«¿Cómo de imaginas el Chile de 20 o 30 años más? ¿Cómo te imaginas el país que dejarás a tus hijos y a tus nietos?»

 

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Cavilaciones “(post) pandémicas”: Retornos masivos a la presencialidad ¿Qué se está expresando en el campo educativo y social?

Jocelyn Reinoso H.

Prof. de Estado en Historia y Ciencias Sociales, Mg. en Currículum, Asesora en Educación Superior en Universidad de Chile

Con la llegada del año académico, cruzado por retornos presenciales masivos,  aperturas y laxos protocolos sanitarios, la casi ausencia de aforos y las urgencias institucionales, tanto del aparato público como privado, para retomar lo antes posible las actividades, en su gran mayoría (y en lo posible), tal como se han desarrollado antes de la pandemia, de un momento a otro, ha provocado no sólo una sensación de “aquí no ha pasado nada”, volvamos a lo “normal”, sino también desazón, desánimo o directamente rabia, impotencia, agresividad.

Pero es precisamente esa normalización, a ratos perturbadora, lo que se pone en tela de juicio en todos los planos. Y no podría ser de otra forma. Es como el trauma, una vez ocurrido el hecho la mente queda en shock, a veces bloquea el evento, dejando que se exprese de las más diversas y rebuscadas maneras, en circunstancias totalmente ajenas o inesperadas, sin tener control absoluto de ello;  y a veces lo reitera mentalmente una y otra vez, se obsesiona con él, sin poder salir de esa espiral de miedo permanente y preocupación. En ambos casos, seguimos ausentes, absortos, perplejos, sin estar preparados para volver a la “normalidad”.

Recapitulemos. Octubre 2019, estallido social. Marzo 2020, inicio de las cuarentenas por pandemia y restricciones a las libertades civiles. Octubre 2020, plebiscito para una nueva constitución. Octubre 2021 elecciones presidenciales. Marzo 2022 asume nuevo gobierno, el más de “izquierda” que ha habido en el país en los últimos 49 años. Entre tanto, inflación sobre el 7%, teletrabajo, teleducación, desempleo, retiros de AFP, IFE, pérdida de seres queridos, encierro, hacinamiento, inmigración ilegal desatada, narcotráfico, venta de recursos naturales estratégicos, salud mental, robos, estafas, portonazos, el milagro de guadalupe…Y todas las cosas que a usted le vengan a la mente y pueda agregar a esta lista interminable.

¿Es plausible pensar entonces en un retorno “normal o seguro” frente a tal nivel de acontecimientos ocurridos vertiginosamente los últimos dos años? Y bien es sabido que niños y jóvenes reflejan con menos filtro y ataduras los desequilibrios de nosotros los adultos, sean estos familiares, sociales, políticos o institucionales. Así, todo aquello no resuelto antes de la pandemia, y agudizado por ésta, ha tendido a intensificarse en esta ansiada vuelta a la “normalidad”.

No es que no exista un deseo compartido de volver a vernos, juntarnos, reunirnos libremente, estar en conjunto, salir de las casas, ocupar el espacio público. Es que no es posible pensar en que esa ocupación sea tal cual. Porque ya desde antes venía manifestando presiones y fisuras de diversa índole. Los colegios no empezaron a tener casos de bullyng, ni de acoso, de agresión y violencia ahora. La jornada escolar completa (y aún la parcial) no está sufriendo una crisis ahora, tampoco el currículum escolar, los sistemas de medición, evaluación y admisión, los docentes, estudiantes y apoderados. Tampoco quedaron en stand by durante el encierro, sólo se trasladaron (tal vez más soterradamente) al escenario virtual, existiendo casos de abuso, acoso y bullyng cibernético, la copia masiva (o “aprendizaje compartido” (como lúdicamente lo llaman las y los estudiantes y con justa razón!) a través de redes sociales porque la transmisión y evaluación tradicional de contenidos se vuelve irrelevante en este escenario, las distintas formas de “estar en línea” frente a la clase o frente al horario de trabajo y un sin fin de prácticas “innovadoras” a las que recurrimos todos y todas para sobrevivir al nuevo contexto.

En eso claramente hay motivación, hay necesidad de seguir adelante, de avanzar, pero también hay frustración, incertidumbre, preocupación y desgaste. Plantear un retorno presencial masivo a niños, jóvenes y educadores sin siquiera cuestionarse qué pasó en sus “aulas virtuales” y porqué ahora las desechan tan alegremente, es tan solo traer el conflicto en vivo y en directo. Trasladarlo de contexto. Esta práctica, más que un riesgo sanitario perece un riesgo de seguridad ciudadana un error tan absurdo e ingenuo como entrar en una zona de conflicto centenario como lo es la zona mapuche cuando no hay reconocimiento ni legitimidad de la existencia de cada uno de los “Estado-Nación” que se disputan la soberanía en esa región.

Y no es que una no le desee el mejor de los éxitos al gobierno de turno. ¿Por qué no?, si en la medida en que la administración pública del Estado y sus instituciones funcionen bien, mayor salud social para todas y todos. Sin embargo, y a  la luz de los recientes acontecimientos ¿Qué es lo que no estamos viendo, lo que domina nuestros egos? ¿Qué estamos bloqueando o blanqueando? ¿En cada una de nosotras y nosotros, en la autoridad pública, en las instituciones, en la empresa privada, en la familia, en las redes sociales, en cada lugar? Que salga a la luz y que emerja, que se manifieste. No nos asustemos de lo que grita, sino de lo que calla.

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