y su gestión debe llevarse a lograr en ese tiempo lo que propone, la permanencia de las ejecutorias y proyectos políticos deben “defenderse solos”, porque nadie se opone a la construcción de un hospital, de una escuela, de un puente, o a un plan de desarrollo agrícola o industrial de una zona siempre y cuando sean por el bien común, el resto no es más que ambición personal.

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