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CHILE, EL PAÍS DE LOS QUE SOBRAN

Maroto

Desde Canadá.

En nuestro país se hace cada vez más frecuente observar la ocurrencia de ciertos hechos que, lamentablemente, nos confirman que el espíritu de comunidad que alguna vez nos caracterizó se ha perdido.

La palabra comunidad proviene del vocablo latino communitas, que hace referencia a la cualidad de lo común. La Real Academia Española define la palabra comunidad como aquel conjunto de personas vinculadas por características o intereses comunes. En este contexto, algunos elementos que caracterizan a una comunidad humana son, el sentido de pertenencia, manifestado en una historia compartida que forja una identidad; la capacidad de influencia, expresada en el interés por influir en la voluntad de otros para realizar acciones conjuntas en beneficio de todos; la integración, manifestada en el reconocimiento de las necesidades del grupo y la búsqueda colectiva de su satisfacción; y el compromiso, observado en la intención de crear lazos emocionales que brindan apoyo y seguridad a quienes se consideran miembros de un grupo. Visto así, una comunidad demanda y se sustenta en aspectos relacionados con la armonía y comunión moral, que van más allá de lo meramente normativo.

Que lejos estamos de esto.

El Chile de hoy, cínicamente individualista, dista mucho de ser o buscar ser una comunidad. Los esfuerzos no están realmente puestos en identificar y fortalecer aquellos valores y lazos que nos unen, sino que más bien, en encontrar y profundizar aquellas diferencias que nos separan.
No nos caracterizamos hoy por un sentido de acogida, sino que por una tendencia a la exclusión. Quien no es como yo, no pertenece y, por lo tanto, sobra.

Los pobres, aquellos que carecen de recursos y por tanto viven en los márgenes de nuestra sociedad, no pertenecen. ¿Por qué debiéramos compartir nuestra playa “privada”, nuestro club social, nuestros colegios exclusivos o nuestras universidades de elite, con aquellos que no son como nosotros? ¿Por qué debiéramos compartir nuestros privilegios? ¿Por qué debiéramos arriesgarnos a un contacto social con quienes parecen ser social y culturalmente distintos, por no decir inferiores? No, gracias. No pertenecen. Es más, definitivamente, sobran.

Los indígenas, aquellos que nos hablan de una cosmovisión que claramente no cuadra con nuestra necesidad de tener, sin límites, no pertenecen. ¿Por qué debiéramos aceptar a quienes intentan apoderarse de “nuestras” tierras y plantaciones forestales? ¿Por qué debiéramos permitir que tomen el control de predios que tantos beneficios económicos producen para mí y el pequeño grupo que me rodea? ¿Qué saben ellos de productividad y rentabilidad? No; ellos son terroristas e incendiarios. No, gracias. No pertenecen; es más, definitivamente, sobran.

Los miembros de la comunidad LGBTQ, aquellos que reclaman para sí el derecho a vivir con libertad y de acuerdo con su ser más íntimo, no pertenecen. ¿Por qué arriesgarnos a que perviertan nuestro orden establecido? ¿Por qué permitir que circulen y vivan libremente, cuando en realidad pueden hacer lo que quieran, pero en privado? ¿Porque permitirles casarse o adoptar, si en realidad al no ser como nosotros, no se merecen esos “privilegios”? No; ellos son unos pervertidores de la moral y el orden establecido. No gracias. No pertenecen; es más, definitivamente, sobran.

Los inmigrantes, particularmente aquellos que provienen de países en situaciones de crisis y se acercan a nosotros en busca de acogida y oportunidades, no pertenecen. ¿Por qué recibirlos si tienen una cultura distinta? ¿Por qué acogerlos si tienen un color de piel diferente e incluso huelen distinto? ¿Por qué incorporarlos si en realidad constituyen una amenaza para nuestra integridad social? ¿Por qué darles una oportunidad, si en realidad vienen a contagiarnos enfermedades y a aumentar los índices de criminalidad? No; ellos solo vienen a crearnos problemas, a aprovecharse de nuestro país y aquitarnos oportunidades que nos corresponden. No gracias. No pertenecen; es más, definitivamente, sobran.

Triste pero cierto. Nuestro país hoy no promueve la inclusión y la acogida, sino que la exclusión y el rechazo. Quizás no sea esta la postura de todos, pero si de un no despreciable sector de la población, de un significativo sector entre quienes ostentan el poder político, económico y comunicacional y, más grave aún, de quienes hoy nos gobiernan.

Cuando un ministro de estado culpa irresponsablemente a los indígenas de ser los causantes de incendios forestales; cuando un ministro de estado culpa sin fundamento a los inmigrantes de ser los responsables del aumento de casos de SIDA; cuando una ministra de estado promueve descaradamente una ley de acceso a la educación que perpetúa a las elites; cuando la presidenta de uno de los principales partidos del actual gobierno niega reiteradamente el derecho al matrimonio y la adopción a quienes tienen una orientación sexual distinta; cuando un empresario representante de esa casta todopoderosa se siente con el derecho de negarles el acceso a una playa pública a quienes simplemente buscaban una tarde de esparcimiento; cuando todo esto ocurre a diario en nuestro país, no nos queda más que concluir que, sin perjuicio de los avances logrados en los últimos 30 años, nuestro país ha cambiado, pero en algunos aspectos, no necesariamente para bien.

Ya no somos un país con sentido de comunidad y espíritu de acogida.
Lamentablemente, parece ser que hoy somos en realidad un país de los que sobran.

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1 Comentario en CHILE, EL PAÍS DE LOS QUE SOBRAN

  1. De acuerdo, es el pais de los que sobran, que son los agredidos por los prepotentes y los sinvergüenza que, desgraciadamente van en aumento.

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