Los pueblos tienen los gobiernos que merecen... mientras son manipulados, pero pueden rectificar, cuando esos pueblos logran conciencia en sí!!!
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La emergencia de Donald Trump

Rafael Luis Gumucio Rivas

Profesor de Historia. Ex director Instituto de historia Universidad Católica de Valparaíso.

Los padres fundadores de Estados Unidos, siempre preocupados de que el Presidente de turno no se convirtiera en un rey absoluto, pensaron una serie de balances de poder, establecidos en las sucesivas enmiendas constitucionales.

Tanto en la tiranía, como en la dictadura y el autoritarismo y en la democracia, el Presidente monarca sólo ha pretendido, a través de la historia política, perpetuarse en el poder y restar capacidad de control al Congreso cuando el gobierno está en minoría, como también nominar a sus miembros predilectos en la Corte Suprema.

Trump es un potentado, convencido de que la presidencia de la república es algo similar a los reality que él dirigía en televisión, donde es relativamente fácil eliminar a los concursantes por “convivencia”. El sueño de Trump sería dejar fuera de concurso a Nancy Pelosi y a la mayoría demócrata.

Es difícil explicarse el por qué Trump no aprovechó los presupuestos de los años anteriores cuando los republicanos tenían mayoría en ambas Cámaras, además, era más fácil la aprobación de los seis millones de dólares para la construcción del muro. El mandatario sabe muy bien que jamás lo pagarán los mexicanos, (si no aprovechó con Luis Videgaray, menos lo va a lograr con AMLO).

Los presupuestos obligan al Presidente con minoría en ambas o en alguna de las Cámaras a buscar un acuerdo bipartidario. En muchos de los casos la voluntad omnímoda del monarca-presidente no logra imponerse sobre el partido político rival, por consiguiente, debe optar entre dos caminos: cerrar el gobierno, total o parcialmente, o bien, declarar la emergencia.

La mayoría de los gobiernos norteamericanos han usado ambos instrumentos, aunque el cierre del gobierno haya sido por corto tiempo, pero cuando se juega el punto central del programa, ya no sirve el cierre del gobierno y debe a la “emergencia” –lo hizo George W. Bush, en 2001, luego del desastre de las Torres Gemelas, para imponer la Ley Patriótica- y Barack Obama en el tema de la salud “ObamaCare”, y ahora Trump para financiar el muro.

Es sabido que los reyes-presidentes no pueden soportar el balance de poder, cuando tienen minoría en una de las Cámaras, usan tres instrumentos: las órdenes ejecutivas, el veto y el cierre del gobierno. El llamado “equilibrio de poder” pensado por los padres fundadores es muy bello en una democracia, pero a un rey-presidente jamás puede agradarle que otros poderes – el Congreso y el Judicial – le disputen el monopolio del poder.
Donald Trump no está cómodo en un país lleno de equilibrios de poder: le desagrada la C.I.A. y el FBI, y cuando sus directores no son serviles a sus órdenes, los exonera. El Fiscal General Independiente, Robert Mueller, es uno de sus peores enemigos, pues ha ordenado la detención de algunos miembros de la campaña presidencial, y por medio de la figura la colaboración eficaz, ya sabe que miembros de su familia y amigos personales que trabajaron en su campaña, colaboraron con los rusos que, al final, terminó con el triunfo de Trump – ya el Fiscal solicitó la creación de un Jurado para determinar si se puede encausar a los familiares del Presidente -. A veces, sus ministros – a quienes considera imbéciles – lo ponen nervioso, y se digna dedicarles sobrenombres insultantes en sus Twits. (Mi padre me contaba que el Presidente Jorge Alessandri también utilizaba el método de los sobrenombres, interpretando a sus rivales por la voz, forma de caminar…).

Trump se ve obligado con su principal opositora y presidente de la Cámara, además de líder del Partido Demócrata, Nancy Pelosi, para él inmigrante y mujer, que se niega a concederle los seis millones de dólares para la construcción del muro.
Hacia fines del año anterior, el Presidente Trump se negó a firmar el presupuesto acordado entre los dos Partidos, usando el instrumento legal del cierre del gobierno, es decir, el no pago de salario a más de 800 mil funcionarios federales, además del cierre de museos, parques nacionales, y algunas oficinas fiscales. Esta vez, el cierre del gobierno duró más de un mes, dañando seriamente la popularidad de un Presidente que aspira a un segundo mandato, a partir de 2022.

En el mes de febrero, los líderes de ambos Partidos del Congreso estaban decididos a llegar a un acuerdo para evitar el nuevo cierre del gobierno, pero los demócratas sólo aceptaron conceder un millón de dólares para la construcción del famoso muro, que sería de concreto y no de hierro. Trump, indignado, recurrió a “la emergencia” en la frontera sur.

Para Trump argumentar la necesidad de la “emergencia” en la frontera sur, considerado sólo para casos de desastres naturales, es una empresa casi imposible, pues en ese sector del país ha decrecido la inmigración ilegal, además, han detectado menos tráfico de drogas que anteriormente. Por lo demás, las “caravanas”, provenientes de esos países de mierda”, como las llama Trump, ya no intentan pasar ilegalmente al otro lado, pues tienen como estación terminal Tijuana, en México, invitados gentilmente por el gobierno de Andrés Manuel López Obrador, quien los necesita como mano de obra en la construcción del ferrocarril en Chiapas.

Donald Trump sabe que para imponer la “emergencia” necesita emprender una serie de batallas judiciales, que ya comenzaron a raíz de la querellas de 16 estados contra el gobierno federal, y que seguirán en distintas cortes hasta alcanzar la Suprema, donde Trump piensa que está seguro de ganar, pues ha instalado a sus incondicionales.

El Presidente actual de Estados Unidos es el rey del “todo o nada”, y apuesta fuerte en el camino de la política – además, no está acostumbrado a perder – pero sabe que su rubia cabellera está en manos del Fiscal Independiente en el caso Rusia Gate, y en cualquiera de estos días podría seguir el camino de Richard Nixon, acusado de obstrucción a la justicia. Un buen Presidente de Estados Unidos tiene que ser tramposo, como Nixon, e ignorante aunque audaz, como Trump. No es que “cada pueblo tenga el Presidente que se merece”, sino que los pueblos son iguales a los Presidentes.

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