La soberanía radica en el soberano, la ciudadanía. Esta no se transa ni se cede, se defiende con disciplina y rigor, ¡Rechazando el Vandalismo!
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ANGELUS NOVUS (I)

Andrés Cruz Carrasco

Abogado Doctor en Derecho (Universidad de Salamanca) Magister en Filosofía moral Magister en Ciencias Políticas, Seguridad y defensa

Era Septiembre de 1940. Por fin había accedido a las presiones de sus amigos y había decidido dejar Europa. Mientras muchos de sus contemporáneos ya se encontraban cómodamente refugiados en Estados Unidos, él había optado por continuar su trabajo en el viejo continente. Luego de haber salvado exitosamente gran parte del viaje junto con otros antifascistas judíos, llegó hasta Port-Bou, ciudad catalana ubicada en la frontera entre España y Francia. Pero pudieron pasar, el grupo fue detenido por policías franquistas, quienes al identificar a los refugiados decidieron entregarlos a la policía colaboracionista francesa, quienes, a su vez, los entregarían a la Gestapo. Para ellos, la frontera había sido cerrada. Con certeza, Walter Benjamin y sus acompañantes, terminarían recluidos en algún campo de concentración alemán, por el acuerdo entre la Francia de Vichy y el Tercer Reich, respecto de los denominados oficialmente como “los refugiados de la Alemania (les refugiés provenant d´ Allemagne)”. Más seguro era esto, tratándose de un reconocido filósofo judío, manifiestamente opositor el régimen Nazi.       Benjamin era hijo de una acaudalada familia berlinesa judía. Pero había renunciado a los lujos que lo ofrecía su condición para seguir una carrera en filosofía, estética, teoría y crítica literaria. Y vaya que experimentó penurias. Con el advenimiento del nazismo en Alemania en el año 1935, decidió exiliarse en Paris, ciudad que tuvo que abandonar como consecuencia de la persecución nazi. De hecho, su departamento fue allanado y gran parte de sus libros y manuscritos fueron destruidos o confiscados. Alcanzó a salvar gran parte de su obra gracias a la ayuda que recibió de George Bataille, quien las ocultó en la Biblioteca Nacional de París. Benjamin había conseguido una visa de los Estados Unidos (se dice que por intervención de Max Horkheimer) e incluso una visa española de tránsito para llegar a Lisboa y desde allí embarcarse a Norteamérica. Pero había sido imposible obtener un salvoconducto de las autoridades francesas, quienes, para conseguir el beneplácito de los invasores alemanes, se habían negado sistemáticamente a brindar cualquier facilidad a los refugiados políticos provenientes de este país. Ese día 26 por la noche, a los 48 años de edad, Benjamín se quitó la vida. No pudo soportar más. Se dice que como consecuencia de su acto suicida, las autoridades españolas permitieron al resto del grupo proseguir su camino. Otros sostienen que Benjamín fue asesinado. La verdad nunca se sabrá. Además, la tumba del filósofo nunca fue encontrada, pese a los esfuerzos desplegados por uno de sus amigos y quien tomó sobre sí la labor de difundir su obra, Theodor Adorno. Al día siguiente la frontera española volvió a abrirse, tal como lo estaba el día anterior al 26 de Septiembre.

¿Qué nos quedó de él? Una profusa obra literaria, que no fue sistemática, y, muy similar a Nietzsche, fue intempestiva. Elaborada en base a ensayos.

            Yo descubrí a Benjamín cuando me encontraba reuniendo material para escribir mi libro sobre “Obediencia y Desobediencia Civil”. En particular, me hizo mucha fuerza un trabajo del autor de nombre “Para una crítica de la violencia”. En este ensayo, el autor, quien, pese a las dificultades que tuvo con este grupo, es frecuentemente identificado con la Escuela de Frankfurt, de tendencia marxista, esboza una tesis del materialismo histórico muy particular, que lo hizo granjearse varios enemigos en la izquierda dogmática. Él no veía en la dialéctica necesariamente una vía inevitable hacia el progreso.            

En 1921, Benjamin compró un cuadro llamado “Angelus Novus”, del expresionista suizo Paul Klee. Lo fascina. Era su fetiche. Antes de abandonar Paris en 1940, y como testamento filosófico, escribe “Conceptos de filosofía de la historia”, (que también ha sido traducido como “Tesis de filosofía de la historia”). Este cuadro se lo entrega a Bataille, quien después de la guerra se lo da a Adorno, quien a su vez lo dona al Israel Museum de Jerusalén, donde es exhibido hasta el día de hoy.

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