Quienes postulan al crecimiento económico sin restricción, sin respetar el Medio Ambiente... Desprecian la vida!!!.
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CAMBIA, TODO CAMBIA….

René Fuentealba Prado.

Las sociedades son verdaderos organismos vivos; Nacen, crecen, se reproducen y mueren. Las sociedades, en todo tiempo y lugar, evolucionan y enfrentan conflictos de variada naturaleza. Frente a ellos, sus integrantes caen en la desilusión y el desánimo y terminan simplemente por irse a negro. En otros casos, sus miembros ven los problemas como desafíos y retos a superar. Si esta tarea se hace bien, la salud colectiva se beneficia,  las sociedades perduran y sus valores son encarnados por sus descendientes. En suma, pasan a ser comunidades humanas que trascienden. Y nosotros ¿en qué estamos?

 En breve. La historia más conocida de la humanidad en Occidente,  está marcada por ciertos hitos relevantes que no necesariamente han significado  avances sino frecuentes retrocesos. Es una especie de “lambeth walk”, ese baile gringo que implicaba un paso hacia delante y dos hacia atrás. Pero en la línea gruesa, hay valores que han ido surgiendo y que es necesario tener presentes pues todos han dejado una huella en la vida de los pueblos. El mundo contemporáneo sería inexplicable sino estuviera marcado por las democracias de las polis griegas; por la unificación de Europa y sus alrededores bajo el manto del Imperio Romano; por las monarquías absolutas y el integrismo religioso; por el Renacimiento y el racionalismo; por el liberalismo político y la democracia; por la Revolución Francesa y el paulatino avance hacia el reconocimiento de los Derechos Humanos. La puntualización hecha dista mucho de ser exhaustiva pero algo indica.

Lo destacable está en que en cada período de esa Historia, ha habido una marcada tendencia hacia la inercia, una actitud negativa ante la posibilidad de un cambio, simplemente porque hay temor a lo nuevo y sus consecuencias.

El tiempo actual no es muy diferente. Aunque se tiene bastante conciencia acerca de los problemas e insuficiencias de las sociedades contemporáneas, se busca enfrentarlos con “más de lo mismo” lo que simplemente termina por acrecentar dichos problemas y por hacerlos perdurar indefinidamente en el tiempo.

La democracia liberal significó una conquista heroica de la humanidad. Hubo consenso en que era el caldo de cultivo adecuado para el respeto a la dignidad de la persona humana. Se validó como sistema político al señalarse que era el único sistema perfectible ya que llevaba en sí mismo la capacidad corregir sus  errores y deficiencias. Sin embargo, numerosas sombras la oscurecieron. El fanatismo ideológico la entendió como el gobierno de las mayorías, olvidando que una condición de su supervivencia radicaba en el simultáneo respeto a las minorías. Los poderes fácticos (asociados principalmente a entes financieros y comunicacionales) se dieron cuenta que era posible comprar voluntades ciudadanas para consolidar su preponderancia y afán de poder. Los derechos humanos se relativizaron o fueron utilizados con fines político-partidistas. Los ciudadanos se convencieron de que sus opiniones individuales no pesaban y optaron por dejar el campo libre a grupos vociferantes. Los gobernantes se desalinearon de la voluntad de sus representados y los convencieron de que la democracia era un ritual sufragista periódico y no un compromiso, una cultura, una forma de vida.

El sistema político está en crisis. No solo en Chile sino que en  numerosos países. Las instituciones y estructuras del Gobierno y del Estado en general, son burocráticas, rígidas, fragmentarias; no acogen al ciudadano ni dan respuesta efectiva a sus demandas; buscan dar apariencias de soluciones creando servicios ad infinitumpero no abordando de forma efectiva los requerimientos básicos de la población. Los personeros políticos conciben la función pública como un “patrimonio familiar y hereditario” del cual pueden usufructuar cónyuges y hermanos; sobrinos, hijos, nietos, etc. Los cargos públicos son repartidos a espaldas de los ciudadanos y los partidos terminan siendo cooptados por parlamentarios y sus financistas.

Esta forma de actuar no es sostenible en el tiempo. Hace pocos años, un inorgánico movimiento estudiantil desbordó los cauces establecidos e impuso en el debate ciudadano temas que permanecían subsumidos o abiertamente ocultos. Más tarde, casi por accidente, se develó la fuerte corrupción política y se inició un proceso que aún permanece inconcluso. Hoy, centenares de miles de manifestantes presionan por un cambio radical a los sistemas de pensiones establecidos en beneficio de grupos controladores financieros y en perjuicio evidente de la inmensa mayoría de las personas, víctimas presentes o futuras.

¿Habrá respuesta de los dueños del poder?

En una democracia, el poder radica en los ciudadanos. Su actuar de sumisión o pasividad no se condice con la naturaleza esencial de un sistema que está hecho para el ejercicio de una ciudadanía activa ejercida con responsabilidad. Si ese rol se asume en plenitud, se consolidará una institucionalidad sólida y participativa. Al contrario, si campean la inercia y la indiferencia, las consecuencias pueden ser imprevisibles.

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